Palabras huecas
En una nota publicada por este diario el pasado 15 (página 13), la lingüista Angela Di Tullio se refiere, entre otras ricas reflexiones, a las limitaciones de ciertos grupos que sólo pueden expresarse en hechos y no en palabras, al punto de afectar la vida democrática. Vale aventurar otra mirada sobre esa idea, pero en el contexto de la política.
En línea con lo planteado por la lingüista, podría decirse que los piqueteros y otros grupos que de manera sistemática recurren a la protesta activa, ponen en acto lo que no pueden, no saben o no quieren decir con palabras.
Pero la lengua y el acto del habla como expresiones humanas están atravesados por múltiples relaciones. Entre otras, por relaciones de poder que se imponen tanto por contenido como por forma; incluso por las posibilidades de acceso a escuchar y a ser escuchado, a conocer y a transmitir conocimiento.
Hasta bien entrada la galaxia Gutenberg, el acceso al libro, al saber y a la riqueza expresiva ilustrada, estaba limitado a los «señores» no sólo por una cuestión de difusión tecnológica. El copismo medieval estaba reservado a la reclusión de los monasterios, con una Iglesia de inmenso poder por entonces y capaz de atribuirse la exclusiva interpretación de la lengua de Dios y el secreto de sus interdictores.
En fin. Desde casi siempre, el poder en concepto y ejercicio se valida también en el uso de la lengua y sus relaciones sociales y políticas, acaso porque unos tienen opciones de las que otros carecen. Esa es una de las caras del poder.
No es intención de esta columna justificar en modo alguno a quienes eligen el camino de la protesta dislocante sin explorar alternativas. Por otra parte, los piqueteros más radicalizados parecen haber mutado ya en organizaciones de fines políticos y personalistas, que utilizan la reivindicación social como excusa.
Pero vale la pena sondear ciertas otras motivaciones posibles de aquellos que ponen en «acto» una supuesta incapacidad expresiva. Se trata de situaciones en las que la palabra se gasta a tal punto, que empuja a actuar incluso desde el error y la desconsideración hacia los demás.
En San Martín de los Andes se han sucedido ejemplos en los últimos años. Como ocurrió con las comunidades mapuches, que tras insistir en reiteradas ocasiones sobre el peligro de los detritos que corrían desde los baños de Chapelco a los arroyos de la montaña, terminaron por cortar la ruta 19 para no beber caca. Después y sólo después llegó la planta de tratamiento.
Algo similar habrán experimentado los vecinos de ruta 234, cuando cortaron el camino exigiendo soluciones al paso raudo de vehículos frente a la escuela 86. Tras una muerte y varias protestas, llegaron los reductores de velocidad.
Lo propio habrá ocurrido con los profesores de educación física y sus alumnos, que terminaron haciendo una marcha para reclamar por una mejor infraestructura, después de fatigar pasillos y oficinas. Aún esperan, como hoy lo hacen padres en otras escuelas, colegios y jardines por más espacios y bancos.
En oportunidades, políticos de toda laya se sirven de las necesidades de la gente para azuzarla, si les conviene, o para prometer logros que luego se dilatan hasta la exasperación, para desgastar el ánimo y la lucha.
¿Se justifican, con estos ejemplos, las reacciones que trastornan a terceros? No. Claro que no en un estado de derecho. Pero sí, acaso, tales actitudes ponen en evidencia otros modos de vaciar de contenido a las palabras; no a las que se desdeñan en acto de abajo hacia arriba, sino a las que se dicen sin compromiso o con mendacidad de arriba hacia abajo, galvanizadas en el poder.
Esas huecas palabras también afectan a la democracia…
Fernando Bravo
rionegro(@)smandes.com.a
En una nota publicada por este diario el pasado 15 (página 13), la lingüista Angela Di Tullio se refiere, entre otras ricas reflexiones, a las limitaciones de ciertos grupos que sólo pueden expresarse en hechos y no en palabras, al punto de afectar la vida democrática. Vale aventurar otra mirada sobre esa idea, pero en el contexto de la política.
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