Obama incomoda a la izquierda
La voluntad del presidente estadounidense Barack Obama de poner fin al boicot diplomático a Cuba, y de dialogar amablemente con su homólogo Raúl Castro en Panamá, se presta a muchas interpretaciones. Una, la preferida por buena parte de la mayormente autoritaria izquierda latinoamericana sería que, por fin, la revolución comunista ha triunfado ya que el régimen de los hermanos Castro se las arregló para sobrevivir a todos los esfuerzos de una larga serie de gobiernos norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, por voltearlo. Otra interpretación, un tanto más realista, de lo que está ocurriendo se basa en la convicción de que lo que se ha propuesto Obama es obligar a dicha izquierda a reconocer que el fracaso catastrófico de la revolución cubana no fue consecuencia del “bloqueo” comercial estadounidense sino de lo que los marxistas llamarían sus propias contradicciones. Quienes piensan así esperan que Cuba pronto se transforme en un país latinoamericano “normal”. Si el “experimento socialista” que Fidel Castro y sus hombres pusieron en marcha hace más de medio siglo sirvió para algo, fue para mostrar que la mejor forma de depauperar a un país consiste en permitir que burócratas de ideas supuestamente revolucionarias manejen su economía. Por cierto, en el caso de Cuba, no tendría sentido argüir que una dictadura “progresista” puede justificarse porque es necesario suspender algunas libertades civiles para impedir que los capitalistas sigan saqueando al pueblo, ya que los resultados concretos logrados por la dictadura difícilmente podrían ser más miserables. Antes de la llegada al poder de los castristas, Cuba ostentaba un nivel de vida equiparable con el de la Argentina; en la actualidad, es llamativamente inferior. Puede que exageren quienes dicen que, sin los subsidios cuantiosos que recibe el régimen de la Venezuela chavista y las remesas enviadas por los exiliados en Estados Unidos, los cubanos serían tan indigentes como los haitianos, pero no será por mucho. Sería de suponer, pues, que en una región en la que virtualmente todos los políticos e intelectuales se afirman resueltos a combatir la pobreza, la reputación de la dictadura cubana se asemejaría a la de los peores regímenes de Haití. Huelga decir que no lo es. Con escasas excepciones, los líderes latinoamericanos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dan a entender que simpatizan con los hermanos Castro. Asimismo, a pesar de su hipotético compromiso con la causa de los derechos humanos, los dirigentes de países como el nuestro suelen pasar por alto las violaciones sistemáticas perpetradas por los castristas –o por sus camaradas chavistas–, ya que, desde su punto de vista, no es posible compararlas con las perpetradas, en escala menor, por las dictaduras militares que sufrieron la Argentina, Chile y otros países. Tanta hipocresía, que los hace traicionar a los demócratas que aún permanecen en Cuba, es fruto de la sensación de que en cierto modo la dictadura castrista representa a América Latina en su lucha eterna contra Estados Unidos, de suerte que es deber de todos apoyarla, minimizando la importancia de los crímenes de lesa humanidad cometidos por las fuerzas de seguridad de comandantes que visten uniformes militares. ¿Continuarán comportándose así luego del giro ordenado por Obama que con toda seguridad desembocará en la reanudación de relaciones diplomáticas plenas con Cuba por parte de Estados Unidos, sin esperar hasta que el régimen se vea reemplazado por un gobierno democráticamente elegido? No les será del todo fácil. Privados del pretexto de que, por ser Cuba víctima de una guerra económica despiadada librada por el país más poderoso del planeta, es lógico que el régimen sofoque el disenso interno, todos salvo los defensores más obtusos de la versión caribeña del marxismo revolucionario tendrán que prestar más atención a lo que juran son sus propios principios democráticos. Si ello ocurre, la región se beneficiaría de una especie de liberación ideológica, ya que desde mediados del siglo pasado demasiados dirigentes políticos, incluyendo a algunos respetados por su adhesión a la democracia, se han permitido intimidar por totalitarios cuyo fervor no se alimenta de idealismo utopista sino de la hostilidad visceral que sienten hacia Estados Unidos y todo cuanto a su juicio encarna.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 14 de abril de 2015
