Mercados nerviosos
Puesto que centenares de miles de personas muy inteligentes y a menudo bien remuneradas se esfuerzan por entender cómo funcionan las distintas economías nacionales, sería de suponer que pocas se sienten sorprendidas por las crisis que periódicamente estallan. Sin embargo, aunque ciertos economistas se han erigido en estrellas internacionales merced a sus presuntas dotes proféticas, en casi todos los casos debieron su éxito a la buena suerte y a la voluntad generalizada de creer que por lo menos algunos están en condiciones de formular pronósticos confiables. Aunque en retrospectiva los errores que tantos cometen son comprensibles, el que hasta vaticinios que parecen lógicos resulten engañosos incide de manera negativa en el estado de ánimo de los demás. Hace apenas un año era razonable prever que el precio del crudo se mantendría muy alto a causa de los conflictos que convulsionaban Oriente Medio y el norte de África, pero, para asombro de virtualmente todos, se desplomó, reduciéndose más de la mitad, a pesar del deterioro de la situación en las principales zonas petroleras. Asimismo, el consenso era que la economía china continuaría expandiéndose a un ritmo muy rápido, pero algunas semanas atrás comenzaron a proliferar señales de que se acercaba a una corrección que podría resultar traumática, de ahí la caída precipitada del valor de las acciones en todas las bolsas del mundo. Puede que en esta oportunidad hayan exagerado los pesimistas que nos advierten que la economía internacional está por ralentizarse de golpe por culpa de China, pero si la mayoría se convence de que sí lo hará se tratará de una profecía autocumplida. Los economistas basan sus análisis en las estadísticas suministradas por los gobiernos. Es muy poco frecuente que los profesionales más prestigiosos acusen a un gobierno determinado de mentir. Así y todo, deberían obrar con cautela, ya que incluso en los países más escrupulosos en dicho ámbito es habitual revisar esporádicamente los números no porque los gobiernos hayan procurado manipularlos sino porque monitorear con precisión lo que está sucediendo es muy difícil, mientras que en otros de tradiciones autoritarias los responsables de medir la evolución de la economía local suelen dejarse influir por presiones políticas. Es lo que sucede no sólo aquí sino también en China. Aunque no cabe duda de que las dimensiones de la economía china son equiparables con las de la norteamericana, la información brindada por las autoridades de Pekín dista de ser confiable, razón por la cual los interesados en las vicisitudes económicas del gigante propenden a prestar más atención a factores como el consumo de electricidad que a las cifras oficiales que supuestamente registran el crecimiento del producto bruto. Desde hace varios meses, una minoría de especialistas advierte que la desaceleración de la locomotora china es un asunto mucho más alarmante de lo que quisieran hacer creer los voceros del gobierno comunista. Si resulta que estaban en lo cierto al señalar que el colosal sector bancario “en la sombra” podría desplomarse en cualquier momento y que la sobreproducción de buena parte de la industria plantea una amenaza a la economía mundial, la caída de los precios de las materias primas y bienes agrícolas, es decir, los commodities, podría agravarse mucho en los meses próximos, lo que sería una pésima noticia para muchos países, entre ellos la Argentina, que dependen de la exportación de recursos naturales. Aunque en el corto plazo el derrumbe del precio del petróleo nos ha beneficiado, ya que han bajado los costos de importarlo, de persistir nos perjudicaría mucho al decidir empresas interesadas en aprovechar los yacimientos no convencionales de Vaca Muerta que les convendría demorar sus inversiones hasta que el panorama se haya aclarado. Si, como algunos temen, China cae en recesión, el impacto sería con toda seguridad muy fuerte no sólo en China misma, donde la legitimidad del régimen descansa en su supuesta capacidad para garantizar el crecimiento, sino también en todos los países del planeta. En tal caso, el célebre “viento de cola” que hizo posible “la década ganada” por los kirchneristas se transformaría enseguida en uno de frente contra el cual tendría que luchar el próximo gobierno.
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