Minipartidos amenazados
Puede que la proliferación de partidos pequeños, muchos de ellos unipersonales ya que dependen por completo del “carisma” de su inventor, se haya debido a las deficiencias notorias del PJ, la UCR y otros que son relativamente grandes, pero la abundancia resultante ha tenido consecuencias muy negativas para nuestro orden democrático. En las democracias más estables los interesados en emprender una carrera política a nivel nacional se sienten obligados a elegir entre dos, o a lo sumo tres, partidos, lo que sirve para acostumbrarlos a llegar a acuerdos con quienes, en términos generales, comparten sus preferencias ideológicas pero discrepan en torno de ciertos detalles. En cambio, donde cualquiera puede formar su propio partido suelen predominar lo que Sigmund Freud calificaba del “narcisismo de las pequeñas diferencias” y el dogmatismo que es tan típico de sistemas en que los partidos son de naturaleza débil y por lo tanto es fuerte la tentación de abandonarlos con el propósito de crear una alternativa a su propia medida, en lugar de tratar de cambiarlos desde adentro. Si bien el propósito principal de la ley de reforma política que se aprobó en diciembre del año pasado consistía en reducir el número de partidos nacionales que compiten en el país, parecería que su éxito será a lo sumo parcial. Según un informe de la Cámara Nacional Electoral al que tuvo acceso el matutino porteño “Clarín”, ya se ha reconocido la existencia de nada menos que 36 partidos nacionales, una cantidad a todas luces excesiva, y 286 partidos de distrito, lo que, en teoría por lo menos, permitiría la formación de un Congreso grotescamente fragmentado. Así y todo, algunos partidos que en el pasado lograron adquirir cierta notoriedad corren el riesgo de verse privados de su personería, entre ellos el Comunista, el Humanista, el Intransigente, el Socialista Auténtico y, aunque sus escasos representantes lo niegan, el MID, más otros restos fosilizados de movimientos que en el pasado lograron desempeñar un papel respetable en el agitado escenario nacional. Que los vinculados con dichos partidos se sientan amenazados por las exigencias planteadas por la nueva ley es lógico. En una sociedad en que tantos preferirían ser jefes de un movimiento minúsculo a ocupar un sitio subordinado en uno multitudinario, es natural que se resistan a ser en efecto marginados si a pesar de todo rehúsan afiliarse a un partido mayor. Pueden argüir que en una democracia plena les correspondería a los votantes tener la última palabra y que, de quererlo, cualquier grupo de amigos tiene derecho a formar un partido supuestamente nacional con la esperanza de conseguir los votos suficientes como para merecer una parcela de poder y, es innecesario decirlo, de los fondos públicos disponibles para quienes se dedican a actividades políticas. Por lo demás, sería con toda seguridad mejor que los encargados de los minipartidos mismos eligieran dejarse absorber por una organización mayor sin verse constreñidos a tomar en cuenta las presiones supuestas por una ley electoral. Así y todo, a esta altura parece indiscutible que el sistema que se daba antes de sancionarse una reforma que privilegia a los grandes, en especial al PJ y la UCR, ha tenido una influencia perversa en la cultura política del país, una que, paradójicamente, ha beneficiado mucho al gobierno que impulsó el cambio ya que contribuyó a mantener dividida a una oposición aglutinada no por un “proyecto” común sino por la convicción de que sería desastroso permitir que los Kirchner siguieran en el poder por mucho tiempo más. Aunque los problemas políticos nacionales que, a través de los años, han tenido consecuencias catastróficas para decenas de millones de personas –de haber tenido gobiernos un tanto más sensatos y realistas, la Argentina sería al menos tan próspera como los países del sur de Europa– no se hayan debido exclusivamente a la incapacidad de sus dirigentes para organizarse en partidos tan representativos como los habituados a alternar en el poder en democracias ya consolidadas, no cabe duda de que ha sido negativo para la Argentina el personalismo excesivo que se ha visto estimulado por la falta de instituciones partidarias que trasciendan a sus integrantes individuales.