La voluntad del presidente estadounidense Barack Obama de poner fin al boicot diplomático a Cuba, y de dialogar amablemente con su homólogo Raúl Castro en Panamá, se presta a muchas interpretaciones. Una, la preferida por buena parte de la mayormente autoritaria izquierda latinoamericana sería que, por fin, la revolución comunista ha triunfado ya que el régimen de los hermanos Castro se las arregló para sobrevivir a todos los esfuerzos de una larga serie de gobiernos norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, por voltearlo. Otra interpretación, un tanto más realista, de lo que está ocurriendo se basa en la convicción de que lo que se ha propuesto Obama es obligar a dicha izquierda a reconocer que el fracaso catastrófico de la revolución cubana no fue consecuencia del “bloqueo” comercial estadounidense sino de lo que los marxistas llamarían sus propias contradicciones. Quienes piensan así esperan que Cuba pronto se transforme en un país latinoamericano “normal”. Si el “experimento socialista” que Fidel Castro y sus hombres pusieron en marcha hace más de medio siglo sirvió para algo, fue para mostrar que la mejor forma de depauperar a un país consiste en permitir que burócratas de ideas supuestamente revolucionarias manejen su economía. Por cierto, en el caso de Cuba, no tendría sentido argüir que una dictadura “progresista” puede justificarse porque es necesario suspender algunas libertades civiles para impedir que los capitalistas sigan saqueando al pueblo, ya que los resultados concretos logrados por la dictadura difícilmente podrían ser más miserables. Antes de la llegada al poder de los castristas, Cuba ostentaba un nivel de vida equiparable con el de la Argentina; en la actualidad, es llamativamente inferior. Puede que exageren quienes dicen que, sin los subsidios cuantiosos que recibe el régimen de la Venezuela chavista y las remesas enviadas por los exiliados en Estados Unidos, los cubanos serían tan indigentes como los haitianos, pero no será por mucho. Sería de suponer, pues, que en una región en la que virtualmente todos los políticos e intelectuales se afirman resueltos a combatir la pobreza, la reputación de la dictadura cubana se asemejaría a la de los peores regímenes de Haití. Huelga decir que no lo es. Con escasas excepciones, los líderes latinoamericanos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, dan a entender que simpatizan con los hermanos Castro. Asimismo, a pesar de su hipotético compromiso con la causa de los derechos humanos, los dirigentes de países como el nuestro suelen pasar por alto las violaciones sistemáticas perpetradas por los castristas –o por sus camaradas chavistas–, ya que, desde su punto de vista, no es posible compararlas con las perpetradas, en escala menor, por las dictaduras militares que sufrieron la Argentina, Chile y otros países. Tanta hipocresía, que los hace traicionar a los demócratas que aún permanecen en Cuba, es fruto de la sensación de que en cierto modo la dictadura castrista representa a América Latina en su lucha eterna contra Estados Unidos, de suerte que es deber de todos apoyarla, minimizando la importancia de los crímenes de lesa humanidad cometidos por las fuerzas de seguridad de comandantes que visten uniformes militares. ¿Continuarán comportándose así luego del giro ordenado por Obama que con toda seguridad desembocará en la reanudación de relaciones diplomáticas plenas con Cuba por parte de Estados Unidos, sin esperar hasta que el régimen se vea reemplazado por un gobierno democráticamente elegido? No les será del todo fácil. Privados del pretexto de que, por ser Cuba víctima de una guerra económica despiadada librada por el país más poderoso del planeta, es lógico que el régimen sofoque el disenso interno, todos salvo los defensores más obtusos de la versión caribeña del marxismo revolucionario tendrán que prestar más atención a lo que juran son sus propios principios democráticos. Si ello ocurre, la región se beneficiaría de una especie de liberación ideológica, ya que desde mediados del siglo pasado demasiados dirigentes políticos, incluyendo a algunos respetados por su adhesión a la democracia, se han permitido intimidar por totalitarios cuyo fervor no se alimenta de idealismo utopista sino de la hostilidad visceral que sienten hacia Estados Unidos y todo cuanto a su juicio encarna.
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