¿Qué hacer con la leche de Vaca Muerta?

Por Redacción

RICARDO VILLAR (*)

Lo que escribiré a continuación no es una claudicación ni un cambio de posición. Sigo creyendo y fundamentando que los convenios petroleros que se están logrando servirán para atender una coyuntura crítica y para que algunos hagan grandes negocios pero serán gravosos para las generaciones futuras, tanto en lo social como en lo económico, político-institucional y ambiental. Pero esa postura no me exime de responsabilidades en cuanto a la discusión y control del destino que se le dará a la renta que dejarán las nuevas explotaciones. Según las autoridades provinciales, la actividad de Chevron y de las empresas mexicanas, chinas, rusas, alemanas, etcétera, así como de la autóctona G&P, nos traerá el combo de la felicidad a todos los neuquinos. Sólo está faltando que nos digan que en algún momento cercano seremos convocados para recibir un vale o pase hacia el bienestar pleno sin mayores esfuerzos, sólo por ser neuquinos. Yendo a lo concreto, es cierto que si se incrementa la extracción de hidrocarburos, convencionales o no, habrá mayores ingresos en concepto de las mal llamadas regalías. Es éste un punto central sobre el que hay que desarrollar otra discusión responsable: ¿qué hacer con esos excedentes? Si el gobierno continúa con las manos libres hará lo de siempre: aumentar el gasto público improductivo y alguna obra importante por volumen de inversión pero de relativa incidencia en la sociedad . El resto se irá en paliar déficits acumulados, seguir atendiendo mecanismos propios de la clientela electoral y cosas por el estilo. Ya pasó y hay muchos elementos que indican que puede volver a ocurrir. La gestión de Jorge Sapag –con dos años por delante– recibirá sólo algunos adelantos de la era de bonanza que le servirán para “tapar agujeros”, otorgar aumentos salariales (los gremios están agazapados controlando la cuenta regalías), dar oxígeno a la obra social y al sistema previsional del Estado, desfinanciados por el mismo manejo oficial; pagarles a proveedores que están con el agua en la pera y no mucho más. Y si la plata fresca no entra como se pretende, seguramente tendrá que emitir más bonos o ir a los bancos para seguir gastando a cuenta de la leche de Vaca Muerta. Esto significa, entonces, que será el gobierno que asuma el 10 de diciembre de 2015 el que se beneficiará en serio con lo extraído de las perforaciones sobre la roca y arcillas ubicadas miles de metros debajo de la superficie terrestre. Gran tema para la próxima campaña electoral, para jerarquizar la discusión y poner a prueba la categoría, visión, creatividad, sentido común y grandeza de quienes sean candidatos. Pero creo que es interesante plantear el debate desde ahora. Gran tema, con profundo contenido ideológico; crucial para la sociedad que viene y, como dice el gobernador, promotor de una nueva página de la historia, pero una nueva página que se puede escribir con igual libreto que el conocido o con un cambio profundo en la conducción del Estado y sus relaciones con la sociedad. Más de lo mismo, con resultado anticipado, o aceptar el desafío de algo distinto, seguramente mejor pero que implica diferentes responsabilidades individuales y colectivas. La premisa central debiera ser no volver a enviar al incinerador del gasto mal aplicado los volúmenes que se recibirán por los recursos no renovables que, como su nombre lo indica, son recursos que no se recuperan, no se repiten, dejan de existir. Por lo tanto, deben ser cuidadosamente utilizados. Pero el escenario no es favorable: nuestros gobernantes de siempre son gastadores compulsivos. A buena parte de la sociedad le gusta este comportamiento, lo ha adoptado y, por mantenerlo, continúa apoyando a quienes lo promueven y hasta les otorga impunidad para hacer lo que quieren, hasta lo que no debiera ser permitido. Puntos ineludibles Quien gobierna tiene el derecho y la obligación de priorizar el uso de sus recursos. Pero la elección del camino a seguir será más sustentable y productivo en la medida en que esas decisiones surjan de consensos políticos y sociales. Al no saber los montos que se recibirán, no se puede abrir un abanico muy amplio de “ítems”. Pero, cualquiera sea la cifra, hay algunos puntos centrales, ineludibles, para gobernantes que quieran trabajar para mejorar la calidad de la sociedad del futuro. Encabeza el listado –desde mi modesta posición– la escuela pública en todos sus niveles y modalidades. La calidad de la formación de nuestros pibes y jóvenes tiene alarmantes deficiencias que se van potenciando a medida que los educandos ascienden en la escala. En algunos casos esa magra calidad se traduce en multitudes de deserciones y en otros, los más afortunados, en mediocres egresados de carreras medias o superiores. Hay que revertir ese proceso desde la base. Hay miles de pibes que ven afectado su desarrollo por una deficiente alimentación desde su nacimiento. Todo un tema, extraescolar pero que se manifiesta en la escuela, aunque la escuela no está preparada para atender ni es su función. El objetivo debe ser tener una escuela de excelencia en todo sentido, desde los contenidos hasta la calidad de los docentes (otro tema a reformular urgente) y sus condiciones de trabajo y salariales. No habrá que tener miedo de pagarles muy bien a los maestros y profesores, hasta el punto de que sean los mejor pagos entre los agentes públicos sin que eso signifique motivo para que otros sectores quieran equipararse. El administrador del Estado tiene derecho a establecer sus prioridades. En la misma línea deben incluirse los edificios escolares, gimnasios, instalaciones para servicios complementarios, gabinetes de apoyo al maestro, etcétera. Luego, el gobierno y la sociedad deberán exigir resultados, regularidad y compromiso. La sociedad debe volver a tener maestros jerarquizados. Si logramos esa escuela revalorizada en todos sus alcances, la sociedad de veinte años hacia adelante será mucho mejor que la actual. Seguramente con más calidad, con sentido democrático y republicano, amante y respetuosa de la justicia y refractaria de cualquier tipo de dominación desde poderes corporativos de cualquier índole. Habrá que hacer programas muy serios e ingeniosos para recuperar o rescatar las camadas de hombres y mujeres que se mal formaron en esta escuela empobrecida pero que mientras vivan tendrán que enfrentar la complejidad de la vida. No hacerlo será enviarlos a la indignidad de la dependencia de los subsidios o del trabajo marginal, al delito o a los vicios. Hoy hay miles de pibes “ni-ni” y otros miles de hombres y mujeres que siempre vivieron del subsidio y creen que ése es su oficio. ¿Se los puede dar por irrecuperables y una pesada mochila por siempre para el Estado? Atacar este objetivo, junto con la recuperación del hospital público hasta por lo menos los niveles que supo tener, es factible no solamente a partir de la disponibilidad de dinero sino, fundamentalmente, de una decisión política trascendente. Es, a la vez, decidirse a trabajar seriamente contra la pobreza. No pretendo en estas líneas hacer un decálogo de prioridades ni una propuesta de gobierno. Desarrollé lo que a mi criterio debe ser una prioridad absoluta, que salte desde el discurso a la acción continuada e impacte en la sociedad con efectos que se verán en un par de décadas. Ésa es la esencia de la política: trabajar para que las próximas generaciones sean mejores, autosustentables, libres. La calidad de los pueblos no se mide por sus edificios, autopistas, ingreso per cápita o cantidad de habitantes. El parámetro más válido son los niveles de formación de sus miembros. Si de los recursos extraordinarios que tanto entusiasman se vuelca gran parte a estos fines, creo que se pueden amortiguar los inevitables efectos negativos de una economía petrolera sobre la sociedad y el ambiente. (*) Presidente de la CC-ARI Neuquén