Misión en China
Puesto que hasta ahora el gobierno kirchnerista ha manejado la relación con China –y con muchos otros países– con una ligereza apenas concebible, sorprendería que la visita a Pekín y Shanghai de Cristina Fernández de Kirchner sirviera para mucho más que darle una pátina de normalidad. Aunque parecería que tanto la presidenta como su marido entienden muy bien que en los últimos años China se ha convertido en uno de los protagonistas del escenario económico mundial, de ahí las esperanzas absurdamente exageradas que se permitieron en noviembre del 2004, cuando nos visitaba Hu Jintao y Néstor Kirchner alardeó de la próxima llegada de inversiones por 20.000 millones de dólares, lo que a su juicio le aseguraría un lugar en la historia nacional al lado de “San Martín y Gardel”, a partir de entonces no han dejado pasar ninguna oportunidad para provocar conflictos con el presunto “socio estratégico”, aplicando medidas proteccionistas “antidumping” con miras a frenar una “invasión” comercial y, a comienzos de este año, cancelando una visita oficial con el pretexto de que a Cristina no le gustaba la idea de dejar al vicepresidente Julio Cobos a cargo del gobierno. Por fortuna, los líderes chinos no tomaron a pecho el desaire supuesto por la cancelación de la vista prevista, ya que les preocupa mucho más la propensión de nuestro gobierno, y de otros de la región, a discriminar sus productos. Como Alemania y Japón, China ha basado su desarrollo en su capacidad exportadora y, si bien sus gobernantes entienden que les convendría estimular el consumo interno, hasta nuevo aviso su prioridad consistirá en impedir que se le cierren las puertas a los mercados externos. Para un gobierno tan resuelto como el kirchnerista a proteger la industria local, el dinamismo exportador de los chinos plantea un problema muy engorroso, ya que a diferencia de los alemanes y japoneses aún no se especializan en productos de tecnología muy avanzada y bienes capitales sino en los que podrían calificarse de intermediarios, cuando no sencillos, en que son mucho más competitivos que las empresas locales. Aunque estamos en condiciones de venderles cantidades importantes de productos agrícolas, como aceite de soja, el gobierno kirchnerista no quiere que la Argentina sea un país “agroexportador”, en parte por motivos ideológicos pero también porque nuestras fábricas emplean millones de personas. En su visita a China, la presidenta procurará resolver el conflicto comercial que ha surgido desde que, en represalia contra medidas proteccionistas que obstaculizaron el ingreso de textiles, calzados y algunos productos electrónicos, se suspendieron las compras de aceite de soja, ofreciéndoles a sus anfitriones algunas concesiones. Es posible que tenga cierto éxito, ya que es del interés de los chinos mejorar la relación comercial con todos los países que son ricos en recursos naturales y temen al efecto contagio que podría tener una miniguerra comercial con la Argentina, pero sólo se trataría de parches. Aunque la apreciación gradual de la moneda china, el yuan, y los aumentos salariales que están recibiendo los obreros de las gigantescas zonas industriales de Shanghai y otras ciudades ayuden a reducir un poco la competitividad china, es de prever que su poder exportador siga planteando una amenaza a las economías de países como el nuestro y que por lo tanto los roces continúen produciéndose. Mal que les pese a quienes están decididos a privilegiar siempre los intereses de los industriales, dependemos tanto de las exportaciones del campo, de las que China ya se ha convertido en un cliente imprescindible, que el gobierno no podrá darse el lujo de asumir una postura intransigente. Según los especialistas, la negativa china a comprar aceite de soja hasta que la Argentina elimine las trabas a sus propias exportaciones ya ha privado al fisco de aproximadamente 600 millones de dólares en concepto de retenciones. Lo mismo que todos los demás países del planeta, tendremos que acostumbrarnos a convivir con un gigante manufacturero sumamente competitivo que, siempre y cuando no caiga en una crisis sistémica fenomenal, seguirá contando con el poder económico y financiero suficiente como para obligar a sus “socios” a modificar sus políticas internas.