Merecemos rutas seguras



Una nueva tragedia en una ruta pone de manifiesto cómo diez años de desacuerdos políticos, desidia y falta de planificación siguen costando vidas humanas en el Alto Valle rionegrino. Esta vez el siniestro ocurrió el viernes en la ruta provincial 65, conocida popularmente como la ruta Chica, cuya mecánica siguió un patrón ya habitual: tras el choque, uno de los vehículos terminó hundido en un desagüe cercano. En este caso fue un colectivo repleto de pasajeros, y solo la fortuna y la rápida acción de los equipos de emergencia evitó que la lista de víctimas fatales no fuera abultada.

Las miles de personas que circulan a diario por la región se merecen rutas seguras y no trampas mortales que no perdonan el mínimo error.

La ruta Chica se ha transformado en la alternativa más utilizada por los miles de sufridos conductores del Alto Valle que diariamente deben trasladarse entre las cinco localidades entre Cervantes y Neuquén, ya que el pésimo estado de los desvíos de las eternas obras de ampliación de la ruta nacional 22 demoran el viaje más de la cuenta y a menudo ponen en serio riesgo a los vehículos, especialmente después de alguna lluvia.

Sin embargo, la 65 es una vía de traza antigua y angosta, con tramos deteriorados, mala visibilidad, escasa señalización y banquinas estrechas y en mal estado, con cruces y accesos precarios a cada localidad. En resumen, una vía no preparada para el enorme caudal de vehículos que ahora a diario circula por allí. Al intenso tránsito interurbano se suman peatones, bicicletas y animales sueltos de las chacras cercanas al camino, lo que hace aún más riesgosa la situación.

Los sectores más complejos son los ubicados entre Fernández Oro y Cipolletti, donde una curva en S frente a una estación de servicios que dejó de funcionar se combina con un acceso, y el tramo entre Roca y Guerrico, donde ocurrió el hecho del viernes. Los informes de la Caminera indican que en varios sectores de la ruta durante el fin de semana el tránsito se duplica, especialmente los fines de semana cuando se realizan eventos deportivos.

Aunque desde principios de año Vialidad provincial encaró una serie de trabajos para reparar el asfalto en varios sectores y mejorar la señalización, el problema es estructural: no es una vía preparada para soportar el nivel de circulación que tiene actualmente. Aunque es cierto que la mayoría de los choques ocurren por una falla humana o imprudencia, nuestras rutas no perdonan el mínimo error. Su diseño potencia el estrés de los conductores, no protege a los actores más vulnerables como ciclistas o peatones, alienta maniobras arriesgadas de adelantamiento, no habilita cruces seguros ni permiten recuperarse de un despiste.

El caso del accidente del viernes es elocuente: un problema del conductor del auto (¿mala maniobra por cansancio, una distracción, una falla mecánica, un bache inesperado, el viento cruzado?) genera el cruce de carril y el choque semifrontal con el colectivo. Sin embargo, lo que ocurre después es en buena parte responsabilidad del diseño de la ruta: una banquina estrecha y el desagüe a cielo abierto a pocos metros hicieron que el micro terminara con sus más de 30 pasajeros en el agua y, atontados y heridos, tratando desesperadamente de salir por las ventanillas.

No es la primera vez que ocurre: en 2007 el reventón de un neumático provocó una caída similar que dejó cuatro muertos. Y este año un problema mecánico hizo caer al canal a una unidad de la misma empresa en un sector cercano al del accidente del viernes, por fortuna sin heridos. Son habituales las noticias de autos que, por choques o despistes, terminan en el agua. También las de peatones, ciclistas y motociclistas atropellados en paradas o cruces con mala visibilidad y poca señalización.

El problema de fondo es la exasperante lentitud en la ampliación de la ruta 22, la principal vía de comunicación del Alto Valle, que después de una década de trabajos y millones de pesos invertidos sigue paralizada. Más allá de errores individuales, es hora que las autoridades hallen rápidas soluciones a estos problemas de infraestructura. Las miles de personas que circulan a diario por la región se merecen rutas seguras y no trampas mortales que no perdonan el mínimo error.


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