Reality show
La estabilidad del gobierno, y por ende del país, dependerá en buena medida de que el presidente y su ministro más eminente puedan cohabitar en forma armoniosa.
Según una encuesta de opinión reciente, el 42,86% de los porteños que fueron consultados por la empresa responsable cree que quien realmente gobierna el país es el ministro de Economía, Domingo Cavallo, mientras que sólo el 7,43% insiste en que el presidente Fernando de la Rúa sigue al mando, aunque otro 23,14% opina que se trata de una tarea compartida. Aunque podría decirse que es natural que el jefe de Estado delegue el trabajo cotidiano en un subordinado y que en vista de la condición de la economía nacional también lo sea que Cavallo haya brindado la impresión de ser una suerte de supremo, extrañaría que los allegados al propio De la Rúa estuvieran dispuestos a conformarse con la situación así supuesta. Como es notorio, aquí los entornos presidenciales suelen destacarse por su voluntad de impedir que cualquiera le haga sombra al líder máximo o, en el caso de que alguien lo logre, de preparar su expulsión del poder, y a juzgar por su reputación los delarruistas no constituyen una excepción a esta regla triste. Así, pues, la estabilidad del gobierno y en consecuencia del país dependerá en buena medida de la madurez del presidente y de su ministro más eminente. Si consiguen «cohabitar» de forma armoniosa, juntos podrán frustrar a los deseosos de separarlos; en cambio, si se permiten influir por ciertos integrantes de sus respectivos entornos, lo que dadas las circunstancias parece ser el mejor equipo gobernante disponible se rompería por razones personales que no tendrían nada que ver ni con la ideología ni con la política propiamente dicha.
Entre los interesados en sembrar cizaña están los responsables del sondeo, pero distan de estar solos. Desde el día mismo en que Cavallo reemplazó a Ricardo López Murphy, el tema de la relación de un presidente nada popular con el «superministro» ha fascinado tanto a los políticos profesionales como a los medios de difusión, muchos de los cuales se han dado el gusto de mofarse de los esfuerzos de De la Rúa por rivalizar con su colaborador hiperquinético charlando con futbolistas y otros personajes presuntamente emblemáticos de la Argentina profunda. Tal obsesión puede entenderse -la relación de dos poderosos es de por sí interesante-, pero también es destructiva. Fuera de la farándula, existen pocos oficios en los que los celos incidan más de lo que lo hacen en política, lo cual es lógico por tratarse de un ámbito sumamente competitivo en que la imagen suele ser de importancia fundamental.
Por fortuna, De la Rúa parece tener el temperamento de un corredor de fondo, no de un especialista en carreras cortas, de suerte que ha sabido soportar estoicamente los reveses de su primeros dieciséis meses en la Casa Rosada con la esperanza de recuperar el terreno perdido en el 2002 o en el 2003. Con todo, aunque es evidente que el presidente comparte más con Cavallo que con el grueso de sus correligionarios radicales, para no hablar de sus es de suponer ex socios frepasistas, no le será fácil en absoluto convencer a alguien de que es de su propia cosecha el programa que tendrá en mente su comprovinciano cordobés. De haber insistido más en los tramos iniciales de su gestión en la necesidad urgente de emprender medidas «activas» a fin de reanimar la economía, la irrupción tumultuosa de Cavallo al gobierno hubiera parecido una consecuencia previsible de su voluntad de poner su pie en el acelerador y no, como tantos han supuesto, el preludio de un cambio drástico de dirección. Pero, obvio es decirlo, De la Rúa tuvo que hacer frente a una multitud de dificultades atribuibles al hecho de que, si bien es un conservador nato, llegó a la Casa Rosada como el representante máximo de una coalición dominada por «progresistas» contrarios por principio al realismo económico. Andando el tiempo, logró domesticarla -algunos «disidentes» aparte, a esta altura los líderes de la Alianza entenderán que ni este gobierno ni ningún otro concebible podría dar forma concreta a lo que dicen son sus aspiraciones-, pero el esfuerzo le ha costado muchísimo. En cambio, Cavallo no se ha visto constreñido a intentar el trabajo duro y muy desagradable de enseñar algunas verdades a su «base política», porque ya lo han hecho De la Rúa, José Luis Machinea y López Murphy con la ayuda de «los mercados».
Según una encuesta de opinión reciente, el 42,86% de los porteños que fueron consultados por la empresa responsable cree que quien realmente gobierna el país es el ministro de Economía, Domingo Cavallo, mientras que sólo el 7,43% insiste en que el presidente Fernando de la Rúa sigue al mando, aunque otro 23,14% opina que se trata de una tarea compartida. Aunque podría decirse que es natural que el jefe de Estado delegue el trabajo cotidiano en un subordinado y que en vista de la condición de la economía nacional también lo sea que Cavallo haya brindado la impresión de ser una suerte de supremo, extrañaría que los allegados al propio De la Rúa estuvieran dispuestos a conformarse con la situación así supuesta. Como es notorio, aquí los entornos presidenciales suelen destacarse por su voluntad de impedir que cualquiera le haga sombra al líder máximo o, en el caso de que alguien lo logre, de preparar su expulsión del poder, y a juzgar por su reputación los delarruistas no constituyen una excepción a esta regla triste. Así, pues, la estabilidad del gobierno y en consecuencia del país dependerá en buena medida de la madurez del presidente y de su ministro más eminente. Si consiguen "cohabitar" de forma armoniosa, juntos podrán frustrar a los deseosos de separarlos; en cambio, si se permiten influir por ciertos integrantes de sus respectivos entornos, lo que dadas las circunstancias parece ser el mejor equipo gobernante disponible se rompería por razones personales que no tendrían nada que ver ni con la ideología ni con la política propiamente dicha.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios