Minería

Por Tomás Buch

La minería -o sea, el aprovechamiento de los minerales para diversas finalidades- es una de las actividades más antiguas de la humanidad desde que los primeros humanos empezaron a trabajar la piedra para hacer herramientas. Era, entonces, la Edad de Piedra, un mineral.

Claro, esto puede ir un poco demasiado lejos: quedémonos, entonces, en la Era del Cobre, la del Bronce y la del Hierro, que además de la extracción de minerales específicos, implicaba su tratamiento para extraer de ellos los metales: cobre, estaño, plata, oro, hierro, plomo, zinc, algunos de los cuales han dado sus nombres a épocas enteras de nuestra Prehistoria. Son miles de años de compromiso de los pueblos con esa actividad. Mejor dicho, ese conjunto de actividades que van desde el reconocimiento de los minerales y su extracción del suelo, hasta los procedimientos metalúrgicos cuyo conocimiento contribuyó mucho al de la química. También hay minerales no metalíferos, como el carbón mineral, el yeso, las piedras preciosas, la fluorita, las sales de potasio y muchos otros.

Las primeras operaciones metalúrgicas seguramente fueron descubiertas por azar: ciertas piedras, en contacto con el carbón de una fogata, dieron lugar a la aparición de los metales respectivos, cuya utilidad se habrá ido reconociendo de a poco. Eran materiales dúctiles, duros, efectivos para la confección de armas y utensilios más eficaces y durables que las hachas de piedra. Los pueblos que sabían cómo manejarlos obtuvieron ventajas sobre los demás y, hace miles de años, continuaron progresando en sus conocimientos sobre cómo obtenerlos y usarlos. Entre ellos, los habitantes originarios de América, por lo menos los pueblos de mayor desarrollo, entre ellos los de Mesoamérica y la región andina, no conocían el hierro pero sí el bronce y, sobre todo, el oro y la plata. Estos dos metales fueron el principal objetivo de la Conquista: no olvidemos la codicia, esa verdadera locura por los metales preciosos que obnubilaba a los españoles.

Potosí fue, durante 250 años, la principal ciudad de América, el centro económico alrededor del cual giraba la vida de toda la región. Era la fuente principal de la plata y de allí se extraía la mitad de todo ese mineral producido en el mundo. Esa plata se exportaba a España; en el largo recorrido, una buena parte era robada por corsarios y piratas, muchos de ellos ingleses; el resto contribuyó a arruinar la industria española, ya que los ricos prefirieron importar lo que se hacía en otras partes de Europa. Como ahora. Se estima que, de una u otra manera, la plata sudamericana fue la principal fuente de financiamiento que hizo posible la Revolución Industrial.

Hay muchas regiones en el mundo que fueron enteramente estructuradas alrededor de establecimientos mineros: California y Pennsylvania, Gales, el Ruhr alemán, Concepción y todo el Norte Grande en Chile, y en buena parte Australia. Bolivia vivió durante siglos de la minería, primero de la plata y luego del estaño, hasta que se agotaron los yacimientos. Durante siglos de la explotación, en muchos otros centros mineros se consumieron las vidas de muchos trabajadores. En Potosí fueron miles de quechuas, antes y después de la Conquista, pero se dio vida a una amplia región, incluyendo todo el NOA. Después, hubo en América países en los que perduró la tradición minera colonial y otros en que no. La Argentina forma parte de estos últimos: nunca tuvo una fuerte tradición minera, lo cual no quiere decir que no hubiese especulaciones. He aquí, entre muchas otras, una de las posibles claves de treinta años de guerra civil en la Argentina: la oposición entre dos empresas de capital inglés, ambas formadas en 1827 para explotar las minas de Famatina, en La Rioja, en el contexto de un «boom» especulativo en Londres, una promovida por Bernardino Rivadavia, el unitario, para quien el subsuelo debía pertenecer a la Nación que él llegó a presidir por unos meses; la otra, promovida por Facundo Quiroga, para quien ese mismo subsuelo pertenecía a la provincia cuyo caudillo se preciaba de ser.

La minería puede realizarse en galerías o a cielo abierto, según sea la naturaleza y profundidad de las vetas de mineral valioso, que suele estar acompañado de rocas sin interés o de un contenido menor en lo que se está buscando. Cuando es a cielo abierto, el laboreo consiste en desmontar un terreno y a veces una montaña entera, generalmente empleando explosivos, y moler sus trozos hasta adecuarlos a lo que requieren los tratamientos posteriores. Cuando es en galerías, éstas se hunden en las profundidades, a veces cientos de metros, por lo que deben consolidarse con soportes que impidan los derrumbes, ventilarse, proveerse de iluminación, de martillos neumáticos, de rieles, vagones y otros equipos para hacer posible quebrar y extraer los trozos. Es una actividad de alto riesgo y sus víctimas se cuentan por millares en todo el mundo.

Luego de la extracción y la molienda, los procedimientos varían según el material. Generalmente el mineral buscado se concentra, separando de él las «gangas» por variados procedimientos, tales como la separación magnética o la flotación. Luego, estos concentrados se someten a tratamientos fisicoquímicos diversos para extraer el metal. Se puede aplicar calor y sustancias oxidantes primero (tostado) y reductoras después. Este es el tipo de procedimientos llamados colectivamente «pirometalurgia» (de piros=calor) y se aplica, por ejemplo, al hierro; otros minerales se disuelven en ácidos y se les extrae el metal por electrólisis: los casos más importantes de este tipo son los del cobre y el aluminio. En el primer caso, el electrolito es una solución acuosa, obtenida por un ataque ácido; en el segundo, se electroliza una sal fundida, y el ejemplo más importante de este método es la extracción de aluminio, en Puerto Madryn. A veces la disolución se efectúa por lixiviación mediante diversas soluciones. En el caso del oro, se trata con cianuro de sodio en presencia de aire. También hay minerales que son atacados por ciertas bacterias.

Las minas se deben emplazar en la ubicación misma del yacimiento de mineral, por supuesto. En cambio, las operaciones extractivas (el «beneficio» del mineral) s pueden hacer junto a la mina misma, o en plantas que se ubican en cualquier sitio, según criterios relacionados con los costos relativos al transporte del mineral, de los insumos o del producto final y también de acuerdo con la disponibilidad de energía. En el caso del aluminio de Aluar, por ejemplo, el mineral es importado, de modo que el aporte nacional es, fundamentalmente, la energía de la represa de Futaleufú; el producto se embarca en Puerto Madryn. La minería es una actividad fuertemente contaminante, aunque sus residuos no necesaria- mente son tóxicos. Por ejemplo, una tonelada de roca suele contener a lo sumo unos pocos gramos o kilogramos de mineral valioso, que es necesario separar del resto, estéril pero voluminoso. Esas son las «colas» de la extracción, que suelen formar verdaderas montañas a los costados de las minas, donde constituyen una contaminación, por lo menos visual, muy evidente. Si además de la extracción minera en sí el beneficio del mineral se hace en la misma ubicación, a la contaminación propiamente minera se añade la que puede provenir de la planta de tratamiento, que usa fuertes medios químicos para atacar los minerales: ya hemos mencionado los ácidos fuertes y las soluciones de cianuro.

Es evidente que se deben tomar los recaudos necesarios para evitar los daños a los operarios y minimizar o mitigar los que se produzcan al medio ambiente por los efluentes y subproductos tóxicos o corrosivos. Las minas suelen estar en lugares remotos, de modo que son excepcionales los casos como el de Esquel, donde una mina como la propuesta, a pocos kilómetros de una ciudad -que además es un centro turístico-, es realmente inadmisible. El caso de Jacobacci, donde los presuntos yacimientos están a más de 60 km de un pueblo carente de toda posibilidad de desarrollo una vez perdidos los talleres ferroviarios que le dieron origen, es totalmente diferente. Sobre todo, es nocivo prohibir generalizando por la vía legislativa en vez de controlar, impidiendo desarrollos que pueden ser favorables para evitar algunos que no lo son.

Río Negro tiene una abundante historia minera, aunque no es muy gloriosa. Se produjo hierro en Sierra Grande y también carbón, tungsteno, plomo y zinc, además de fluorita. Además se subsidió durante años a empresas que no producían nada, para que «explorasen»… Nada quedó de eso, salvo agujeros en el suelo.

Pero el verdadero problema minero de la Argentina no es el ambiental, porque hasta los temidos restos de cianuro se pueden destruir químicamente sin causar mayores inconvenientes ambientales. El verdadero problema consiste en la excesiva permisividad de su legislación, hecha para favorecer la extracción de recursos no renovables con un aporte mínimo de capital y puestos de trabajo. Esta legislación -la ley 24.196 y sus modificaciones- establece un máximo de 3% a las regalías provinciales, no sobre el producido final (valor del producto) sino del valor a bocamina, mucho más bajo. Este monto es inferior al reintegro del 5% que el Estado paga por embarcar el producto en puertos patagónicos, sin consideración por el valor agregado, así que estamos pagando a los exportadores para que se lleven la riqueza de nuestro subsuelo -si lo desean, sin valor agregado alguno- a cambio de unos pocos puestos de trabajo, sobre todo los de menor nivel de capacitación. La ley también prevé que las empresas pueden deducir de los impuestos a las Ganancias un máximo de 5% para mitigación de impactos ambientales, pero deja a su criterio lo que deban hacer en tal respecto. Las empresas gozan de toda clase de ventajas impositivas, lo cual sirve para alentar la actividad con ganancias muy superiores a las normales, que van más allá del valor de venta del producto. Además, se les permite capitalizar hasta el 50% de las reservas, lo cual equivale a la enajenación a priori del subsuelo nacional.

Se trata de una manera malsana de fomentar las inversiones: en vez de alentarlos a ganar su dinero por agregar valor a un recurso no renovable, les pagamos para que se lleven nuestros recursos. Lamentablemente, ésta es la manera en la que siempre hemos entendido el liberalismo en este país.


La minería -o sea, el aprovechamiento de los minerales para diversas finalidades- es una de las actividades más antiguas de la humanidad desde que los primeros humanos empezaron a trabajar la piedra para hacer herramientas. Era, entonces, la Edad de Piedra, un mineral.

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