Morir en Salta
De estar en lo cierto quienes atribuyen la muerte reciente de ocho adolescentes en la ciudad salteña de Rosario de la Frontera a un juego peligrosísimo que se ha difundido por la internet, será una manifestación muy dolorosa en nuestro país de un fenómeno que en los años últimos ha sacudido diversas localidades en Japón, Estados Unidos y Europa en que, para angustia de los mayores, grupos de jóvenes han decidido ya poner fin a su vida, ya participar de un juego o rito en que podrían perderla. En Salta, algunos integrantes del Comité de Crisis que se ha organizado creen que la serie de muertes que se ha producido podría tener algo que ver con el llamado “juego de la asfixia” o de “los siete nudos”, pero por ahora son meras especulaciones que, conforme al jefe de la policía local, no se basan en indicios firmes. Según los familiares y amigos de los muertos, antes de morir ahorcados con bufandas o corbatas de color azul no habían dado señales de estar resueltos a matarse. Puede que no se hayan propuesto suicidarse, pero es de suponer que todos eran conscientes del riesgo que corrían y que, lejos de disuadirlos, la posibilidad de morir haya hecho aún más atractivo lo que tenían en mente. Para desesperación de los mayores, los jóvenes siempre han sido así. Como suele suceder ante casos como el que acaba de registrarse en Salta, algunos procuran explicar lo ocurrido hablando del aislamiento de los chicos, de las presiones inhumanas de la sociedad moderna, de la falta de perspectivas en un país en que hay tanta pobreza, de la incapacidad de obligarlos a respetar ciertos límites de los padres y de la vaciedad de la cultura juvenil contemporánea, pero sólo se trata de intentos de encontrar explicaciones fácilmente comprensibles de lo que está sucediendo, explicaciones que serían más convincentes si hubiera motivos para creer que los males sociales y culturales de Rosario de la Frontera son llamativamente más graves que los existentes en el resto del país o que los adultos de la localidad se han destacado por su irresponsabilidad. Por supuesto, no hay tales motivos. Rosario de la Frontera tendrá sus rasgos particulares, pero no parece que haya algunos que tentarían a los jóvenes a suicidarse. Quienes suponen que detrás de los suicidios está la internet pueden señalar que una consecuencia del desarrollo vertiginoso de la tecnología de la comunicación ha sido la formación de una multitud de comunidades virtuales desconectadas de las estructuras sociales tradicionales, entre ellas algunas que están conformadas por jóvenes que buscan, aunque sólo fuera pasajeramente, separarse radicalmente del mundo de los adultos. Tal hipótesis parece razonable. Si bien se han dado “olas de suicidios” en lugares determinados desde hace milenios, sería lógico que merced a la internet, los teléfonos celulares y medios afines, que permiten a jóvenes comunicarse entre ellos sin que ningún adulto lo sepa, propendieran a hacerse cada vez más frecuentes. Los habitantes de Rosario de la Frontera han exteriorizado su angustia organizando marchas masivas, aunque con toda seguridad entienden que las autoridades locales están tan consternadas como ellos mismos por lo que parece ser una epidemia de locura. Es que mientras no se hayan identificado con precisión las razones por las que tantos jóvenes se han matado ahorcándose, no podrán hacer mucho más que advertirles a los padres –y a los chicos– de los peligros que enfrentan, a sabiendas de que dar más publicidad al tema podría resultar contraproducente debido al efecto contagio. En Japón, donde en el 2003 se dio el primer pacto suicida convocado a través de la internet, la reacción oficial consistió en formar una división policial especializada y emplear software capaz de detectar palabras claves. Según los voceros del gobierno japonés, la estrategia funcionó, ya que pronto se redujo drásticamente la cantidad de suicidios juveniles, pero puede que por haberse tratado de una moda efímera las medidas tomadas no tuvieran influencia alguna. Así y todo, convendría que sus equivalentes en Salta actuaran del mismo modo, aunque sólo fuera porque brindar la impresión de tener respuestas podría contribuir a impedir que la psicosis que se ha apoderado de Rosario de la Frontera se agrave todavía más.
De estar en lo cierto quienes atribuyen la muerte reciente de ocho adolescentes en la ciudad salteña de Rosario de la Frontera a un juego peligrosísimo que se ha difundido por la internet, será una manifestación muy dolorosa en nuestro país de un fenómeno que en los años últimos ha sacudido diversas localidades en Japón, Estados Unidos y Europa en que, para angustia de los mayores, grupos de jóvenes han decidido ya poner fin a su vida, ya participar de un juego o rito en que podrían perderla. En Salta, algunos integrantes del Comité de Crisis que se ha organizado creen que la serie de muertes que se ha producido podría tener algo que ver con el llamado “juego de la asfixia” o de “los siete nudos”, pero por ahora son meras especulaciones que, conforme al jefe de la policía local, no se basan en indicios firmes. Según los familiares y amigos de los muertos, antes de morir ahorcados con bufandas o corbatas de color azul no habían dado señales de estar resueltos a matarse. Puede que no se hayan propuesto suicidarse, pero es de suponer que todos eran conscientes del riesgo que corrían y que, lejos de disuadirlos, la posibilidad de morir haya hecho aún más atractivo lo que tenían en mente. Para desesperación de los mayores, los jóvenes siempre han sido así. Como suele suceder ante casos como el que acaba de registrarse en Salta, algunos procuran explicar lo ocurrido hablando del aislamiento de los chicos, de las presiones inhumanas de la sociedad moderna, de la falta de perspectivas en un país en que hay tanta pobreza, de la incapacidad de obligarlos a respetar ciertos límites de los padres y de la vaciedad de la cultura juvenil contemporánea, pero sólo se trata de intentos de encontrar explicaciones fácilmente comprensibles de lo que está sucediendo, explicaciones que serían más convincentes si hubiera motivos para creer que los males sociales y culturales de Rosario de la Frontera son llamativamente más graves que los existentes en el resto del país o que los adultos de la localidad se han destacado por su irresponsabilidad. Por supuesto, no hay tales motivos. Rosario de la Frontera tendrá sus rasgos particulares, pero no parece que haya algunos que tentarían a los jóvenes a suicidarse. Quienes suponen que detrás de los suicidios está la internet pueden señalar que una consecuencia del desarrollo vertiginoso de la tecnología de la comunicación ha sido la formación de una multitud de comunidades virtuales desconectadas de las estructuras sociales tradicionales, entre ellas algunas que están conformadas por jóvenes que buscan, aunque sólo fuera pasajeramente, separarse radicalmente del mundo de los adultos. Tal hipótesis parece razonable. Si bien se han dado “olas de suicidios” en lugares determinados desde hace milenios, sería lógico que merced a la internet, los teléfonos celulares y medios afines, que permiten a jóvenes comunicarse entre ellos sin que ningún adulto lo sepa, propendieran a hacerse cada vez más frecuentes. Los habitantes de Rosario de la Frontera han exteriorizado su angustia organizando marchas masivas, aunque con toda seguridad entienden que las autoridades locales están tan consternadas como ellos mismos por lo que parece ser una epidemia de locura. Es que mientras no se hayan identificado con precisión las razones por las que tantos jóvenes se han matado ahorcándose, no podrán hacer mucho más que advertirles a los padres –y a los chicos– de los peligros que enfrentan, a sabiendas de que dar más publicidad al tema podría resultar contraproducente debido al efecto contagio. En Japón, donde en el 2003 se dio el primer pacto suicida convocado a través de la internet, la reacción oficial consistió en formar una división policial especializada y emplear software capaz de detectar palabras claves. Según los voceros del gobierno japonés, la estrategia funcionó, ya que pronto se redujo drásticamente la cantidad de suicidios juveniles, pero puede que por haberse tratado de una moda efímera las medidas tomadas no tuvieran influencia alguna. Así y todo, convendría que sus equivalentes en Salta actuaran del mismo modo, aunque sólo fuera porque brindar la impresión de tener respuestas podría contribuir a impedir que la psicosis que se ha apoderado de Rosario de la Frontera se agrave todavía más.
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