Pericles, Shakespeare y el periodismo militante

Redacción

Por Redacción

editorial

Resulta inevitable: los cambios de ciclo siempre desnudan miserias. Y la Argentina no es precisamente una excepción. De allí la necesidad, aquí y en el mundo, de que los ciclos –sobre todo los políticos– se renueven de manera permanente. Imprescindible.

Suena pretencioso, pero habría que ir hasta Pericles, al siglo V antes de Cristo, para comprobar que la civilización occidental nunca encontró más salidas al final del túnel que la de las polis griegas. Y así, fueron desfilando a lo largo de la historia emperadores incendiarios, inquisidores brutales, papas guerreros, señores feudales, tiranos, dictadores, nazis y fascistas. Pero desde siempre, los grandes pensadores de la historia galoparon en paralelo detrás de una misma idea: la idea de república. Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Weber, Alberdi, por nuestras tierras, lo gritaron desde la antigüedad hasta nuestros días. “Tenemos un régimen político que no envidia las leyes de otros pueblos y más que imitadores de los demás somos un modelo a seguir. Su nombre es democracia, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de una mayoría”. Lo dijo Pericles, en su “Discurso fúnebre”, hace 25 siglos.

Cuestionado e imperfecto, el sistema democrático es el único sostén que tenemos para ser libres. Y es esa voz de las mayorías la que les permite a las repúblicas oxigenarse. Cortar y volver a dar. Los cambios de ciclo que nos da la democracia nos permiten desnudar una realidad para vestir a otra. Mejor o peor vestida. Pero distinta.

El voto de las mayorías y el respeto por el sistema democrático en los últimos treinta años de la Argentina, más allá de ciertos amagues de autoritarismo que, aun así, nunca vulneraron las libertades políticas, son los que nos permiten hoy transitar otros caminos.

Tal vez, la dura lección aprendida a los golpes en la última dictadura haya dejado su huella y eso nos permita hoy alejarnos del camino transitado por otros países latinoamericanos. Venezuela, por ejemplo, que es hoy un reflejo distorsionado de una república en la que, afortunadamente, más allá de las afinidades ideológicas del anterior gobierno con el régimen chavista, la Argentina nunca terminó mirándose.

Está claro que queda mucho por hacer, pero ya se hizo bastante. Los escándalos de corrupción que involucran al anterior gobierno y que consternan por su nivel de impunidad e impudicia sólo pudieron conocerse, paradójicamente, porque el anterior gobierno respetó las reglas de juego de la democracia y no tuvo más alternativa que aceptar el cambio de ciclo.

Cuestionada e imperfecta como el sistema mismo, la dirigencia política ha tenido que amoldarse a una realidad que, con el correr de los años, puso en caja todas sus tentaciones.

Cuestionada e imperfecta también como el sistema y la dirigencia política, la Justicia argentina está quedando ahora en un nivel de exposición que incomoda y hasta violenta a los propios habitantes de los tribunales. El cambio de ciclo corre tras ellos con una severidad tan rápida como inapelable, esa palabra tan cara a la cotidianeidad de magistrados y fiscales. En el camino quedaron víctimas brutales: los muertos de la AMIA, Alberto Nisman. Y también se reproducen víctimas cotidianas: cuatro millones de pobres, indigentes, marginados.

Y en medio de este cambio de ciclo, no debe resultar extraño que surjan hasta justificaciones obscenas, como la de un periodista militante del kirchnerismo que en una columna de opinión justificó la corrupción que –escribió Hernán Brienza en “Tiempo Argentino”– “democratiza de forma espeluznante a la política”. “Sin la corrupción –agregó– pueden llegar a las funciones públicas aquellos que cuentan de antemano con recursos para hacer sus campañas”. Honestidad brutal, se le podría decir, para alivianar un poco tanta aberración intelectual.

Un viejo prólogo del “Ricardo III” de William Shakespeare decía, alguna vez, que el rey Ricardo III no había sido la causa de la enfermedad de Inglaterra sino apenas un síntoma.

Todas las sociedades, como grupo colectivo, pueden enfermar y perder el rumbo. Pero siempre terminan encontrando el antídoto. Es la historia de la democracia occidental, en definitiva. Desde Pericles.


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