Inteligencia artificial: una espada de doble filo

Al realizar un número creciente de tareas con mucha mayor eficiencia que los seres humanos, la IA desplaza a personas que, hasta hace muy poco, desempeñaban labores que antes resultaban imprescindibles.

El error más grave es dejar de lado el pensamiento crítico al usar la IA, advierte Judzik Foto: HR Summit.

Durante milenios, la idea de que la vida terrenal llegaría pronto a su fin ha rondado la imaginación humana. Algunos acogían con satisfacción esta idea; creían que les abriría las puertas del cielo y enviaría al infierno a quienes detestaban. Incluso aquellos que adoptaban una postura filosófica solían asumir que, de una forma u otra, la humanidad sería responsable de su propia destrucción colectiva. Esto sigue siendo cierto.  

  La amenaza más alarmante está relacionada con las armas nucleares. Ya existen suficientes arsenales para destruir no solo a la raza humana, sino también a todos los animales y a la mayor parte de la flora. El peligro más evidente es que una secta apocalíptica logre hacerse con suficientes bombas atómicas y las utilice para exterminar a sus enemigos antes de ser aniquilada ella misma; es por tal motivo que Estados Unidos e Israel emprendieron acciones bélicas contra Irán.

  Otro factor de riesgo es el cambio climático. Es habitual atribuirlo a la generación de emisiones excesivas de carbono por la industria y la agricultura. Para contrarrestar esta situación, muchos gobiernos juran estar resueltos a sustituir el petróleo y el gas por energía solar y eólica. Los europeos son los más entusiastas; como resultado de sus esfuerzos, los costos energéticos se han disparado, acarreando graves consecuencias económicas.

  Un tercer motivo de preocupación es el drástico descenso de la natalidad en casi todos los países, especialmente en China y Corea del Sur. De no revertirse esta tendencia, la extinción de la humanidad en cuestión de un par de siglos será matemáticamente inevitable; se trata de una perspectiva que, hasta hace muy poco, apenas inquietaba a nadie, pero que ahora está suscitando gran atención.

  La última incorporación a la lista de posibles agentes de destrucción es la inteligencia artificial. Apenas pasa un día sin que los principales periódicos nos adviertan sobre los terribles peligros que conlleva o, por el contrario, ensalcen los beneficios utópicos que podría reportar. La mayoría de los expertos adoptan una postura ambigua. El más conocido, el fabulosamente rico Elon Musk, afirma que existe una probabilidad de “entre el diez y el veinte por ciento” de que la IA acabe con la existencia humana, pero que, si eso no sucede, podría dar paso a una era de “abundancia asombrosa”.

  Sería reconfortante pensar que Musk y otros que han invertido sumas ingentes de dinero en el desarrollo de la IA están exagerando; sin embargo, incluso si lo hacen al tratarla como una versión moderna de la Piedra Filosofal (que supuestamente convertía metales innobles en oro y prometía curar todas las enfermedades para hacer inmortales a las personas), la IA ya ha demostrado ser una herramienta sumamente poderosa.

Al realizar un número creciente de tareas con mucha mayor eficiencia que los seres humanos, la IA facilita que médicos, abogados, empresas comerciales y organismos gubernamentales alcancen sus objetivos; sin embargo, al hacerlo, desplaza a las personas que, hasta hace muy poco, desempeñaban labores que antes resultaban imprescindibles.

   Hasta la fecha, el impacto de la IA ha sido mucho más negativo que positivo. Incluso antes de su irrupción, el progreso tecnológico ya había dejado superfluos a muchos trabajadores de fábricas y oficinas cuyas actividades podían automatizarse o informatizarse. Ahora, la tecnología está apropiándose  rápidamente de empleos que requieren una considerable capacidad analítica. En los países relativamente ricos, los más afectados han sido los recién graduados universitarios; los puestos de nivel inicial que esperaban conseguir han desaparecido, dejándolos en un limbo laboral.

Igualmente perjudicial ha sido el efecto social de la IA. Son cada vez más los estudiantes que recurren a los “chatbots” para que redacten sus trabajos académicos, tarea que ya realizan de manera convincente. También está incidiendo en la forma en que las personas reciben información sobre la actualidad: las empresas tecnológicas que dominan las redes sociales emplean algoritmos para dirigir a los usuarios hacia las fuentes que ellas mismas favorecen.

Quizás estos inconvenientes puedan solucionarse imponiendo restricciones legales a dichas compañías; hace unos días, Meta acordó pagar 17.000 millones de dólares a varios estados de EE. UU que actuaban en nombre de ciudadanos que acusaban a la empresa de fomentar deliberadamente la adicción a sus plataformas entre los menores. También se comprometió a rectificar su conducta. Sin embargo, pocos creen que esto ponga fin al problema; la IA no ha hecho más que empezar y, a menos que sus impulsores se estén engañando a sí mismos, está por dominar un abanico de actividades cada vez más amplio.


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