Voces y silencios en el desorden global

Crece la brecha entre la política exterior de Milei y el repliegue de la oposición.

El dato más reciente de la escena política es la ampliación de la brecha entre los niveles de actividad de la Casa Rosada y la profundización del repliegue de sus adversarios. Desde la intervención norteamericana en Venezuela, Javier Milei parece navegar holgado en las aguas globales, allí donde se debate sobre la irrupción de un nuevo orden internacional.

La oposición parece ajena a ese contexto y sólo asoma en público con dos especulaciones tácticas en simultáneo: esperar a que se reactive el Congreso para intentar una ofensiva contra la reforma laboral y reagrupar fuerzas en los distritos propios en el año no electoral, para intentar retenerlos en comicios escalonados, antes de la próxima renovación presidencial.

Milei superó las elecciones de medio término con un rescate agónico de Donald Trump. Después del triunfo, esa alianza tan potente como asimétrica lo dejó, en condiciones de transformar la necesidad en virtud. Si hay un nuevo orden global en formación, Milei está del lado de quienes lo promueven o lo imponen.

El viaje a Oslo por el premio Nobel a María Corina Machado y la posterior caída de Maduro lo dejaron parado en la vereda de la pulsión democrática contra una dictadura. El apoyo a las gestiones de Trump por el conflicto en Gaza, le permitió la invitación preferencial al Board of Peace, la nueva iniciativa diplomática impulsada por Trump. Y la tribuna que tendrá mañana en el Foro Económico de Davos puede ser la oportunidad de revertir el despiste del año pasado.

No se trata solamente del alineamiento con Trump. Milei será el beneficiario de las gestiones de sus predecesores para el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. El pacto sellado en Asunción implica la conformación del bloque comercial más importante del mundo. Conforma un mercado de más de 700 millones de consumidores. Es un potencial equivalente al 35% del comercio global.

De manera inesperada, como legado de gestiones anteriores, Milei puede argumentar con este acuerdo que su diplomacia es también multilateral y no sólo tributaria de la “doctrina Donroe”, el corolario Trump de aquel principio clave de la política exterior estadounidense proclamado por James Monroe en 1823: “América para los americanos”.

Como contrapeso de esas posibles efusiones narrativas a las que es tan proclive la Casa Rosada, conviene tener en cuenta la advertencia formulada por el informe anual presentado por el Pentágono ante el Congreso de los Estados Unidos hace menos de un mes.

Para la estrategia de seguridad y defensa norteamericana, Argentina escaló de “aliado periférico” a “socio central”. Pero advierte de que China evolucionó en nuestro país de una fase puramente económica a otra de “preparación del teatro de operaciones”.

El informe enumera algunos puntos en conflicto: la base china en Neuquén, el interés por la hidrovía sobre el Paraná, el proyecto de puerto de aguas profundas en Tierra del Fuego, la creciente inversión en las explotaciones de litio y la expansión de la tecnología de comunicaciones en 5G.

Polos opuestos

El contraste con el repliegue opositor es nítido. Presidido todavía por Cristina Kirchner, el Partido Justicialista enmudeció ante la caída de Nicolás Maduro y balbuceó luego una defensa incómoda de la dictadura venezolana. Estaba aún ese trance cuando le estalló en las manos una complicidad superior: el régimen iraní disparó la represión más sangrienta, en sus más de 40 años de historia, contra su propio pueblo.

La economía iraní ha colapsado, la protesta iniciada por comerciantes por la alta inflación derivó en protestas masivas a las que el gobierno respondió a sangre y fuego, ostentando miles de cadáveres en su comunicación oficial para disuadir la rebeldía de una población desesperada.

Si en su momento fue Néstor Kirchner quien privilegió los negocios turbios con la dictadura en Venezuela, Cristina Kirchner fue el emblema de la asociación estratégica con Irán. Una sociedad que fue convalidada por el peronismo en su conjunto, cuando se aprobó en el Parlamento argentino aquel tratado que motivó la denuncia formal del fiscal Alberto Nisman por encubrimiento del atentado terrorista contra la Amia.

Nisman apareció muerto hace exactamente 11 años, cuatro días después de esa denuncia y horas antes de concurrir al Congreso para fundamentar sus motivos.

Si con la caída de Maduro el kirchnerismo estaba incómodo, con la represión iraní sólo cabe esperar un ominoso silencio, pese a las flagrantes violaciones de derechos que se están perpetrando, ante la mirada inerme de los organismos globales constituidos para defender la vigencia del derecho internacional.

Tampoco en relación al acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea puede la oposición a Milei sacar a relucir antecedentes favorables. El kirchnerismo demoró al bloque regional durante años empujando el ingreso de la dictadura venezolana, luego excluida del Mercosur.

Además del pacto económico y de impunidad judicial con Irán, Cristina Kirchner intentó alinearse con China y Rusia en el bloque BRICS y protagonizar giras comerciales como la realizada en Angola, promovida por empresarios de La Salada, provincia de Buenos Aires.

Se le atribuye al fundador del peronismo la afirmación de que “la verdadera política es la política internacional”. Como toda amplificación, el objetivo de la frase era subrayar algo: lo insuficiente que resulta limitar la mirada a la política doméstica. Donde por otra parte, Milei también también parece pasearse cómodo en el escenario de un festival folklórico, sin los abucheos que temen padecer sus adversarios.


El dato más reciente de la escena política es la ampliación de la brecha entre los niveles de actividad de la Casa Rosada y la profundización del repliegue de sus adversarios. Desde la intervención norteamericana en Venezuela, Javier Milei parece navegar holgado en las aguas globales, allí donde se debate sobre la irrupción de un nuevo orden internacional.

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