Nubes y nubarrones
LA SEMANA ECONÓMICA
Luis Tarullo
Aunque el juego está recién iniciado, gobierno nacional, sindicalistas y empresarios están dando vuelta sus naipes sobre el paño de la mesa de las negociaciones salariales. La administración de Cristina Fernández está desesperada por poner límites a las pretensiones de los gremios y convencer al sector patronal de que debe morigerar su vocación por aumentar los precios. Los empresarios siguen repitiendo su fórmula y esta vez, encima, algunos han reflotado luces amarillas apelando al pasado de hace casi cuatro décadas, cuando la Argentina estaba empezando a internarse en las llamas. Y los gremialistas, ya prácticamente sin diferencia de color político, están empeñados en poner un piso de demanda que supera en varios puntos lo que se promueve desde la Casa Rosada y las usinas empresariales. La propia Presidenta, apenas llegada de su gira por Oriente, se metió de lleno en el tema, como se preveía en los círculos vinculados con esta cuestión. Sin dudas ha sido empujada a ello en importante medida por la falta de resultados de parte de sus delegados –especialmente el ministro de Trabajo– encargados de asumir la tarea de mantener a los protagonistas en caja. Claro que la jefa de Estado, amén de instar a las partes a lograr acuerdos, volvió a internarse en laberínticos meandros sobre el tema de la inflación, indiscutible motivo de los reclamos por sueldos, y al final cargó sobre la gente común y corriente la responsabilidad de ejercer un virtual control de precios. El menú de las tempraneras negociaciones actuales incluye un dato insoslayable: la intención de los sindicatos de que la tratativa quede abierta, justamente a partir del letal efecto de la inflación sobre los sueldos. La Asociación Bancaria dio el puntapié inicial al acordar con los banqueros el pago de sumas hasta marzo inclusive, que luego servirían de base para la discusión definitiva por más largo plazo. Ese pacto fue el que puso en máxima alerta al Gobierno, que anunció que no homologa acuerdos por menos de un año, aunque en el 2012 no haya respetado cabalmente ese principio. La actitud de los bancarios, convocados desesperadamente por la cartera laboral para que revieran al menos el plazo, fue el ejemplo que envalentonó al resto de la grey sindical y empezaron a multiplicarse las voces que avalan más de una discusión anual. Otro punto sobre el que no hay discordia está íntimamente ligado con el debate salarial: el Impuesto a las Ganancias. El salvaje tributo sigue carcomiendo los haberes y cualquier nuevo porcentaje de aumento que se establezca incrementará su voracidad. Hasta los dirigentes oficialistas se animan ahora a plantear la cuestión, aunque alguno de ellos, después de hablar, haya metido el rabo entre las patas ante algún posible llamado de atención desde las cúpulas gubernamentales. Pero esto no es todo. El panorama, aunque complicado, podría esclarecerse y tener en algún momento visos de tranquilidad, hasta la próxima pulseada, si el tema en cuestión fuera solamente la mejora salarial. Ocurre que el problema del empleo se suma con más fuerza en esta ocasión, y los protagonistas deben atender entonces varias ventanillas a la vez. El mundo del trabajo en la Argentina sigue mostrando una de las caras más oscuras, cual es el empleo no registrado. Entre tres y cuatro de cada diez empleados está “en negro” y forma parte del ejército de los desamparados, apenas un escalón por arriba de los desocupados. Esa gente está a merced de la desprotección y las arbitrariedades, sin ningún paraguas social ni legal. Además, se conoció una encuesta oficial sobre perspectivas empresariales en la materia, y, si bien hay apenas un puñado que piensa reducir sus planteles de personal (lo cual es auspicioso), casi todos los empleadores creen que sus dotaciones se mantendrán como el año pasado, con lo cual se está anunciando que no habría creación de puestos laborales. La tendencia está avalada por números, también oficiales, que reconocen una caída en la actividad industrial. En suma, el horizonte aparece ensombrecido y a esta altura de las circunstancias a nadie le queda margen para negarlo. Más aún, admitirlo, coincidir masivamente en el diagnóstico y sumar voluntades para las soluciones podría generar esperanzas para superar el repecho. Pero es casi una utopía desear tal conjunción de actitudes; por un lado porque no se lo ha hecho seriamente desde hace una ponchada de años y, por el otro, porque este 2013 está signado por las urnas en las cuales se dirimirá el futuro de los que protagonizan la diaria pulseada política argentina. La pretensión, entonces, se reduce a que por lo menos quienes tienen responsabilidades hagan un mínimo esfuerzo para que las nubes no se transformen en esos nubarrones que suelen preceder a las ásperas tormentas. (DyN)
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