El nudo gordiano argentino y las preguntas incómodas

Vivimos en un territorio precariamente organizado, frecuentemente sometido a corporaciones y con un grado vago de institucionalidad.

Por Roberto Fermín Bertossi

La negación consiste en no enfrentar interrogantes, conflictos o realidades sociales complejas, no asumiendo directamente que existen, que son importantes o que tienen algo que ver con nosotros mismos.

¿Por qué un tercio del pueblo argentino pudo votar a un supuesto desquiciado?
¿Por qué se verifica tanto el voto en blanco?
¿Por qué “la gente” incrementalmente no va a votar?
Las preguntas sin respuesta son odiosas porque nos enfrentan a nuestra incompetencia, a nuestra falta de perspicacia, a nuestro desinterés, a nuestra ignorancia e indigna cooptación, o lo peor, a nuestra falta de compromiso, de responsabilidad cívica y/o al fenómeno de nuestra negación. Cuando la existencia de múltiples odiosas preguntas se convierte en un fenómeno social y político inquietante, debería afectarnos seria y urgentemente, principalmente cuando formamos parte individual de todos los todos del todo social.

Sabemos cómo hemos llegado hasta aquí, conocemos de memoria y sobradamente los nombres propios de quienes nos han empujado hasta esta republiquita, e incluso podríamos llegar a elaborar un completo memorial de las causas, de las razones, de los desatinos y desaciertos aportados por todos los protagonistas en esta larga marcha; –básicamente- de un “decalustro” hacia nuestro peculiar nudo gordiano, cuya complejidad se está demostrando fuera del alcance de los llamados a desatarlo.
Y si de republiquita se trata, pensemos en un territorio precariamente organizado, frecuentemente sometido a corporaciones y con un grado vago de institucionalidad. A propósito, cualquier parecido con la realidad argentina, ¿acaso es pura coincidencia?

Ahora bien…
¿Es un líder político y democrático Javier Milei?
¿Es peor o mejor que sus predecesores?
¿Cuál es el grado de discernimiento y responsabilidad social?
Los interrogantes –solamente algunos posibles- están ahí, nos persiguen desde hace tiempo, sin que nadie dé muestras ciertas de tener ni idea de qué puede ocurrir, de cómo puede suceder y de quién puede dar con una solución aceptablemente realista. Claramente, el desamparo por corrupción como la desigualdad por privilegios, ya son angustiosos, agobiantes y afligentes; pero si además se atiende a una vieja y contradictoria retórica electoral, entonces estaremos completamente confusos, abochornados y extraviados.

Es difícil alejarse o desconectar del fenómeno de desorientación general, porque la intensidad del humo político-partidario que produce permanentemente esta hoguera de promesas incumplidas, ineficacias constitucionales y ausencia de transparencia institucional; de gesticulaciones, agresiones verbales, réplicas y contrarréplicas superfluas; una humareda abundante y permanentemente esparcida cual “maná contaminado o ´vencido´”, nos mantiene subyugados, cegados o enojados, impidiéndonos descubrir –oportuna y apropiadamente- que permanecemos inexorablemente varados en una alucinación socialmente aceptada, naturalizada o “engaño mayúsculo” para que, aún así, sigamos lidiando por sobrevivir en un medio y ambiente del todo hostil.

El pesimismo atribuible a tanta pregunta sin respuesta nace, curiosamente, por el consenso existente sobre la contestación a un interrogante inevitable: ¿estamos mejor o peor de lo que estábamos un decalustro atrás?
Remontarnos ahí implicaría una flagelación adicional, colectivamente excesiva, del todo innecesaria. Difícilmente encontraríamos a nadie dispuesto seria y fundadamente a defender que estamos mejor.
Nuestro estado de derecho se ha ido transformando en alarma profunda al comprobar que su debilidad, decepción o frustración, se ha enquistado socialmente, alumbrando una confrontación política y emocional entre argentinos la que no augura nada bueno.

Sin dudas, todo ello por la inoperancia del Estado y los partidos o coaliciones, por su búsqueda remanida y personalista de soluciones políticas de espaldas al pueblo; por la ineficiencia de los jueces, por la revelación de una violencia incubada en la indignación y en la recurrente ausencia de gobiernos y gobernantes merecedores de tal catadura.
Por último, lamentablemente hoy pareciera imposible visualizar a alguien capaz de desatar, cabal y duradero, nuestro absurdo y vernáculo nudo gordiano argentino.
*Experto en cooperativismo de la Coneau .


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La negación consiste en no enfrentar interrogantes, conflictos o realidades sociales complejas, no asumiendo directamente que existen, que son importantes o que tienen algo que ver con nosotros mismos.

¿Por qué un tercio del pueblo argentino pudo votar a un supuesto desquiciado?
¿Por qué se verifica tanto el voto en blanco?
¿Por qué “la gente” incrementalmente no va a votar?
Las preguntas sin respuesta son odiosas porque nos enfrentan a nuestra incompetencia, a nuestra falta de perspicacia, a nuestro desinterés, a nuestra ignorancia e indigna cooptación, o lo peor, a nuestra falta de compromiso, de responsabilidad cívica y/o al fenómeno de nuestra negación. Cuando la existencia de múltiples odiosas preguntas se convierte en un fenómeno social y político inquietante, debería afectarnos seria y urgentemente, principalmente cuando formamos parte individual de todos los todos del todo social.

Sabemos cómo hemos llegado hasta aquí, conocemos de memoria y sobradamente los nombres propios de quienes nos han empujado hasta esta republiquita, e incluso podríamos llegar a elaborar un completo memorial de las causas, de las razones, de los desatinos y desaciertos aportados por todos los protagonistas en esta larga marcha; –básicamente- de un “decalustro” hacia nuestro peculiar nudo gordiano, cuya complejidad se está demostrando fuera del alcance de los llamados a desatarlo.
Y si de republiquita se trata, pensemos en un territorio precariamente organizado, frecuentemente sometido a corporaciones y con un grado vago de institucionalidad. A propósito, cualquier parecido con la realidad argentina, ¿acaso es pura coincidencia?

Ahora bien…
¿Es un líder político y democrático Javier Milei?
¿Es peor o mejor que sus predecesores?
¿Cuál es el grado de discernimiento y responsabilidad social?
Los interrogantes –solamente algunos posibles- están ahí, nos persiguen desde hace tiempo, sin que nadie dé muestras ciertas de tener ni idea de qué puede ocurrir, de cómo puede suceder y de quién puede dar con una solución aceptablemente realista. Claramente, el desamparo por corrupción como la desigualdad por privilegios, ya son angustiosos, agobiantes y afligentes; pero si además se atiende a una vieja y contradictoria retórica electoral, entonces estaremos completamente confusos, abochornados y extraviados.

Es difícil alejarse o desconectar del fenómeno de desorientación general, porque la intensidad del humo político-partidario que produce permanentemente esta hoguera de promesas incumplidas, ineficacias constitucionales y ausencia de transparencia institucional; de gesticulaciones, agresiones verbales, réplicas y contrarréplicas superfluas; una humareda abundante y permanentemente esparcida cual “maná contaminado o ´vencido´”, nos mantiene subyugados, cegados o enojados, impidiéndonos descubrir –oportuna y apropiadamente- que permanecemos inexorablemente varados en una alucinación socialmente aceptada, naturalizada o “engaño mayúsculo” para que, aún así, sigamos lidiando por sobrevivir en un medio y ambiente del todo hostil.

El pesimismo atribuible a tanta pregunta sin respuesta nace, curiosamente, por el consenso existente sobre la contestación a un interrogante inevitable: ¿estamos mejor o peor de lo que estábamos un decalustro atrás?
Remontarnos ahí implicaría una flagelación adicional, colectivamente excesiva, del todo innecesaria. Difícilmente encontraríamos a nadie dispuesto seria y fundadamente a defender que estamos mejor.
Nuestro estado de derecho se ha ido transformando en alarma profunda al comprobar que su debilidad, decepción o frustración, se ha enquistado socialmente, alumbrando una confrontación política y emocional entre argentinos la que no augura nada bueno.

Sin dudas, todo ello por la inoperancia del Estado y los partidos o coaliciones, por su búsqueda remanida y personalista de soluciones políticas de espaldas al pueblo; por la ineficiencia de los jueces, por la revelación de una violencia incubada en la indignación y en la recurrente ausencia de gobiernos y gobernantes merecedores de tal catadura.
Por último, lamentablemente hoy pareciera imposible visualizar a alguien capaz de desatar, cabal y duradero, nuestro absurdo y vernáculo nudo gordiano argentino.
*Experto en cooperativismo de la Coneau .

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