Obama en Cuba
Con cierta frecuencia, los líderes de países democráticos son blancos de críticas por su voluntad de congraciarse con dictadores extranjeros sin animarse a poner en duda su legitimidad por miedo a ofenderlos. Con todo, puesto que la alternativa sería boicotearlos sistemáticamente, lo que acarrearía muchos riesgos, se sienten obligados a tratarlos como si fueran mucho más representativos de lo que realmente son, pero no pueden brindar la impresión de estar dispuestos a abandonar su presunta adhesión a los valores democráticos. En La Habana, el presidente norteamericano Barack Obama hablaba no sólo a sus anfitriones sino también a los legisladores de su propio país al procurar justificar la decisión de reabrir las relaciones diplomáticas con Cuba recordándole a su homólogo Raúl Castro la importancia de los derechos humanos, lo conveniente que sería que los cubanos celebraran elecciones libres y la necesidad de reconocer las “diferencias muy serias” entre el sistema democrático de Estados Unidos y la dictadura comunista de los hermanos Castro que desde hace más de medio siglo monopoliza el poder en la isla. Además de querer convencer a los republicanos y al ya menguado “lobby cubano” que tiene su cuartel general en Florida de que la estrategia de confrontación había fracasado y por lo tanto era necesario probar suerte con una más sofisticada, de seducción, Obama y sus asesores pensaban en la relación con los demás países de América Latina. Por motivos nacionalistas, Cuba, es decir la dictadura cubana, se ve apoyada por muchos que se creen defensores vigorosos de los derechos humanos, la libertad de expresión y periódicas elecciones pero que, así y todo, se solidarizan automáticamente con un régimen cuya trayectoria en tales ámbitos ha sido llamativamente peor que la de las dictaduras militares más crueles que tanto sufrimiento han causado en la región. He aquí una razón por la que han sido contraproducentes los intentos norteamericanos de presionar económica y políticamente a los comandantes Castro y quienes los rodean. En América Latina abundan los acostumbrados a subordinar virtualmente todo al conflicto que ven entre “el imperio” norteamericano y la soberanía nacional de los países de la región. Asimismo, como en Europa, hay amplios sectores que se han acostumbrado a minimizar la gravedad de los crímenes perpetrados por totalitarios “de izquierda”, atribuyéndolos automáticamente a la maldad de sus enemigos. Obama espera que, al adoptar una actitud cautamente benévola hacia Cuba, aunque no necesariamente hacia el régimen castrista que la gobierna con dureza, Estados Unidos logre mejorar su imagen en América Latina. Es probable que ocurra como prevé. La situación sería otra si las fuerzas antidemocráticas fueran más poderosas en la región de lo que parece ser el caso, pero por fortuna mucho ha cambiado en el transcurso de las décadas últimas. Si bien aún se dan algunas minorías que, a juzgar por lo que dicen sus voceros, quisieran instalar dictaduras a su entender “progresistas” para mantener a raya a “la derecha”, su influencia propende a ser cada vez más escasa. Asimismo, a esta altura sería difícil negar que, a lo sumo, el “modelo” económico castrista y su variante venezolana sólo sirven para hacer más manejable la miseria generalizada. De todos modos, sorprendería que el régimen castrista, basado como está en una mezcla de caudillismo, antinorteamericanismo y dogmatismo marxista-leninista, sobreviviera por mucho tiempo al fallecimiento de sus líderes máximos, que ya tienen más de 80 años. La reacción popular de los cubanos ante la visita a la isla de Obama pareció mostrar que la mayoría quería una relación más amistosa con la superpotencia vecina, mientras que la economía supuestamente socialista, que no podrá continuar dependiendo de subsidios enviados por los chavistas, apenas funciona. Queda, pues, el “carisma” anticuado de Fidel Castro y su hermano Raúl, además de una dosis de nacionalismo, frente al inmenso poder de atracción de Estados Unidos. Puede que la transición que, para preocupación del régimen, se ha puesto en marcha resulte ser tan difícil como advirtió Obama pero, como dijo el presidente norteamericano, “no tendremos que nadar con tiburones para alcanzar las metas”. Por lo tanto podría concretarse con mayor rapidez de lo que hasta los más optimistas creen posible.
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