Ni duende ni diablo, espanto

Columna semanal

LA PEÑA

A la mayoría de los personajes no los tenían registrados, ni siquiera supieron si de verdad existían. A lo sumo estaban en la imaginación del relator.

Lo real era que causaban miedo, mucho miedo y cada travesura implicaba que se pusiera en juego uno de los personajes de cuento.

Los famosos “espantos” eran una definición genérica para los personajes que daban miedo, cuanto más feos más feroces, pero jamás vistos por nadie, salvo algunas sombras difusas que se asociaban con cualquiera de ellos.

El que contaba los cuentos, generalmente inventados sobre la marcha, era mi padre y le ponía todo el suspenso de un locutor de programa de terror en una radio.

Ya sabíamos del duende que con sus brillantes dientes de oro aparecía de siesta, sólo de siesta, de modo que cualquier miedo nocturno no era asociable al duende sino más bien a otro personaje que anduviera por ahí.

Una luz, una sombra, una estrella, un sonido, alcanzaban para definir un “espanto”. El espanto era eso, la asociación con algo en las sombras de la noche que sumado a nuestros temores, permitiera descubrir que estábamos ante un fenómeno feo, horrible, “pelusante”, como decía uno de mis hijos para describir algo espeluznante.

Una vez a la semana, sobre todo en noches calurosas de verano, mi padre nos reunía en los escalones de la entrada a casa y nos contaba cuentos de miedo, como solíamos definirlos, lo que en realidad para otros eran cuentos de espanto.

Los cuentos de espantos ponían en juego la valentía, porque en pleno relato algunos de los ocho o diez amigos que estaban en la rueda, empezaban repentinamente a tener sueño, a irse a acostar porque al día siguiente tenían escuela y así varias excusas que permitían salir del escenario del miedo.

Claro, al día siguiente había que aguantar las cargadas y que medio pueblo supiera que fulano se había ido de la rueda porque no se aguantó el miedo.

Convivimos buena parte de la infancia con los relatos de espantos, a tal punto que estábamos seguros que existían, aunque jamás los vimos y ninguno de los amigos que siempre compartíamos los relatos había ni siquiera podido aproximarse.

En cambio, todos habíamos pasado por la compleja experiencia del miedo ante sombras o ruidos sospechosos.

Jorge Vergara – jvergara@rionegro.com.ar


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