¿Qué le debemos a la Unión Soviética?
Por Tomás Buch
os tiempos corren vertiginosos. Hace menos de diez años se disolvió la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, y ya casi la hemos olvidado. En los alrededores de la Puerta de Brandeburgo, en Berlín, se venden condecoraciones con la hoz y el martillo y otros distintivos del caído régimen, como podrían venderse monedas francesas de la época de Napoleón, o banderas de la Confederación del Sur de los EE. UU. En la Plaza Roja aún se exhibe una momia histórica, que seguramente tiene olor a naftalina o a formol, y que sin duda pronto se sacará de allí para llevarla a un lugar más apropiado para un cadáver, como por ejemplo un cementerio.
Un comunista, hoy, es una figura rara en nuestra política. Puede ser nuestro compañero de trabajo, y podemos discutir con él, y hasta estar de acuerdo en muchas cosas. Es un marginal que ha perdido su aura de subversivo, y si somos «de izquierda» incluso habrá perdido su fama singular de militante disciplinado y un poco despreciable en su incoherente consistencia. Nos hemos olvidado de que en todo el mundo se asesinaron a miles de militantes y no militantes porque ante la necesidad de salvar al «mundo libre» de la amenaza comunista, todos los métodos eran válidos, aun los más crueles. La democracia toleraba los crímenes más horrendos, siempre que fuesen ejecutados en nombre del anticomunismo. El fantasma del comunismo, proclamado por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, recorría el mundo y asustaba a los bienpensantes, incluso a los tibios socialistas reformistas como los de nuestro PS tradicional, más afines a los postulados conservadores que a los del marxismo revolucionario. Y mucho más asustaba a aquellos que tenían para perder más que sus cadenas.
En este siglo XX que fue el nuestro, casi todas las políticas se definieron en referencia al comunismo, por oposición a su amenaza o como prevención del peligro de una revolución, aunque el riesgo real fuese muchas veces enormemente exagerado. Los líderes democráticos occidentales toleraron con alegría a Mussolini como si fuese uno de ellos, y estuvieron dispuestos a negociar con Hitler porque su Tercer Reich se presentaba como muro de contención contra Stalin. El peronismo logró ser tolerado por los detentores del poder económico en la Argentina porque prometía funcionar como freno eficaz contra el avance de la ideología comunista entre las masas. Perón invocó esa característica abiertamente ante los representantes de la derecha tradicional. En diferentes partes del mundo surgieron otros movimientos populistas autoritarios, como el nasserismo y el Baasismo entre los árabes, que durante décadas jugaron con habilidad oriental a rusos contra occidentales, logrando que ambos bandos les diesen ingentes sumas para sus propios proyectos. La literatura y el cine florecieron con miles de historias de espionaje reales o imaginadas. El «oro de Moscú» alimentó la imaginación de mafiosos y literatos.
Y en cada país, la sola existencia en el mundo de un polo alternativo al capitalismo dominante era suficiente para dar fuerza de convicción a los movimientos reivindicatorios de los trabajadores y evitar muchos de los abusos más flagrantes de las diversas patronales. Paradojalmente, este efecto progresista de la mera existencia de un «bloque socialista» fue completamente independiente de las características reales del régimen imperante detrás de la «cortina de hierro». Estas no guardaban ninguna relación con los ideales de libertad y democracia social que sus defensores proclamaban, muchas veces en contra de todas las evidencias sobre un «gulag» cuya existencia se negaba en la cara de tales evidencias.
El «socialismo real» en los hechos fue una enorme estafa política e ideológica, la mayor de toda la historia de la humanidad. Fue un ejercicio monstruoso de hipocresía sin escrúpulos, que jugó con los sentimientos más nobles de millones de hombres y mujeres dispuestos a morir por un ideal que fue vilmente traicionado por sus líderes. En aras de una permanente construcción de un socialismo que garantizaría un progreso sin límites que siempre estaba en el futuro, se asesinaron millones y se sacrificaron varias generaciones enteras de seres reales. Tras la búsqueda de un imposible dominio total de la naturaleza, se llevaron a cabo proyectos faraónicos de resultados desastrosos para la ecología de vastas regiones del mundo. Y por satisfacer el dogma ideológico que establecía un absoluto predominio de lo social por sobre lo biológico, se intentó un enorme proyecto de ingeniería social: se pretendió reformular al hombre, reinventar la naturaleza humana entera. De tal manera, cuando el régimen se derrumbó por su propia debilidad, y sin que nadie lo empujara, a su caída sólo quedó a la vista lo peor de la naturaleza del hombre de siempre, y una estructura social devastada pero autoritaria, y un capitalismo más salvaje que el que existió en la Inglaterra victoriana.
Cuando el «socialismo real» en la URSS y sus satélites cayó víctima de su propia podredumbre interna, durante algún tiempo se celebró el triunfo del «Mundo Libre» y el fin de la historia. Pero cabe preguntarse si este mundo monopolar actual es mejor para la gran mayoría de los humanos que el mundo bipolar en el cual existía frente a nosotros el miedo al comunismo, uno de cuyos efectos fue el establecimiento de políticas de contención social y bienestar, y limitar el grado de explotación de los trabajadores. Ahora, se ha puesto de manifiesto, sin contrapartes, un sistema cuya supervivencia no está amenazada, al cual se han afiliado hasta los pocos países que aún enarbolan algo que llaman comunismo en sus banderas, y cuya única lógica es la de la maximización del beneficio empresario. Este, al parecer, se logra a través de la exclusión social sin consideración alguna por los humanos de carne y hueso, que se ven limitados a débiles protestas contra un sistema en el cual parecen estar de más. Y a esperar, como otros esperan al Mesías, que se produzca el famoso «efecto derrame» que nos prometen los economistas liberales sin que, como a Aquél, nadie lo haya visto nunca.
Los postulados del Estado de bienestar se han abandonado en todas partes en aras de la competitividad, porque el gasto social ahora resulta financieramente improductivo, mientras que antes tenía una función de contención social que ahora ya no parece necesaria. En vez de dar de comer a los millones de hambrientos, que se dejan a merced de la caridad privada, se incentiva el gasto militar, que socialmente también es improductivo, pero que da ganancias enormes a las corporaciones. La URSS daba una buena excusa también para eso: la realidad de su amenaza era mucho más creíble que los actuales argumentos esgrimidos por el gobierno estadounidense para justificar gastar cientos de miles de millones en la nueva «guerra de las galaxias» contra payasos tales como Corea del Norte y -una vez más- Irak. Y todos los pueblos sufren y sufrirán, cada vez más, de hambre o de desesperanza.
Incluso los de los países más desarrollados, para no hablar de nuestros desocupados.
os tiempos corren vertiginosos. Hace menos de diez años se disolvió la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, y ya casi la hemos olvidado. En los alrededores de la Puerta de Brandeburgo, en Berlín, se venden condecoraciones con la hoz y el martillo y otros distintivos del caído régimen, como podrían venderse monedas francesas de la época de Napoleón, o banderas de la Confederación del Sur de los EE. UU. En la Plaza Roja aún se exhibe una momia histórica, que seguramente tiene olor a naftalina o a formol, y que sin duda pronto se sacará de allí para llevarla a un lugar más apropiado para un cadáver, como por ejemplo un cementerio.
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