El debate que propone la viralización del fenómeno therians y los riesgos de los que alerta
A partir de la viralización del fenómeno therian, una reflexión necesaria sobre identidades, memoria colectiva y luchas históricas que hoy vuelven a ser tensionadas en el debate público.
Por Federico Sacchi (*), especial para «Río Negro»
En los últimos días, los medios argentinos y las redes sociales comenzaron a amplificar con fuerza un fenómeno hasta ahora marginal: el de los llamados therians, personas que se autoperciben animales y adoptan comportamientos asociados a esas especies en su vida cotidiana. Videos virales, informes televisivos con tono irónico y debates superficiales hicieron el resto. El tema explotó.
Pero como suele ocurrir en los momentos de tensión social, no todo lo que se viraliza es inocente. Y no todo lo que parece curiosidad cultural es, en realidad, un debate genuino.

Desde una mirada antropológica, las sociedades siempre produjeron identidades que habitan los márgenes: formas de ser, nombrarse y existir que incomodan al orden establecido. No es nuevo que aparezcan expresiones identitarias difíciles de comprender desde el sentido común. Lo verdaderamente nuevo es el modo en que estos fenómenos son utilizados políticamente.
Más allá de cómo cada persona elija nombrarse o expresarse, el modo en que este fenómeno está siendo presentado en la conversación pública comenzó a cumplir otra función: convertirse en argumento dentro de una narrativa que busca instalar la idea de que la ampliación de derechos en materia de identidad de género habría “ido demasiado lejos”. La trampa es conocida. Se toma un caso extremo, se lo exagera, se lo ridiculiza y luego se lo presenta como consecuencia directa de luchas históricas del colectivo LGTBQ+.
Desde la propia comunidad se encendió una alerta temprana. No porque el fenómeno therian represente una amenaza real, sino porque está siendo utilizado como excusa. Excusa para banalizar derechos, para confundir deliberadamente conceptos distintos y para erosionar consensos democráticos que costaron décadas construir.
La identidad de género se inscribe en procesos sociales, históricos y jurídicos que emergieron de experiencias concretas de exclusión y lucha colectiva. Forma parte de un campo de reconocimiento construido a partir de investigaciones, debates académicos y, sobre todo, trayectorias de vida atravesadas por violencia, organización y resistencia.
La verdadera alarma no es que existan los therians. La verdadera alarma es lo que se quiere instaurar a partir de su exposición: una narrativa que pone en duda conquistas históricas, que relativiza luchas colectivas y que presenta la diversidad como amenaza en lugar de como riqueza social.
Federico Sacchi, Neuquén
Desde la teoría queer entendemos que el género se produce en tramas culturales y sociales; esa comprensión no lo vuelve intercambiable con cualquier experiencia identitaria, sino que nos invita a analizar cada fenómeno en su propio contexto histórico, político y simbólico. Cuando se colocan en un mismo plano realidades que no responden a los mismos procesos sociales, el efecto no es claridad sino confusión, y esa confusión tiene consecuencias en el debate público.

Este tipo de operaciones no aparecen en el vacío. Se inscriben en un clima de época marcado por el retroceso de derechos, donde la crueldad discursiva vuelve a ser rentable y donde el desprecio se disfraza de sentido común. En contextos de crisis económica y malestar social, las identidades disidentes vuelven a ser blanco fácil, chivos expiatorios sobre los cuales descargar frustraciones colectivas.
La viralización cumple un rol central. No se amplifica cualquier cosa: se amplifica lo que sirve para correr el eje del debate. Mientras se discute si “todo vale”, se deja de hablar de desigualdad, precarización, violencia estructural y exclusión real. La discusión se vuelve cultural, pero no para ampliar miradas, sino para cerrarlas.
La verdadera alarma, ¿cuál es?
Acá es donde la reflexión se vuelve imprescindible. Porque cuando una sociedad empieza a reírse de las identidades, no está ejerciendo libertad de expresión: está ensayando un retroceso. La historia lo demuestra una y otra vez. Primero se ridiculiza. Después se cuestiona. Finalmente, se recortan derechos.
Por eso, la verdadera alarma no es que existan los therians.
La verdadera alarma es lo que se quiere instaurar a partir de su exposición: una narrativa que pone en duda conquistas históricas, que relativiza luchas colectivas y que presenta la diversidad como amenaza en lugar de como riqueza social.

Llamar a la atención plena no es censurar debates ni negar la complejidad del mundo actual. Es, por el contrario, asumir una responsabilidad democrática. Preguntarnos qué discursos reproducimos, a quiénes dañan y qué puertas abren. Entender que no todo es lo mismo. Que no toda identidad se explica igual. Y que confundir no es pensar: es retroceder.
Las luchas por la identidad, por el reconocimiento y por la dignidad no nacieron en redes sociales ni se sostienen por modas virales. Nacieron del dolor, de la organización y de la esperanza de miles de personas que todavía hoy enfrentan violencia cotidiana.
Detenerse en este fenómeno no tiene que ver con una curiosidad pasajera, sino con algo más profundo: observar cómo ciertos discursos empiezan a instalarse en la conversación pública. No es un detalle menor que, al hablar de los therians, aparezca con tanta frecuencia la palabra “autopercepción”. En el debate sobre identidad de género, ese término no es una moda ni un capricho, sino un concepto que surge de experiencias de vida, de luchas históricas y de marcos legales construidos para reparar desigualdades reales. Poner en el mismo plano realidades que no responden a las mismas experiencias ni a los mismos procesos sociales no es una simple confusión. Tiene efectos.
En tiempos donde los discursos de odio encuentran nuevas formas de circular, cualquier excusa parece suficiente para volver a poner en duda derechos ya conquistados. Por eso, más que reaccionar desde la indignación, el desafío es sostener la claridad. Preguntarnos qué ideas se están instalando, qué percepciones se construyen y a quiénes impactan esas narrativas. Porque cuando la confusión se vuelve regla, lo que empieza a debilitarse no es solo un concepto: es la posibilidad misma de convivir en una sociedad más justa y más humana.
Porque cuando una sociedad banaliza las identidades, no pierde solo un debate: pierde humanidad.
(*) Licenciado en Relaciones Públicas, especialista en masculinidades.
Por Federico Sacchi (*), especial para "Río Negro"
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