Otro lugar en el mundo

Por Redacción

Era de prever que el gobierno del presidente Mauricio Macri decidiría cambiar radicalmente la política exterior del país que, en el transcurso de la “década ganada” y los años siguientes, lo alejó de sus amigos tradicionales y dejó perplejos a algunos presuntamente nuevos como Irán, China y Rusia. Además de entender que, por razones bien concretas, sería insensato continuar tratando a Estados Unidos como una potencia irremediablemente hostil, de tal modo asegurando que la Argentina quedara aislada de los mercados de capitales, Macri y quienes lo rodean dan por descontado que formamos parte de la familia occidental y que es absurdo negarlo en nombre de un pasado indígena imaginario, como hacen aquellos que, entre otras cosas, derribaron la estatua de Cristóbal Colón por suponer que el “almirante de la mar océana” era un imperialista genocida y por lo tanto enemigo de la argentinidad. La política exterior siempre refleja la interna; el “desarrollismo” reivindicado por Macri presupone la voluntad de acercarse a aquellos países que, de una manera u otra, comparten los mismos principios, mientras que la del gobierno anterior se basó en el revisionismo más literario que histórico que disfrutó de gran popularidad entre los jóvenes contestatarios en los años setenta del siglo pasado. Para los convencidos de que, no obstante los aportes de “los pueblos originarios”, la Argentina es un país occidental con tanto en común con Italia y España como con sus vecinos latinoamericanos, la política exterior reivindicada por movimientos como el kirchnerista es derrotista por tratarse de una forma de asumir el fracaso colectivo, atribuyéndolo a la maldad de los países más avanzados y aprovechando todas las oportunidades para diferenciarse de ellos. No sólo los macristas sino también muchos otros creen que a la Argentina le convendría parecerse más a Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea que a Venezuela o Cuba, para no hablar de Rusia, China e Irán, los “socios estratégicos” que fueron elegidos por motivos presuntamente ideológicos por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Si bien Macri no se ha propuesto ir tan lejos en tal sentido como el expresidente Carlos Menem, el que a veces pareció haberse convencido de que la Argentina ya formaba parte de la elite económica internacional, aspira a desempeñar un papel protagónico en la región, lo que, en vista de los problemas de Brasil, parece razonable. Para acercarse a tal objetivo, los macristas han tenido que romper con el esquema propuesto por los kirchneristas según el que a la Argentina le correspondía buscar su destino colaborando con regímenes que, en nombre del antiimperialismo, se oponían al orden mundial que giraba en torno a Estados Unidos y sus aliados, vinculándose hasta con regímenes teocráticos como el iraní por razones no sólo comerciales sino también por querer colaborar con el extravagante proyecto del extinto comandante venezolano Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro. Si bien el giro emprendido por los macristas se debe más a sus propias convicciones que a lo que está sucediendo en otras latitudes, ha sido llamativamente oportuno. La dictadura cubana ya ha hecho las paces con “el imperio” y el chavismo está en vías de suicidarse de la peor manera concebible al aferrarse a un “modelo” que está hundiéndose con rapidez desconcertante. Mientras que el aventurismo diplomático de Cristina y sus homólogos de países como Venezuela, Bolivia y Ecuador se vio facilitado por una coyuntura económica internacional sumamente favorable a exportadores de materias primas y productos agrícolas, la caída de los precios de commodities como el petróleo lo ha hecho mucho menos atractivo. Hasta nuevo aviso, no habrá más dinero fácil para los interesados en impulsar “revoluciones” populistas. En los países que aún están en manos de los bolivarianos y sus amigos, los gobernantes tendrán que aprender a aprovechar plenamente los recursos humanos disponibles. Por tratarse de una prioridad que les exigirá algo más que la capacidad de organizar manifestaciones multitudinarias y gritar consignas desafiantes, pronto se verán obligados a elegir entre girar hacia “la derecha”, como hace poco hizo el electorado argentino, por un lado, y por el otro mantenerse en sus trece, condenando así al pueblo a un futuro de miseria.


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