Relato y realidad

Redacción

Por Redacción

Todos los gobiernos del mundo procuran legitimarse construyendo “relatos” que esperan que sean más atractivos que los elaborados por sus adversarios, pero –en los países democráticos por lo menos– pocos han superado en dicho ámbito al kirchnerista, que ha invertido muchísimo dinero público en difundir el propio. Desde el punto de vista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus simpatizantes, el esfuerzo así supuesto se justifica ya que les ha brindado resultados muy positivos, pero el que, a pesar de la distancia creciente entre las pretensiones oficiales y la dura realidad, sectores importantes de la población se hayan dejado impresionar tanto por la incesante propaganda gubernamental puede considerarse un síntoma de decadencia política. Por cierto, ha incidido mucho en la conducta del gobierno. Al darse cuenta los kirchneristas de que podrían reducir los costos políticos de cualquier error pasándolo por alto o atribuyéndolo a gobiernos anteriores, la oposición, “el mundo” o una conspiración urdida en el exterior por enemigos de la patria, les pareció lógico concentrarse cada vez más en “el relato” y cada vez menos en la gestión. Entendió pronto el presidente Néstor Kirchner que es mucho más fácil manipular las estadísticas confeccionadas por el Indec de lo que sería tomar las medidas previsiblemente antipáticas pero necesarias para frenar la inflación. Andando el tiempo, la misma actitud se vería adoptada por casi todos los funcionarios del gobierno nacional, los encargados de administrar empresas como Aerolíneas Argentinas y, como acaban de recordarnos las inundaciones devastadoras que tantos estragos están causando en Buenos Aires, por ciertos mandatarios provinciales. No se habrá equivocado por completo el gobernador Daniel Scioli al suponer que una buena imagen le resultaría mucho más valiosa que un programa ambicioso de obras de infraestructura, pero podría costarle caro la voluntad típicamente populista de privilegiar las palabras por encima de todo lo demás. Según se informa, Buenos Aires es la provincia que menos destina a obras públicas, el 5% del total disponible, mientras que en San Luis se gasta el 47%, en Río Negro el 12% y en Neuquén el 11%. Tales diferencias se deberán a que, en términos políticos, es más beneficioso aumentar el número de empleados públicos o invertir en propaganda de lo que sería preocuparse por obras que, una vez inauguradas, pasarán inadvertidas aun cuando llevaran un nombre con fuertes connotaciones políticas. Es comprensible que las sociedades con más problemas concretos sean las más propensas a dejarse anestesiar por un “relato” reconfortante basado en la idea de que todo es culpa de algunos malvados. Lo son porque los dirigentes políticos, abrumados por la magnitud de las tareas que tendrían que emprender para cumplir sus promesas electorales, se sienten sin más alternativa que intentar hacer pensar que los problemas no son tan graves como parecen y que, de todos modos, lograrán solucionarlos o atenuarlos sin que nadie se vea seriamente perjudicado. Es en buena medida merced al facilismo resultante que, a pesar de todo lo ocurrido aquí a partir de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento peronista se las ha arreglado para continuar dominando el escenario político nacional. A juzgar por lo que ha sucedido en el país, el fracaso del peronismo difícilmente podría ser más patente pero, de acuerdo con una larga serie de resultados electorales, es uno de los movimientos políticos más exitosos del mundo entero. Han transcurrido tres cuartos de siglo desde que, en La Plata, el pensador español José Ortega y Gasset exclamó “¡argentinos, a las cosas!”, pero ni él ni ningún otro crítico del estado del país consiguieron que muchos integrantes de la clase política nacional comenzaran a anteponer lo concreto a lo meramente verbal. Para millones de personas, las consecuencias del escapismo así manifestado han sido desastrosas, pero parecería que, gracias al “relato” de turno, una proporción sustancial, tal vez la mayoría, de la población preferiría que el país siguiera siendo gobernado en la manera a la que se ha acostumbrado, ya que el temor a cambiar demasiado es tan poderoso que sirve para hacer tolerables las penurias actuales.

Jorge Castañeda

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 17 de agosto de 2015


Todos los gobiernos del mundo procuran legitimarse construyendo “relatos” que esperan que sean más atractivos que los elaborados por sus adversarios, pero –en los países democráticos por lo menos– pocos han superado en dicho ámbito al kirchnerista, que ha invertido muchísimo dinero público en difundir el propio. Desde el punto de vista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus simpatizantes, el esfuerzo así supuesto se justifica ya que les ha brindado resultados muy positivos, pero el que, a pesar de la distancia creciente entre las pretensiones oficiales y la dura realidad, sectores importantes de la población se hayan dejado impresionar tanto por la incesante propaganda gubernamental puede considerarse un síntoma de decadencia política. Por cierto, ha incidido mucho en la conducta del gobierno. Al darse cuenta los kirchneristas de que podrían reducir los costos políticos de cualquier error pasándolo por alto o atribuyéndolo a gobiernos anteriores, la oposición, “el mundo” o una conspiración urdida en el exterior por enemigos de la patria, les pareció lógico concentrarse cada vez más en “el relato” y cada vez menos en la gestión. Entendió pronto el presidente Néstor Kirchner que es mucho más fácil manipular las estadísticas confeccionadas por el Indec de lo que sería tomar las medidas previsiblemente antipáticas pero necesarias para frenar la inflación. Andando el tiempo, la misma actitud se vería adoptada por casi todos los funcionarios del gobierno nacional, los encargados de administrar empresas como Aerolíneas Argentinas y, como acaban de recordarnos las inundaciones devastadoras que tantos estragos están causando en Buenos Aires, por ciertos mandatarios provinciales. No se habrá equivocado por completo el gobernador Daniel Scioli al suponer que una buena imagen le resultaría mucho más valiosa que un programa ambicioso de obras de infraestructura, pero podría costarle caro la voluntad típicamente populista de privilegiar las palabras por encima de todo lo demás. Según se informa, Buenos Aires es la provincia que menos destina a obras públicas, el 5% del total disponible, mientras que en San Luis se gasta el 47%, en Río Negro el 12% y en Neuquén el 11%. Tales diferencias se deberán a que, en términos políticos, es más beneficioso aumentar el número de empleados públicos o invertir en propaganda de lo que sería preocuparse por obras que, una vez inauguradas, pasarán inadvertidas aun cuando llevaran un nombre con fuertes connotaciones políticas. Es comprensible que las sociedades con más problemas concretos sean las más propensas a dejarse anestesiar por un “relato” reconfortante basado en la idea de que todo es culpa de algunos malvados. Lo son porque los dirigentes políticos, abrumados por la magnitud de las tareas que tendrían que emprender para cumplir sus promesas electorales, se sienten sin más alternativa que intentar hacer pensar que los problemas no son tan graves como parecen y que, de todos modos, lograrán solucionarlos o atenuarlos sin que nadie se vea seriamente perjudicado. Es en buena medida merced al facilismo resultante que, a pesar de todo lo ocurrido aquí a partir de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento peronista se las ha arreglado para continuar dominando el escenario político nacional. A juzgar por lo que ha sucedido en el país, el fracaso del peronismo difícilmente podría ser más patente pero, de acuerdo con una larga serie de resultados electorales, es uno de los movimientos políticos más exitosos del mundo entero. Han transcurrido tres cuartos de siglo desde que, en La Plata, el pensador español José Ortega y Gasset exclamó “¡argentinos, a las cosas!”, pero ni él ni ningún otro crítico del estado del país consiguieron que muchos integrantes de la clase política nacional comenzaran a anteponer lo concreto a lo meramente verbal. Para millones de personas, las consecuencias del escapismo así manifestado han sido desastrosas, pero parecería que, gracias al “relato” de turno, una proporción sustancial, tal vez la mayoría, de la población preferiría que el país siguiera siendo gobernado en la manera a la que se ha acostumbrado, ya que el temor a cambiar demasiado es tan poderoso que sirve para hacer tolerables las penurias actuales.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora