Mutaciones ideológicas


La izquierda contestataria se transformó en un movimiento burgués de gente de clase media metropolitana que se formó en universidades menos selectivas.


Frente a una crisis que amenazaba con hundir la Unión Europea que en aquel entonces encabezaba, Jean-Claude Juncker dijo: “Todos sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos después de hacerlo”. En otras palabras, creía que en circunstancias determinadas sería muy difícil, tal vez imposible, reconciliar la racionalidad con la democracia en que individuos a su juicio equivocados se negarían a permitir que expertos como él siguieran gobernándolos. Coincide con Juncker el senador nacional José Mayans; para alarma de muchos, afirmó hace poco que “en pandemia no hay derechos”. Lo mismo que al luxemburgués, al formoseño le molesta que los políticos tengan que tomar en cuenta las opiniones ajenas y acatar ciertas reglas básicas cuando a su entender no cabe duda alguna acerca de lo que debería hacerse ante una situación muy grave.

Personajes como Juncker y Mayans no son los únicos que piensan de esta manera. En todos los países democráticos, están ganando adeptos los convencidos de que sería mejor dejar la política en manos de elites tecnocráticas que, a diferencia del populacho ignorante, sí saben muy bien lo que hay que hacer.

Lo están diciendo de manera cada vez más explícita aquellos partidarios del presidente norteamericano Joe Biden que quieren silenciar a los simpatizantes de su antecesor en el cargo. Donald Trump -que en las elecciones del año pasado obtuvo 75 millones de votos-, sus equivalentes en el Reino Unido que siguen hablando pestes del Brexit y los comprometidos emotivamente con el “proyecto europeo” que tratan a quienes protestan contra los ucases procedentes de Bruselas como reaccionarios insensatos, cuando no criminales, que merecen ser castigados por su estupidez.

Así pues, el autoritarismo de quienes se creen dueños de la verdad está provocando “grietas” no solo aquí y en otras partes de América latina, sino también en países en que la democracia tiene raíces más profundas. Es un fenómeno peligroso. Aun cuando “las soluciones” que los presuntos expertos tienen en mente para los problemas que más les preocupan fueran las únicas posibles, intentar aplicarlas sin la aprobación de una amplia mayoría no podría sino motivar conflictos sociales de desenlace incierto, pero sucede que a menudo no parecen ser más realistas que las propuestas por sus adversarios. Por el contrario, algunas iniciativas que está ensayando la administración de Biden difícilmente podrían ser más excéntricas.

En los años que siguieron al colapso de la Unión Soviética y, con ella, la fe ciega de muchos intelectuales en las recetas comunistas, lo que podría calificarse de la izquierda contestataria se transformó en un movimiento decididamente burgués propio de gente de la clase media metropolitana que se había formado en universidades mucho menos selectivas que las de épocas anteriores.

Para tales militantes, la clase obrera ya no es el proletariado idealizado de otros tiempos que, con la ayuda de una vanguardia conformada por los debidamente esclarecidos -es decir, por ellos-, lideraría la marcha hacia utopía, sino un conjunto despreciable de sujetos lumpen que se aferran a prejuicios xenófobos y sexistas.

Una consecuencia del cambio así supuesto ha sido una inversión de los roles desempeñados por la agrupaciones políticas tradicionales. En Estados Unidos los republicanos, y en el Reino Unido los conservadores, han abrazado la causa de los sectores más pobres de sus países respectivos que se sienten ofendidos por el tono altanero y el moralismo de los izquierdistas actuales, mientras que sus contrincantes demócratas y los laboristas han mutado en representantes de los beneficiados por la globalización y la expansión de “la economía del conocimiento”.

En Francia, las huestes de la “ultraderechista” Marine Le Pen se conforman mayormente de personas que, un par de generaciones atrás, respaldaban a políticos socialistas o comunistas. En otros países europeos, algo muy similar está ocurriendo.

Aquí, la captura por “la derecha” del voto popular no causaría extrañeza, ya que el peronismo original tenía características que, conforme a las pautas que estaban de moda, lo ubicaban bien en el lado derecho del mapa ideológico. Sin embargo, andando el tiempo los compañeros más influyentes decidirían que les convendría figurar como izquierdistas por suponer que los ayudaría a congraciarse con el progresismo internacional. Por lo tanto, no sorprendería demasiado que, de desprestigiarse la versión del progresismo que acaba de hacerse dominante en el mundo rico y adquirir más lustre la imagen de quienes se le oponen, los peronistas se pusieran a reivindicar con mayor fervor sus raíces antimarxistas.


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