Paja en el ojo ajeno
Era de prever que, al hacerse más reñida la campaña electoral, militantes del Frente para la Victoria se esforzarían por hacer pensar que Mauricio Macri, el candidato presidencial opositor que según las encuestas podría derrotar a Daniel Scioli en una eventual segunda vuelta, es tan corrupto como el que más. No les resultó difícil encontrar un pretexto. Puede que no hubiera nada ilegal en la contratación de “servicios o productos” de la empresa La Usina del periodista deportivo Fernando Niembro, un amigo personal del jefe de Gobierno porteño, por un monto de 21 millones de pesos en el transcurso de los últimos años, pero no cabe duda de que el asunto huele mal, lo que enfrenta al Pro con un problema espinoso. Aunque los líderes de la agrupación siguen defendiendo a Niembro, el primer candidato a diputado nacional bonaerense de Cambiemos, de los virulentos ataques no sólo de legisladores kirchneristas sino también de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la que, en otro acto proselitista, se burló del “choripán de oro” que supuestamente recibió, se han manifestado reacios a pedirle que dé un paso al costado hasta que la Justicia haya fallado sobre el caso. Deberían hacerlo. Mal que les pese a los líderes de Pro, no pueden darse el lujo de limitarse a atribuir las acusaciones en contra de Niembro a una campaña de difamación política del tipo al que el país se ha acostumbrado. Para defenderlo, distintos voceros macristas han señalado que los legisladores kirchneristas que se afirman preocupados por la posibilidad de que el gobierno de Capital Federal haya cometido irregularidades costosas carecen por completo de autoridad moral. Tienen razón. Las infracciones imputadas a Niembro y, desde luego, a Macri y la candidata a la gobernación bonaerense María Eugenia Vidal son menores en comparación con las atribuidas al doblemente procesado vicepresidente Amado Boudou, a otros funcionarios kirchneristas y, huelga decirlo, a la mismísima presidenta de la Nación y sus familiares. Con todo, hay una diferencia. Por razones que podrían calificarse de históricas o culturales, los jefes kirchneristas no se ven constreñidos a justificar su conducta aun cuando, conforme a las pautas que rigen en países relativamente libres de corrupción, sea escandalosa. Por cierto, el que a esta altura la mayoría entienda muy bien que el negocio hotelero de Cristina la ha ayudado a enriquecerse y que algunos la hayan acusado de aprovecharlo para lavar dinero no parece haber hecho mella en su popularidad. Tampoco parecen haber perjudicado a Scioli las muchas dudas planteadas por su demorada declaración jurada. Y, para más señas, los kirchneristas son partidarios decididos del “capitalismo de los amigos” y de la costumbre de subsidiar, con el dinero aportado por los contribuyentes, a aquellos medios periodísticos que les son afines, motivo por el que, en buena lógica, no podrían desaprobar la supuesta voluntad de Macri de privilegiar con contratos a la empresa de un amigo. En política, se supone que les corresponde a los protagonistas ser fieles a sí mismos. Lo que puede considerarse aceptable entre los peronistas de vieja cuña no lo es cuando se trata de radicales o de liberales pragmáticos como Macri y sus simpatizantes que, les guste o no, tienen que acatar reglas menos flexibles. Así pues, una denuncia que, formulada contra Scioli, Aníbal Fernández u otro oficialista no les costaría un solo voto, sí podría provocar estragos en las filas de Cambiemos. Aunque en términos electorales tales diferencias han beneficiado a quienes se escudan detrás de la consigna engañosa “roban pero hacen”, es posible que en esta oportunidad no les resulten tan provechosas, ya que, como suele suceder al agravarse los problemas económicos, son cada vez más los persuadidos de que al país le convendría que el gobierno venidero emprendiera una ofensiva auténtica contra los corruptos. De triunfar Macri en las elecciones que se aproximan, vendría acompañado por muchas personas que se han afirmado resueltas a impulsar una especie de operativo “manos limpias” en el país pero, antes de iniciarlo, tendrían que asegurar que sus propias manos, es decir, las de los integrantes más visibles de la coalición que han formado, parezcan impolutas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Sábado 12 de septiembre de 2015
Era de prever que, al hacerse más reñida la campaña electoral, militantes del Frente para la Victoria se esforzarían por hacer pensar que Mauricio Macri, el candidato presidencial opositor que según las encuestas podría derrotar a Daniel Scioli en una eventual segunda vuelta, es tan corrupto como el que más. No les resultó difícil encontrar un pretexto. Puede que no hubiera nada ilegal en la contratación de “servicios o productos” de la empresa La Usina del periodista deportivo Fernando Niembro, un amigo personal del jefe de Gobierno porteño, por un monto de 21 millones de pesos en el transcurso de los últimos años, pero no cabe duda de que el asunto huele mal, lo que enfrenta al Pro con un problema espinoso. Aunque los líderes de la agrupación siguen defendiendo a Niembro, el primer candidato a diputado nacional bonaerense de Cambiemos, de los virulentos ataques no sólo de legisladores kirchneristas sino también de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la que, en otro acto proselitista, se burló del “choripán de oro” que supuestamente recibió, se han manifestado reacios a pedirle que dé un paso al costado hasta que la Justicia haya fallado sobre el caso. Deberían hacerlo. Mal que les pese a los líderes de Pro, no pueden darse el lujo de limitarse a atribuir las acusaciones en contra de Niembro a una campaña de difamación política del tipo al que el país se ha acostumbrado. Para defenderlo, distintos voceros macristas han señalado que los legisladores kirchneristas que se afirman preocupados por la posibilidad de que el gobierno de Capital Federal haya cometido irregularidades costosas carecen por completo de autoridad moral. Tienen razón. Las infracciones imputadas a Niembro y, desde luego, a Macri y la candidata a la gobernación bonaerense María Eugenia Vidal son menores en comparación con las atribuidas al doblemente procesado vicepresidente Amado Boudou, a otros funcionarios kirchneristas y, huelga decirlo, a la mismísima presidenta de la Nación y sus familiares. Con todo, hay una diferencia. Por razones que podrían calificarse de históricas o culturales, los jefes kirchneristas no se ven constreñidos a justificar su conducta aun cuando, conforme a las pautas que rigen en países relativamente libres de corrupción, sea escandalosa. Por cierto, el que a esta altura la mayoría entienda muy bien que el negocio hotelero de Cristina la ha ayudado a enriquecerse y que algunos la hayan acusado de aprovecharlo para lavar dinero no parece haber hecho mella en su popularidad. Tampoco parecen haber perjudicado a Scioli las muchas dudas planteadas por su demorada declaración jurada. Y, para más señas, los kirchneristas son partidarios decididos del “capitalismo de los amigos” y de la costumbre de subsidiar, con el dinero aportado por los contribuyentes, a aquellos medios periodísticos que les son afines, motivo por el que, en buena lógica, no podrían desaprobar la supuesta voluntad de Macri de privilegiar con contratos a la empresa de un amigo. En política, se supone que les corresponde a los protagonistas ser fieles a sí mismos. Lo que puede considerarse aceptable entre los peronistas de vieja cuña no lo es cuando se trata de radicales o de liberales pragmáticos como Macri y sus simpatizantes que, les guste o no, tienen que acatar reglas menos flexibles. Así pues, una denuncia que, formulada contra Scioli, Aníbal Fernández u otro oficialista no les costaría un solo voto, sí podría provocar estragos en las filas de Cambiemos. Aunque en términos electorales tales diferencias han beneficiado a quienes se escudan detrás de la consigna engañosa “roban pero hacen”, es posible que en esta oportunidad no les resulten tan provechosas, ya que, como suele suceder al agravarse los problemas económicos, son cada vez más los persuadidos de que al país le convendría que el gobierno venidero emprendiera una ofensiva auténtica contra los corruptos. De triunfar Macri en las elecciones que se aproximan, vendría acompañado por muchas personas que se han afirmado resueltas a impulsar una especie de operativo “manos limpias” en el país pero, antes de iniciarlo, tendrían que asegurar que sus propias manos, es decir, las de los integrantes más visibles de la coalición que han formado, parezcan impolutas.
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