¿Por qué nos parecemos tanto en mi famlia?

Las manifestaciones de la corporalidad son estudiadas, una vez más y de modo formidable, por Daniel Calmels, en “Infancias del cuerpo”.

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El cuerpo humano se construye a través de los sentidos y de manifestaciones como la risa, el llanto, el abrazo, la postura, los juegos, en un complejo desarrollo, según explica el libro “Infancias del cuerpo”, a cargo del especialista Daniel Calmels.

Escritor y psicomotricista, Calmels señala en este libro editado por Puerto Creativo que el cuerpo se construye en diálogo con el otro y especifica que “a diferencia del organismo, es una construcción desarrollada a partir del nacimiento, de la relación con las personas que participan de la crianza”.

En tal sentido, acota: “Se puede visualizar y analizar el cuerpo a partir del estudio de las manifestaciones corporales: la mirada, la escucha, el contacto, la gestualidad expresiva, el rostro y sus semblantes, la voz, las praxias, la actitud postural”. Autor ambién de los libros “Juegos de crianza” y “Del sostén a la trasgresión”- Calmels señala que es frecuente hallar parecidos entre un niño y sus padres adoptivos: “Se basa en la actitud corporal, la voz nacida de la prosodia familiar, el rostro y sus manifestaciones mímicas, en la forma de mirar, en los gestos…”.

El cuerpo es producto de la cultura: “El cuerpo es una insignia, me diferencia de otros cuerpos al tiempo que me identifica con algunos: los cuerpos de la familia y la colectividad con las que comparte modos de manifestarse”.

El juego corporal tiene un rol fundamental, reflexiona el autor, ya que implica tomar y poner el cuerpo como objeto y motor del jugar: “Se aprende a jugar con la participación activa de los adultos. Las madres se ocupan de acariciar, nombrar, mover, chupar, morder, señalar, recorrer, imitar, utilizar las manos en la búsqueda de un encuentro cognitivo, emocional e instrumental”.

¿Qué cosas enriquecen o empobrecen este proceso? “En las grandes ciudades la construcción de la corporeidad, tiende a empobrecerse en el uso limitado de las manos, la construcción de una voz propia o en la capacidad de mirar y ser mirado sin mediaciones tecnológicas, que abusan de la visión sin mirada”, apunta.

Y también alude al “exceso de tensiones que ubican el cuerpo en la potencia agresiva generada por los juegos electrónicos de persecución y confrontación; el empobrecimiento de la capacidad de degustar sabores, texturas, domesticado por la comida chatarra”.

“En la última década lo visual es soberano -afirma-, a tal punto que el término `imagen` se dice en referencia exclusiva de lo visual, aunque hay imágenes acústicas, táctiles, olfativas. La `cultura de la imagen` es la cultura de la visión y su primacía excesiva empobrece lo audible”.

Según Calmels “este predominio no significa desarrollo de la mirada, ver no es mirar. La mirada tiene una carga de subjetividad y se encuentra entre la visión y la ceguera. Se aprende a mirar siendo mirado. Hoy el niño ha perdido miradas, se lo ve para controlar sus acciones, no se lo mira con una carga emocional y afectiva”.

Otros empobrecimientos del cuerpo del niño son: la boca, reducida a un puñado de sabores o el contacto manual anestesiado con el abuso de aparatos electrónicos, con un teclear en forma rápida y repetitiva, que anula el uso de la palma: “La mano del niño en futuro será con una palma reducida y dedos largos”.

Para Calmels, la ausencia del adulto en la corporización del niño puede acarrear una anemia corporal: “Sí, un debilitamiento en la expresividad gestual, la mímica facial, la postura, la capacidad de mirar, escuchar, contactar, producir una voz propia”.

El autor alude al rostro como algo que se construye: “Nacemos con una cara y sobre ella construimos un rostro. Las intervenciones quirúrgicas, o cirugías estéticas, lo afectan y tras la operación, la persona tiene que reconstruirlo sobre los cambios acaecidos en su anatomía”.

“Observar la cara de un niño con síndrome de Down evidencia una facie particular, común a otros niños, lo que permite reconocerlo. Pero si su cara es similar, su rostro puede mostrar su identidad, rasgos particulares, en común con los de su familia, en ella encontró su génesis”.

Las posturas -agrega el escritor- participan también de códigos culturales y fueron tomadas como un ordenador disciplinario: “Hoy no está tan legislada la postura, aunque en el pasado fue motivo de preocupación y adoctrinamiento. El niño en la escuela saludando a la autoridad, en una postura `correcta`, con las manos junto a su cuerpo y con un borramiento de sus gestos expresivos”.

En ocasiones, “la normatización del cuerpo y el movimiento en aras de la salud, esconde deseos de dominación. Una cultura `ortopédica` persiste en instalarse en los ámbitos educativos y hasta terapéuticos”, asegura el experto.

Refiriéndose a la risa del niño, ésta difiere de la risa adulta porque nace del vientre y se propaga hasta la boca: “Es una risa que estremece la vida orgánica. La del adulto se concentra en la boca y se propaga hacia los ojos. Para gozar de la risa es necesaria la sonrisa, que nos acerca a la pasión de la risa”.

Si el niño pequeño recibiera sólo risas y careciera del camino que abre la sonrisa -explica-, se asustaría, perdería referencias, sería espectador pasivo de una escena extraña e incomprensible. Sonreír abre las puertas”.

Telam


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