Otro yerro en política comunicacional

Quejas porque Kirchner concentra el quién, qué y cómo se anuncia

Por Redacción

BUENOS AIRES (ABA).- El misterioso anuncio de los acuerdos comerciales con China es el mejor ejemplo para entender la comunicación del gobierno de Kirchner: ninguna voz oficial, aún, salió a explicar de qué se trata el intercambio con Oriente aunque los medios reflejen un sinfín de opiniones y especulaciones al respecto. Hasta los mismísimos ministros y secretarios de Estado dicen desconocer por completo el tema, algo que ocurre demasiado a menudo en el gobierno, donde las cuestiones más delicadas sólo son tratadas por el Presidente, su esposa Cristina, y el secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini. Es la estrategia del silencio. El gobierno maneja la agenda mediática sólo a través de trascendidos.

¿Es correcto que el Ejecutivo sea remiso a informar sobre sus actos? ¿Existe una estrategia de comunicación? ¿O sólo improvisa sobre la marcha?

Dentro del mismo gobierno se escuchan voces de quejas por la actitud hacia los medios. La semana pasada, el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, empezó una charla informal con periodistas del interior quejándose por la estrategia comunicacional K: «Es un desastre. Están comunicando mal. A nosotros, por ejemplo, no nos dejan hacer anuncios. El que decide qué se dice y cómo es Kirchner».

En la Casa Rosada dicen que es el propio Presidente el ideólogo de la estrategia comunicacional. Cuando trata el tema, suele reunirse con dos o tres funcionarios de su confianza, como el jefe de Gabinete, Alberto Fernández o el secretario de Medios, Enrique «Pepe» Albistur.

La comunicación K pasó por varias etapas: la primera fue de la sobreexposición del presidente, vital para aumentar su conocimiento y consenso luego de que llegara al poder con el 22 por ciento de los votos. Siempre tratando de llevar la iniciativa política, y tras la irrupción de Juan Carlos Blumberg, luego salieron a los medios los espadachines mediáticos Alberto y Aníbal Fernández, que hablaban de todo y todo el tiempo. Esa etapa culminó con dos yerros públicos: cuando Alberto Fernández criticó a la cumbia villera -y luego cuando se enfrentó a Susana Garnil, madre de un joven secuestrado-, el presidente decidió que lo mejor era llamar a sus funcionarios a silencio. Aníbal Fernández calló su retórica florida cuando quedó al mando del área de Seguridad: «Se acabó. No puedo hablar de cualquier tema porque estoy a cargo de la Seguridad y hay riesgo de vidas de por medio», anunció a sus colaboradores.

Los verborrágicos Fernández suplieron la falta de un vocero presidencial, aunque en los hechos ese cargo esté ocupado por Miguel Núñez, que casi nunca -también en los hechos- cumplió ese papel: son muchos los periodistas que jamás escucharon su voz. Ese actitud remisa hacia la prensa le generó enemigos fuera y dentro del gobierno. Quienes no lo quieren -como el secretario de Medios Albistur-, lo llaman «Figuretti», «porque lo único que hace es aparecer en las fotos al lado del presidente». Entre los voceros de los ministerios también hay enojo hacia Núñez. Lo acusan porque, dicen, no existe una buena coordinación entre ellos. Los voceros del Gobierno sólo se encontraron una vez para presentarse y luego organizaron una cena de camaradería en un restaurante de Recoleta, donde se contaron más chismes sobre periodistas de lo que se habló sobre la comunicación K.

La nueva etapa del silencio oficial entusiasmó a Kirchner, sobre todo cuando leyó una encuesta de Roberto Bacman, que le mostró que la imagen positiva de la gestión gubernamental subió a más del 50 por ciento desde que los Fernández se callaron: «Los Fernández estaban perdiendo todas las batallas. Cada vez que hablaban abrían un nuevo frente de conflicto. Eran grandes peleadores», explica el vocero de un ministerio que pidió reserva de su nombre.

Daniel Bilotta es titular de la cátedra de Planificación Comunicacional de la Universidad de Lomas de Zamora y cree que a la comunicación oficial le falta equilibrio: «Se pasó de la sobreexposición a la no comunicación, que es lo que se está haciendo ahora. Creo que fue acertado callar a los Fernández porque siempre estaban al límite del exceso. Pero ahora no comunican y eso tampoco es bueno».

En la oficina de Enrique Albistur, por supuesto, creen que están haciendo la cosas muy bien: «Se ordenó la comunicación. Hay dos o tres funcionarios autorizados para hablar, y el vocero sólo se ocupa de atender a los periodistas y coordinarlos en los viajes presidenciales. Queremos que se muestre gestión y que los indicadores económicos nos están ayudando».

Kirchner y su esposa Cristina suelen iniciar el día con una lectura minuciosa de los diarios. El presidente está muy pendiente de lo que reflejan los medios sobre su Gobierno. Se enoja si se publican informaciones delicadas que el prefería mantener en secreto, por caso. Y por eso delegó en Alberto Fernández el trato con la prensa. Según se desprende de su registro de audiencias, que se puede visitar en www.jgm.gov.ar, el jefe de Gabinete pasa buena parte de su tiempo dialogando con periodistas. «Yo tengo acceso a la información», suele decir.

La obsesión del gobierno con los medios levantó polémica. Los críticos lo acusan de presionar a los periodistas y utilizar la jugosa pauta de publicidad oficial para acallar la voces que se animan a investigar el poder K. Según un informe de la organización Poder Ciudadano, el gasto del Estado en publicidad oficial aumentó en 24 millones de pesos con respecto al año anterior: entre enero y agosto Presidencia de la Nación gastó 91,7 millones de pesos en avisos en los medios.

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