Puede que la proliferación de partidos pequeños, muchos de ellos unipersonales ya que dependen por completo del “carisma” de su inventor, se haya debido a las deficiencias notorias del PJ, la UCR y otros que son relativamente grandes, pero la abundancia resultante ha tenido consecuencias muy negativas para nuestro orden democrático. En las democracias más estables los interesados en emprender una carrera política a nivel nacional se sienten obligados a elegir entre dos, o a lo sumo tres, partidos, lo que sirve para acostumbrarlos a llegar a acuerdos con quienes, en términos generales, comparten sus preferencias ideológicas pero discrepan en torno de ciertos detalles. En cambio, donde cualquiera puede formar su propio partido suelen predominar lo que Sigmund Freud calificaba del “narcisismo de las pequeñas diferencias” y el dogmatismo que es tan típico de sistemas en que los partidos son de naturaleza débil y por lo tanto es fuerte la tentación de abandonarlos con el propósito de crear una alternativa a su propia medida, en lugar de tratar de cambiarlos desde adentro. Si bien el propósito principal de la ley de reforma política que se aprobó en diciembre del año pasado consistía en reducir el número de partidos nacionales que compiten en el país, parecería que su éxito será a lo sumo parcial. Según un informe de la Cámara Nacional Electoral al que tuvo acceso el matutino porteño “Clarín”, ya se ha reconocido la existencia de nada menos que 36 partidos nacionales, una cantidad a todas luces excesiva, y 286 partidos de distrito, lo que, en teoría por lo menos, permitiría la formación de un Congreso grotescamente fragmentado. Así y todo, algunos partidos que en el pasado lograron adquirir cierta notoriedad corren el riesgo de verse privados de su personería, entre ellos el Comunista, el Humanista, el Intransigente, el Socialista Auténtico y, aunque sus escasos representantes lo niegan, el MID, más otros restos fosilizados de movimientos que en el pasado lograron desempeñar un papel respetable en el agitado escenario nacional. Que los vinculados con dichos partidos se sientan amenazados por las exigencias planteadas por la nueva ley es lógico. En una sociedad en que tantos preferirían ser jefes de un movimiento minúsculo a ocupar un sitio subordinado en uno multitudinario, es natural que se resistan a ser en efecto marginados si a pesar de todo rehúsan afiliarse a un partido mayor. Pueden argüir que en una democracia plena les correspondería a los votantes tener la última palabra y que, de quererlo, cualquier grupo de amigos tiene derecho a formar un partido supuestamente nacional con la esperanza de conseguir los votos suficientes como para merecer una parcela de poder y, es innecesario decirlo, de los fondos públicos disponibles para quienes se dedican a actividades políticas. Por lo demás, sería con toda seguridad mejor que los encargados de los minipartidos mismos eligieran dejarse absorber por una organización mayor sin verse constreñidos a tomar en cuenta las presiones supuestas por una ley electoral. Así y todo, a esta altura parece indiscutible que el sistema que se daba antes de sancionarse una reforma que privilegia a los grandes, en especial al PJ y la UCR, ha tenido una influencia perversa en la cultura política del país, una que, paradójicamente, ha beneficiado mucho al gobierno que impulsó el cambio ya que contribuyó a mantener dividida a una oposición aglutinada no por un “proyecto” común sino por la convicción de que sería desastroso permitir que los Kirchner siguieran en el poder por mucho tiempo más. Aunque los problemas políticos nacionales que, a través de los años, han tenido consecuencias catastróficas para decenas de millones de personas –de haber tenido gobiernos un tanto más sensatos y realistas, la Argentina sería al menos tan próspera como los países del sur de Europa– no se hayan debido exclusivamente a la incapacidad de sus dirigentes para organizarse en partidos tan representativos como los habituados a alternar en el poder en democracias ya consolidadas, no cabe duda de que ha sido negativo para la Argentina el personalismo excesivo que se ha visto estimulado por la falta de instituciones partidarias que trasciendan a sus integrantes individuales.
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