Nuestros descendientes afroamericanos






Por la propagación de una “cultura de la dependencia”, la mitad de la población se incorporó a un orden clientelista parecido al que tanto daño hizo a la comunidad negra de Estados Unidos.


Nunca sabremos con precisión lo que pasaba por la mente de Alberto Fernández cuando, al encabezar un acto por el Día de la Bandera, dijo que “tenemos descendientes que se convirtieron en afroamericanos”, aunque es de suponer que fue su modo de asegurarnos que entiende muy bien que la Argentina nunca ha sido el mítico “país blanco” que tantos creían cuando ser de procedencia europea era motivo de orgullo, sino uno en que siempre han convivido personas de razas distintas.

También es posible que en aquel momento se le ocurriera a Alberto que el grueso de la población ya tiene más en común con la minoría afroamericana de Estados Unidos que con sus putativos antepasados europeos por tratarse de dos grupos humanos que, conforme a las pautas dominantes en el mundo, se han rezagado respecto a otros.

Desde hace más de un año, las vicisitudes de la comunidad negra en Estados Unidos han ocupado tanto espacio en todos los medios periodísticos que sería natural que Alberto encontrara interesante el tema.

De resultas de la militancia de quienes afirmaban hablar en nombre de dicha minoría y de los disturbios muy violentos que estallaron después de la muerte por asfixia de un delincuente negro a manos de un agente de policía blanco (que acaba de ser condenado a veinte años entre rejas), en todas partes del planeta se puso de moda indignarse por la persistencia de prejuicios raciales en las sociedades occidentales.

Pues bien: ¿A qué se debe el atraso económico y educativo de “la gente de color” en Estados Unidos? ¿Son externas las causas o internas? El presidente Joe Biden y los líderes del Partido Demócrata, además de integrantes de las elites académicas y mediáticas, prefieren la primera alternativa; lo atribuyen al racismo blanco “sistémico” que a su juicio comparten todos los hombres, mujeres y niños de origen europeo, aún cuando se crean progresistas, además de las secuelas duraderas de la esclavitud.

En cambio otros, entre ellos algunos intelectuales negros destacados, insisten en que las causas son internas, si bien a su entender el paternalismo blanco que estaba detrás de las reformas ensayadas en los años sesenta del siglo pasado agravó la situación al crear una “cultura de la dependencia” que destruyó la familia negra, ya que en la actualidad dos tercios de los niños crecen sin el padre en el hogar.

Hasta entonces, dicen, las diferencias entre las razas tendían a reducirse, sólo para ampliarse al difundirse la noción de que, sin la ayuda del Estado y de leyes especiales, los afroamericanos nunca conseguirían abrirse camino en la vida.

Mal que les pese a los convencidos de que, si no hubiera estructuras sociales perversas que lo impiden, todos serian capaces de lograr lo mismo, no hay duda alguna de que ciertos grupos humanos suelen ser más exitosos que otros.

Durante mucho tiempo, se tomaba en serio la idea de que los europeos ocupaban un lugar privilegiado en la jerarquía humana y por lo tanto tenían derecho a gobernar el mundo, pero las teorías en tal sentido se desacreditaron no sólo porque las habían adoptado los nazis sino también porque en Estados Unidos inmigrantes de origen africano, en especial los nigerianos, pronto llegaron a ganar más que la mayoría de los blancos luego de superarlos en los colegios y universidades.

Por cierto, llama la atención que, fuera del ámbito deportivo o la industria del entrenamiento, los negros norteamericanos más exitosos suelen proceder de familias africanas, como en el caso de Barack Obama, o antillanas, como en aquellos del ex secretario de Estado Colin Powell y la vice presidenta actual, Kamala Harris.

¿Qué relación tiene todo eso con la Argentina? Tiene bastante.

Puesto que el destino de los distintos grupos humanos se debe principalmente a factores culturales, hay que buscar en ellos las razones por el fracaso colectivo de un país que, a diferencia de casi todos los demás, se las ha arreglado para depauperarse. Una, acaso la más importante, ha sido la propagación de una “cultura de la dependencia” por gobiernos de todos los pelajes; la mitad de la población ya se ha visto incorporada a un orden clientelista que se parece mucho a aquel que tanto daño ha hecho a la disfuncional comunidad negra norteamericana.

Asimismo, al igual que los personajes a menudo pintorescos que se autoproclaman voceros de la minoría afroamericana en Estados Unidos, aquí los políticos más influyentes se han acostumbrado a aprovechar las desgracias que sufre el país atribuyéndolas a la maldad del “mundo”, cuando no de sus rivales locales, y a tratar como neoliberales desalmados a quienes dicen que, para salir de la miseria, el esfuerzo personal importa más que la interesada benevolencia ajena.


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