No hay electricidad gratis
A los economistas más reaccionarios les gusta recordarnos que en este mundo “no hay almuerzo gratis”, ya que por perverso que a muchos les parezca siempre es necesario que alguien lo pague. Tampoco hay energía gratis. Si bien durante años millones de porteños y bonaerenses, incluyendo a los más ricos, pagaron monedas –menos de un dólar mensual, o el precio de un pocillo de café en cualquier bar o restaurante– por la electricidad, pudieron hacerlo no porque la red energética nacional fuera milagrosamente eficiente sino porque el sistema de subsidios improvisado por el gobierno kirchnerista se financiaba de manera indirecta aunque, claro está, en última instancia los consumidores terminaban costeándolo. Como no pudo ser de otra manera, los perjuicios ocasionados por más de una década de política energética disparatada han sido muy grandes, razón por la que, al iniciar su gestión, el ministro de Energía Juan Carlos Aranguren no vaciló en declarar una “emergencia eléctrica” que, dijo, durará hasta el 31 de diciembre de 2017. Además de insistir en la necesidad de que la población se acostumbre a ahorrar energía, algo que pocos han hecho en los últimos años por tratarse de algo casi tan barato como el aire, anunció que subirían las tarifas de la luz y el gas para que guarden cierta relación con los costos de producción y distribución. En algunas provincias en que las tarifas han sido más realistas que en la Capital Federal y zonas del conurbano bonaerense, los gobernadores ya han anunciado aumentos sustanciales. Asimismo, Aranguren advirtió que habría cortes preventivos planeados por encontrarse el sistema al borde del colapso. A juicio de expertos en la materia, las empresas distribuidoras tendrían que invertir aproximadamente 3.000 millones de dólares para ponerse en condiciones de funcionar de forma adecuada, puesto que es muy deficiente el estado de los cables y transformadores. La política energética kirchnerista –como la política económica en general– se basaba en la idea de que un gobierno fuerte sería capaz de obligar a todas las variables a someterse a su voluntad. Huelga decir que muchas se resistieron a hacerlo. Las empresas del sector energético reaccionaron ante el intento de perpetuar el esquema de precios imperante en el 2003 negándose a invertir ya que no era de su interés perder dinero, a la espera de que andando el tiempo el gobierno se diera cuenta de la magnitud del error que había cometido, pero subestimaban la tenacidad de los presidentes Kirchner y la influencia de teóricos voluntaristas como Axel Kicillof. Así, pues, entre otras cosas desagradables atribuibles al cortoplacismo politizado y la torpeza administrativa del gobierno anterior, el del presidente Mauricio Macri ha heredado un déficit energético alarmante. Aunque últimamente la situación se ha visto aliviada por el descenso vertiginoso del precio del petróleo en los mercados internacionales, a cambio de los beneficios así supuestos ha tenido que postergarse hasta nuevo aviso el aprovechamiento pleno de los depósitos de hidrocarburos no convencionales de Vaca Muerta. Por fortuna, cuando de la energía de trata, la Argentina posee todos los recursos necesarios no sólo para autoabastecerse sino también para exportar una proporción de lo producido. Lo único que le ha faltado últimamente es la voluntad de aprovecharlos de manera racional. Al privilegiar el consumo de los hogares, especialmente de los ubicados en distritos densamente poblados y por lo tanto electoralmente importantes, el gobierno kirchnerista se las ingenió para subordinar la oferta a la demanda que, como es lógico, se hizo cada vez más voraz al multiplicarse el número de acondicionadores de aire y otros aparatos que, como señaló Aranguren, han modificado tan drásticamente el panorama que en su opinión no valdría la pena cambiar el huso horario porque la incidencia en el consumo sería muy escasa. Sea como fuere, aunque a nadie le gusta tener que pagar más por algo que muchos se han habituado a tratar como si fuera un derecho natural, era de prever que el gobierno de Macri procuraría sanear cuanto antes un sector fundamental cuyos problemas están frenando el crecimiento de la economía en su conjunto y que sin inversiones cuantiosas no tendría posibilidad alguna de recuperarse.
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