Mi vieja amiga, la poesía
En el Día Mundial de la Poesía, el escritor de Valcheta celebra el género que lo ha acompañado desde la infancia.
Jorge Castañeda (*)
La poesía y yo somos viejas amigos. La escuchaba cuando niño en las letras de las canciones y de los tangos que cantaba mi madre (cuando falleció mi padre dejó de cantar). Me recuerdo que a los cuatro años de edad lloraba por que “las penas eran de nosotros y las vaquitas son ajenas). La poesía sencilla de Atahualpa Yupanqui supo embrujarme desde niño. Y para qué hablar de las canciones infantiles, si todavía me da tristeza que Mambrú se haya ido a la guerra. Un libro que leía antes del preescolar como se llama ahora, quedó para siempre en mis retinas con sus hermosos dibujos. Era “Girasoles” y traía hermosos poemas y prosas. Sus versos me parecían disciplinados y ordenados como soldados en un desfile. Era la poesía que ya me buscaba en aquel lejano entonces. En la escuela primaria me gustaba mucho redactar y buscar la síntesis en unos pocos renglones. Ignoraba entonces que esa sería una de las cualidades de la poesía que es justamente “palabra potenciada”. Una vieja revista ilustrada que contaba la vida de Rubén Darío, el gran poeta nicaragüense padre del modernismo, fue para mi igual que un terremoto. La leía y releía y me decía que yo quería también ser poeta, para irme a escribir en el delta del Paraná, sueño que se cumplió a medias por que en el delta jamás estuve. Ya en el colegio secundario conocí las voces de los grandes escritores argentinos y la poesía de Baldomero Fernández Moreno, Jijena Sánchez (soy amigo de su nieto también escritor), Nalé Roxlo –el canto eglógico y sencillo de su grillo está aún en mi alma–, Enrique Banchs, Rafael Obligado, de quién recuerdo su poema dedicado al cardenal: “Un cantor del Paraná”, y tantos otros cuya luz todavía llevo conmigo. Vino luego la adolescencia y la compra compulsiva de libros, y con ellos la bruma fría y exquisita de Lautreamont, las enumeraciones populosas de Withman, la enjundia de Borges, el desgarro atroz de Rimbaud, la melancolía sin excusas de César Vallejo, los ríos torrenciales de la poética nerudiana, el embrujo de García Lorca, la casona solariega de Antonio y Manuel Machado, la desventurada lírica de Miguel Hernández, la desmesura de Pablo de Rokha, la vertiente fecunda de Góngora y de Quevedo, el bon vino de Maese Gonzalo de Berceo, los versos liminares de Homero, la brevedad sentenciosa del persa Omar Kahiam con sus cuartetas, la sombra inescrutable de Edgar Allan Poe, el desgarro de Allen Ginsberg y sus amigos de la generación beat, la crudeza infortunada de Charles Bukowski. Y seguramente la enumeración sería demasiado larga pues quedan muchos más a los que a veces conforme a mis estados de ánimo leo y releo con sumo agrado. He dicho que la poesía ha sido mi mejor amiga y la Patagonia también me ha deparado verdaderas sorpresas como los libros de Elías Chucair, de Héctor Meis, de José Juan Sánchez, por solo citar a algunos. Y otra vez la lista sería muy extensa. Hay que saber leer poesía. Tener el oído afinado como para escuchar la buena música. Porque la poesía se encuentra por ejemplo en alguna frase afortunada que nos llega al alma y nos ilumina por dentro. Eso es poesía. Un relumbrón, un estremecimiento, una fugacidad que nos roza como el vuelo de una mariposa. La poesía en cada uno de los poetas será siempre una lección de soledad, pero que determinado momento se convertirá en un diálogo permanente entre todos los hombres. La poesía dicen algunos se forja en las celdillas iguales de los versos. En el soneto, las décimas, las sextinas. La poesía –dicen otros– se hace más libre con el verso blanco. Así será. Así es, porque poesía si bien es forma y concepto, es algo más, inasible y misterioso que como una fragancia delicada se desprende de algún verso afortunado y salva toda una página. Lo supo Salvatore Cuasimodo con su pequeño poema de tres versos “Y enseguida anochece”, donde está presente en toda su majestad. Lo supo el rey sabio del Eclesiastés. Lo supo el Rabí Sem Tob en sus proverbios y refranes. Lo supo el autor anónimo del Mío Cid. Lo supo nuestro José Hernández y lo supieron varios de nuestros poetas de tango. La poesía ha sido mi amiga reitero y me dado el placer de leerla y a veces de escribirla pero con desigual suerte. A pesar que es muy esquiva a veces he podido asir su musa y escribir algo que tal vez me trascienda. Poetas, vates, aedos, rapsodas. Un poco profetas, porque de allí viene la palabra. Celebrados en todas las culturas los hacedores de poesía que a veces de su desgarro interior supieron dejar obras perdurables en la historia de la humanidad. Nunca puede haber un día para festejar a la poesía, porque al decir de Bécquer “¡Siempre habrá poesía!”
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