“Paul”, la comedia que se toma en broma a “E.T.”

Una mirada irónica del pasaje a la adultez.

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar

“Paul”, el maleducado pero al fin de cuentas tierno extraterrestre creado por los comediantes ingleses Simon Pegg y Nick Frost, jamás hubiera sido posible de no ser por Steven Spielberg y su ya célebre “E.T.”.

“E.T.” constituye la piedra angular de la posterior producción aliens desatada en Hollywood a partir de los 80. El rostro de tortuga con resaca, el ideario de extraterrestre positivo y pletórico de poderes, consecuencia de una exitosa evolución, ha trascendido las fronteras del tiempo con notable buena salud.

En muchos sentidos, y en muchos planos, los E.T. que desde una perspectiva popular, no científica, adivinamos haciendo lo suyo en el infinito y más allá, son réplicas inspiradas en el E.T. del viejo Steven.

Sin embargo, hasta hoy nadie se había tomado el trabajo de repensar la figura de este pequeño amigo extraplanetario, si bien, parido en los estudios de Hollywood. En parte porque una suerte de aura sacro santa, cuasi papal, ha rodeado al personaje de Spielberg.

Originalmente el director de “Tiburón” y tantísimos éxitos, había bosquejado el guión de su filme ¿más famoso? (bueno, quizás sí) a partir de su propia experiencia como niño de los suburbios, quien no tuvo más remedio que soportar la separación de sus padres y la soledad inventándose un amigo imaginario. E.T. o la construcción adulta de aquel ser escrito entre los pliegues de su imaginación, fue la expiación de Spielberg ante un pasado doloroso.

Pero basta de solemnidades. Para salirnos del camino del eterno retorno cinematográfico “spielberiano” ha llegado “Paul”, un extraterrestre que sin pasar por malo como “Aliens” o algunos de los turistas de “Hombres de Negro”, por poner ejemplos a mano, definitivamente podría ingresar al “Club de los Extraterrestres Malditos”, si tal cosa existe. “Paul” es el lado B de “E.T.”, su primo incorrecto, su hermano no reconocido, el negativo de una fotografía a todo color que comenzó a tomar Spielberg en la década del 80.

Pegg y Nick se subieron sobre los hombros del gran Dios del cine e hicieron una película bizarra que a partir de ahora y para siempre servirá como referente al subgénero: ¿cuál?, ¿el de los extraterrestres “buenoides”?, ¿el de los E.T. con cuerpo ridículo?, ¿el de los E.T. captados por una cámara con súper angular? Algo así.

Si E.T. es un fresco deforme pero dulce de la infancia de Spielberg, “Paul” es la composición beoda de lo que sintieron dos jóvenes al verse expuestos al “E.T.” original y a otras tantísimas materias fílmicas generacionales por el estilo. Si “E.T.” es un logro, “Paul” una consecuencia. Si “E.T.” es el fruto, “Paul” el humo dulzón que cubre el ambiente enrarecido de una pieza posadolescente.

Paul es un extraterrestre que cayó accidentalmente a la Tierra y que desde entonces no ha dejado de soportar y asesorar a los seres humanos, o mejor dicho, a los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, mientras espera la oportunidad para volver a su lugar de origen. Un día, luego de varias décadas escribiendo guiones que alimentarían los rumbos de nuestra civilización (porque a su modo él es la verdadera fuente de conocimientos de la que provienen los adelantos tecnológicos más sorprendentes), Paul descubre que sus captores ya estaban listos para pasar a la siguiente fase: explorar su cerebro. Claro que para esto Paul debía ser diseccionado. A Paul la idea se le ocurrió un poco violenta y en cuanto le fue posible salió disparado de los laboratorios donde lo tenían prisionero.

Aquí es cuando, en medio de una persecución automovilística, Paul se cruza con Graeme Willy y Gollings Clive (interpretador por Simon Pegg y Nick Frost), dos típicos ingleses fanáticos de las historias marcianas. Como es de suponer, a partir de este encuentro la vida de ambos fanáticos, que se dirigían en una casa rodante a la Convención Internacional de Cómics de San Diego, se transforma por completo.

El contrapunto entre los dos ingleses bastante provincianos, inocentes y educados y el desvergonzado Paul, es un verdadero acierto literario.

“Paul” viene a replantear todo aquello que hasta ahora suponíamos acerca de los extraterrestres venidos de Hollywood: floreció entre las costuras del mainstream para transgredir y hasta ensuciar aquella memoria impoluta que comenzó con “Encuentros cercanos del tercer tipo” y siguió con “E.T.”. Paul es mal hablado, indecoroso, aunque ocurrente, profundo, comprometido y dentro de los límites de su fealdad, tan tierno como una abuelita borracha.

Sus máximas no le esquivan tampoco el bulto a la relación hombre-Dios, poniendo sobre la mesa un tema delicado para la industria: la religión y sus implicancias morales. “La tierra es producto de una mente superior”, le dicen a Paul y el retruca “¡Eso es pura mierda!”.

Hace poco Spielberg volvió a retomar el tema extraterrestre, esta vez como productor de “Super 8”, el filme dirigido por J. J. Abrahms, quien a su vez había estado al frente de “Cloverfield”, una historia donde, cámara en mano, se narra la invasión a Nueva York a manos (y patas) de un enorme bicho de otro planeta.

Aunque “Super 8” describe el accionar de un extraterrestre agresivo y poco comprendido que, también como “Paul”, se encontraba atrapado en los laboratorios de los servicios americanos, el auténtico nudo del filme está conformado por la relación de un grupo de chicos con la fantasía (proyectada en la forma de una película amateur en “Super 8” acerca de una invasión zombie); y de cómo los más caros sueños infantiles se dirigen hacia su extinción en una adultez gris. Podría pensarse en que el E.T. representa casi siempre la imaginación corporizada de los pibes, y los agentes del gobierno, a los adultos que quieren reprimir el disparate y el acto lúdico.

Una vez más Spielberg nos demuestra que los niños poseen una sabiduría secreta a la que deberíamos estar más atentos. Puesto que es un adulto pero con la perversión del alma del niño que una vez fue.

La incorrección de “Paul” impone una mirada aguda que excede los límites de la comedia, si se entiende su argumento como la expresión de los deseos ocultos de una generación de señores mayores, que se niega a crecer puesto que el universo de sus padres no sólo no tiene un futuro prometedor sino que además es aburrido.

“Paul” es el lado B de “E.T.”, su primo incorrecto, su hermano no reconocido.


Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora