Merlo poética
MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
No era el destino final. Íbamos a Capilla del Monte, capital de extraterrestres y terrestres que dicen que los han visto, escuchado y viajado, todo esto en torno al cerro Uritorco. Tal epopeya se justificó, ciertamente, por ser un largo viaje cuyos hitos parciales fueron más importantes que la meta. Por eso, Merlo. Como si fuera premio al laberinto de autopistas puntanas –una verdadera odisea, la pesadilla depurada del triunfo automotriz– aparece el cartel: “Merlo”. Esta pequeña localidad de San Luis estaba precedida por justificada fama: un microclima por demás atractivo para nosotras, viajeras patagónicas, por la variedad de verdes y azules precipitándose de serranías altivas aunque amables. Invitan a inventar caminos, a llegar al esbozado cielo azul, y en el trayecto, el premio de maravillosas piedras asomando ahí nomás… cuarzo de bellos blancos, rosas, azulados. Tal posta, esta amable Merlo, fue lo mejor del viaje. Cuna del máximo vate puntano, habitante secular de su pueblo encantado: el poeta, cuentista, narrador y periodista Antonio Esteban Agüero. Su vida y su historia, su casa colonial y el inmenso, centenario algarrobo al que dedicó parte de su obra, a cuya sombra desgranaba páginas y palabras enhebradas con amor, no se impone a la vista. Hay que buscarla en la voz de los habitantes, en su orgullosa invitación: “vayan a la casa del poeta, es fácil, es la de estilo colonial”… y tal cual; semejante a la de la Independencia en Tucumán, aparece erguida sobre imposibles escalones. Allá arriba, ahí adentro, vivió Agüero, transitando gran parte del siglo XX y vistiéndolo de poemas y narraciones que inmortalizaron Merlo, la colocaron en la literatura con palabras mayores. Tuvo mucho reconocimiento en su vida, caricia que la historia no suele brindar a muchos que se lo merecen. Destaco el premio “Sesquicentenario de la revolución de Mayo”, otorgado en 1960 por el diario “Clarín”, a su obra compilada en “Un hombre le dice a su pequeño país”. El jurado: Jorge Luis Borges, Enrique Larreta y Fermín Gutiérrez. Su “Digo la Mazamorra” forma parte del repertorio folclórico nacional, en la música de Peteco Carabajal y la voz de Mercedes Sosa. Antes de compartir algunos versos de esta preciosa poesía, déjeme contarle que la casa de Agüero es un templo de espaciosas habitaciones y patios con aljibes y galerías, y nobilísima madera habitada por libros, platos y tacitas, morteros y relojes y fotos y reconocimientos, cientos de reconocimientos, de estudiada caligrafía, de pequeñas páginas de sus comprovincianos o colegas escritores. Un lugar donde se respira historia y cultura, en un sentido a la vez majestuoso y hospitalario. De su enorme obra, este fragmento de “Digo la mazamorra”: “La mazamorra, ¿sabes?, es el pan de los pobres, / la leche de las madres con los senos vacíos. / Yo le beso las manos al Inca Viracocha / porque inventó el maíz y enseñó su cultivo. / El pueblo te acompaña cada vez que la comes, / llega a tu lado, ¿sabes?, se te pone al oído / y te murmura voces que suben a tu sangre / para romper la niebla del mortal egoísmo. / La noche en que fusilen canciones y poetas / por haber traicionado, por haber corrompido / la música y el polen, los pájaros y el fuego / quizás a mí me salven estos versos que escribo”. Y de postre, esta imperdible joyita de la historia: Agüero, radical consecuente, fue encarcelado en 1953 por su poema “Capitán de pájaros”, una de cuyas estrofas fue utilizada como eslogan de campaña, en 1989, por el riojano Carlos Saúl Menem: “…Les ruego que se rindan / por los ríos y sangre derramada / por los indios y los blancos muertos / y por el hambre de los niños pobres / y la tristeza de los niños ricos”.
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MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
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