No será una opción fácil

Por Redacción

Al acercarse el fin de la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los candidatos a sucederla y sus asesores siguen procurando convencernos de que “la herencia” no será tan mala como hacen pensar los números. Están resueltos a minimizar las dificultades que afrontará el próximo gobierno por entender que no los beneficiaría electoralmente asumir una postura realista, ya que muchos votantes tomarían una advertencia por evidencia de mala voluntad. Así las cosas, el país tendrá que esperar hasta el 26 de octubre o, de resultar necesaria una segunda vuelta, el 23 de noviembre para enterarse de lo que tienen en mente los futuros gobernantes. Dadas las circunstancias, en ese momento incluso Daniel Scioli, en el caso de que triunfara, se sentirá obligado a manifestar el asombro que le producirán las dimensiones del déficit fiscal, los estragos provocados por una de las tasas de inflación más altas del planeta y la gravedad de los problemas ocasionados por el enmarañado sistema de subsidios que ha servido para impedir que la gente se vea expuesta a las inclemencias del mercado. Los subsidios no son un invento del kirchnerismo. Tanto aquí como en el resto del mundo todos los gobiernos los han aplicado para favorecer, ya a sectores vulnerables, ya a los considerados de importancia estratégica, pero la verdad es que –fuera de los países comunistas o petroleros– pocos han ido tan lejos como los del matrimonio Kirchner. Aunque es fácil justificarlos con argumentos sociales y humanitarios, a través de los años los costos han subido tanto que ya son insostenibles. Si bien el gobierno actual ha comenzado a reducir algunos, de ahí el aumento astronómico en las facturas de gas que están recibiendo los residentes de ciertas zonas urbanas, el próximo no tendrá más alternativa que bajar, cuando no eliminar, muchos otros. Se trata de un problema que, por razones evidentes, los presidenciables y sus socios preferirían pasar por alto, pero en distintos círculos económicos ya se habla del previsible impacto que tendría cualquier esfuerzo por racionalizar el sistema improvisado. Según escribió en el matutino porteño “La Nación” Eduardo Levy Yeyatí, titular del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), eliminar los subsidios de golpe tendría un impacto muy negativo en el nivel de vida, ya que aumentaría un 1,8% la pobreza y la inflación recibiría otro impulso, razón por la que sería mejor una estrategia gradualista. Tendrá razón, pero puede que la situación económica enfrentada por el sucesor de Cristina resulte tan complicada que no le sea dado corregir poco a poco las distorsiones. Asimismo, para llevar a cabo con éxito una política gradualista, el gobierno responsable necesitaría contar con el apoyo suficiente, en un marco de gran estabilidad institucional, pero sería más probable que la euforia inicial se agotara muy pronto y que los contrarios a cualquier ajuste, por blando que fuera, aprovecharan todas las oportunidades para desestabilizarlo. Como es notorio, los más beneficiados por los subsidios han sido los hogares de ingresos que superan el promedio, lo que podría hacer levemente más fácil la tarea que emprenderá el gobierno surgido de las elecciones por tratarse de quienes, en su mayoría, culparán a los kirchneristas por el estado de la economía nacional. Que éste sea el caso resulta un tanto irónico, ya que la decisión oficial de persistir con medidas tomadas cuando, después del default de diciembre de 2001, la economía se precipitaba en un pozo suele atribuirse a cálculos electoralistas, pero parecería que, luego de la reelección de Cristina, buena parte de la clase media urbana perdió la fe en las bondades del “modelo” populista. Con todo, una cosa es entender que un gobierno nuevo, de preferencias ideológicas presuntamente distintas, no tiene más opción que frenar el despilfarro tan típico de la fase final de la gestión kirchnerista y otra muy distinta, resignarse tranquilamente a los costos personales que supondrían los esfuerzos por hacerlo. Por lo tanto, no sorprendería en absoluto que, por gradualista que resultara el previsible desmantelamiento del sistema de subsidios, muchos integrantes de la clase media urbana reaccionaran participando de cacerolazos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 18 de septiembre de 2015


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