Prioridades novedosas
El éxito político de Pro, el partido fundado por Mauricio Macri que en poco tiempo logró alcanzar el poder en la Capital Federal para entonces, en las elecciones del año pasado, agregar la Provincia de Buenos Aires y el Poder Ejecutivo Nacional a su lista de “conquistas”, puede atribuirse a la capacidad notable de sus miembros para brindar la impresión de tener poco en común con sus equivalentes del peronismo o el radicalismo. Antes de las elecciones no sólo sus adversarios populistas o progresistas sino también algunos que apoyaban su candidatura decidieron que Macri no entendía “los códigos de la política” locales y que por lo tanto sería derrotado por el cada vez más kirchnerista Daniel Scioli. No acertaron, pero los convencidos de que, cuando de la política se trata, Macri es un aficionado no han cambiado de opinión. Señalan que una cosa es ganar una elección y otra muy diferente gobernar. Para poder hacerlo, dicen, el presidente y sus adláteres tendrán que aprender cómo funciona la política en la Argentina. En principio, quienes hablan así tienen razón. El Pro, que para molestia de muchos radicales domina la coalición Cambiemos, sigue siendo un partido minoritario que necesitará conseguir el apoyo de otros, incluyendo algunas fracciones peronistas, para alcanzar una mayoría parlamentaria, lo que a su juicio lo obligará a manifestar más respeto por “los códigos” vigentes. Para los integrantes de lo que Macri llamó “el círculo rojo”, el establishment conformado por influyentes de diversos sectores políticos, empresariales y, es de suponer, académicos, resulta evidente que es necesario que se adapte a la cultura largamente imperante, pero parecería que muchos que no pertenecen a dicha elite discrepan, razón por la que, a pesar de los muchos errores que según sus críticos ha cometido en las semanas iniciales de su gestión, una mayoría se siente gratamente impresionada por su forma supuestamente ingenua de gobernar, fabricando decretazos, declarando emergencias y procurando intervenir en los “asuntos internos” del peronismo. Aunque es probable que el índice de aprobación caiga pronto a causa de las dificultades económicas que se avecinan, hasta ahora la heterodoxia política de Macri no lo ha perjudicado. Parecería que la “gente común” sabe algo que los demás, los politizados, preferirían ignorar: la cultura política tradicional ha fracasado de manera calamitosa y para que por fin el país levantara cabeza sería preciso cambiarla. Si bien la versión insinuada por Macri tendrá sus deficiencias, el que se haya mostrado dispuesto a violar las reglas tácitas –los famosos “códigos”– puede considerarse un punto a su favor. Al combinar un estilo comunicacional amable con la voluntad de actuar con contundencia cuando las circunstancias parecen exigirlo ha logrado convencer a muchos de que le será dado superar las barreras que a través de los años se han erigido en el camino del desarrollo tanto económico como social. Ayuda el que Pro sea un partido cuyos miembros no suelen manifestar mucho interés en los temas ideológicos que obsesionan a tantos politizados o en la mitología populista, sino que se afirman resueltos a dar prioridad a asuntos concretos; sus referentes tienen la costumbre desconcertante de aludir más a la falta de cloacas en el conurbano bonaerense que a la presunta necesidad de luchar contra el imperialismo o el neoliberalismo. Sucede que el grueso de la población está harto de escuchar discursos que sólo sirven para justificar el fracaso. Quiere que por fin los gobernantes pongan manos a la obra para producir mejoras que poco a poco significarían un cambio muy grande en la calidad de vida de quienes dependen por completo del desempeño del país en su conjunto. ¿Lograrán los macristas mantenerse a la altura de las expectativas que ellos mismos han contribuido tanto a crear? Mucho dependerá de los actitud de los demás políticos. De difundirse en sus filas la idea de que sería de su propio interés asumir posturas más pragmáticas y tomar en serio la idea de que “la mejor campaña es una buena gestión”, muchos llegarán a la conclusión de que les convendría más colaborar con los esfuerzos del gobierno por recuperar el tiempo perdido de lo que sería oponérsele en nombre de abstracciones.
El éxito político de Pro, el partido fundado por Mauricio Macri que en poco tiempo logró alcanzar el poder en la Capital Federal para entonces, en las elecciones del año pasado, agregar la Provincia de Buenos Aires y el Poder Ejecutivo Nacional a su lista de “conquistas”, puede atribuirse a la capacidad notable de sus miembros para brindar la impresión de tener poco en común con sus equivalentes del peronismo o el radicalismo. Antes de las elecciones no sólo sus adversarios populistas o progresistas sino también algunos que apoyaban su candidatura decidieron que Macri no entendía “los códigos de la política” locales y que por lo tanto sería derrotado por el cada vez más kirchnerista Daniel Scioli. No acertaron, pero los convencidos de que, cuando de la política se trata, Macri es un aficionado no han cambiado de opinión. Señalan que una cosa es ganar una elección y otra muy diferente gobernar. Para poder hacerlo, dicen, el presidente y sus adláteres tendrán que aprender cómo funciona la política en la Argentina. En principio, quienes hablan así tienen razón. El Pro, que para molestia de muchos radicales domina la coalición Cambiemos, sigue siendo un partido minoritario que necesitará conseguir el apoyo de otros, incluyendo algunas fracciones peronistas, para alcanzar una mayoría parlamentaria, lo que a su juicio lo obligará a manifestar más respeto por “los códigos” vigentes. Para los integrantes de lo que Macri llamó “el círculo rojo”, el establishment conformado por influyentes de diversos sectores políticos, empresariales y, es de suponer, académicos, resulta evidente que es necesario que se adapte a la cultura largamente imperante, pero parecería que muchos que no pertenecen a dicha elite discrepan, razón por la que, a pesar de los muchos errores que según sus críticos ha cometido en las semanas iniciales de su gestión, una mayoría se siente gratamente impresionada por su forma supuestamente ingenua de gobernar, fabricando decretazos, declarando emergencias y procurando intervenir en los “asuntos internos” del peronismo. Aunque es probable que el índice de aprobación caiga pronto a causa de las dificultades económicas que se avecinan, hasta ahora la heterodoxia política de Macri no lo ha perjudicado. Parecería que la “gente común” sabe algo que los demás, los politizados, preferirían ignorar: la cultura política tradicional ha fracasado de manera calamitosa y para que por fin el país levantara cabeza sería preciso cambiarla. Si bien la versión insinuada por Macri tendrá sus deficiencias, el que se haya mostrado dispuesto a violar las reglas tácitas –los famosos “códigos”– puede considerarse un punto a su favor. Al combinar un estilo comunicacional amable con la voluntad de actuar con contundencia cuando las circunstancias parecen exigirlo ha logrado convencer a muchos de que le será dado superar las barreras que a través de los años se han erigido en el camino del desarrollo tanto económico como social. Ayuda el que Pro sea un partido cuyos miembros no suelen manifestar mucho interés en los temas ideológicos que obsesionan a tantos politizados o en la mitología populista, sino que se afirman resueltos a dar prioridad a asuntos concretos; sus referentes tienen la costumbre desconcertante de aludir más a la falta de cloacas en el conurbano bonaerense que a la presunta necesidad de luchar contra el imperialismo o el neoliberalismo. Sucede que el grueso de la población está harto de escuchar discursos que sólo sirven para justificar el fracaso. Quiere que por fin los gobernantes pongan manos a la obra para producir mejoras que poco a poco significarían un cambio muy grande en la calidad de vida de quienes dependen por completo del desempeño del país en su conjunto. ¿Lograrán los macristas mantenerse a la altura de las expectativas que ellos mismos han contribuido tanto a crear? Mucho dependerá de los actitud de los demás políticos. De difundirse en sus filas la idea de que sería de su propio interés asumir posturas más pragmáticas y tomar en serio la idea de que “la mejor campaña es una buena gestión”, muchos llegarán a la conclusión de que les convendría más colaborar con los esfuerzos del gobierno por recuperar el tiempo perdido de lo que sería oponérsele en nombre de abstracciones.
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