Rendición de cuentas

Por Redacción

Los últimos traspiés experimentados por el gobierno, que lo obligaron a dar contramarchas de alto costo político, volvieron a poner en evidencia el escaso compromiso de la clase política con el funcionamiento de los organismos encargados del control y la trasparencia en servicios esenciales del Estado.

Durante casi todo el mes de febrero la política se agitó con la publicación en la prensa de extractos de una serie de escuchas telefónicas ordenadas legalmente, pero filtradas ilegalmente por algunos de los actores que intervinieron en su procesamiento, sea integrantes de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) o de la Justicia, o de ambas.

En primer lugar, se dieron a conocer audios de diálogos entre la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y su exsecretario de Inteligencia Oscar Parrilli, donde entre anécdotas e improperios se hacía referencia a “operaciones” judiciales. A los pocos días, se dieron a conocer diálogos ligados al ex presidente de Boca, Daniel Angelici, donde se pretendía favorecer a jugadores xeneizes en el tribunal de disciplina.

Ninguno de los extractos difundido tenía que ver con el delito investigado. Las escuchas a la expresidenta tenían su origen en una causa donde se buscaba al acusado de narcotráfico Ibar Pérez Corradi y se extendieron más allá de su captura. Lo mismo sucedió con los audios de Angelici, un hombre del riñón de Mauricio Macri, que habían sido tomados en otra causa donde se investigaba el accionar de barrabravas. Ambas fueron apenas una excusa en una “guerra de escuchas y carpetazos” con fines políticos entre facciones oficialistas y opositoras de un sistema de inteligencia que debiera usarse para la lucha contra el crimen organizado o el terrorismo.

El caso demostró que la connivencia entre política, parte del Poder Judicial y una Inteligencia con elevada autonomía y discrecionalidad sigue intacta, a pesar de las reformas realizadas tanto por el kirchnerismo como por Cambiemos, que traspasaron las escuchas primero a la órbita de la Procuración y luego a la Corte Suprema. Hace días el presidente Macri decretó una nueva reforma de la Dirección de Captación de Comunicaciones, mientras los legisladores del oficialismo y la oposición que integran la Comisión Bicameral de Seguimiento de Organismos de Inteligencia han seguido este sainete más como espectadores y opinólogos que como los representantes del control ciudadano que debieran ser. Sus reuniones, secretas, fueron escasas: apenas dos en un año.

Otro hecho que mostró la pobre relación de nuestros dirigentes con la transparencia tuvo que ver con el “affaire” de la negociación entre el gobierno y la firma que operó el Correo Argentino que pertenece al padre del presidente, Franco Macri. Más allá de abusos e ilegalidades que pudiera contener el pacto, frenado por acción de una fiscal y el escándalo político que generó, el hecho reveló los pobres conocimientos de los máximos dirigentes sobre el rol de los organismos de control.

El jefe de Gabinete anunció que pediría un “veredicto” a la Auditoría General de la Nación sobre el entendimiento, ignorando que el organismo responde al Congreso, no al Ejecutivo, y que actúa sobre operaciones ya asentadas en la contabilidad del Estado, no antes. Quienes debieran haber actuado en la negociación con el Correo son la Sindicatura General de la Nación (Sigen), encargada del control interno del Estado; la Procuración del Tesoro de la Nación, que entiende en todos los juicios donde el Estado nacional es parte (como la demanda de los ex dueños del Correo exigiendo un resarcimiento), y la Oficina Anticorrupción, instituciones que no han mostrado el rigor técnico e independencia que se espera de ellas. La esperanza del presidente de volver todo “a fojas cero” depende ahora de si la cámara que analiza el acuerdo define su nulidad o no, de lo contrario se abre un amplio abanico de posibilidades. Mientras tanto, la confianza en una administración que prometió cambiar la cultura de falta de rendición de cuentas y opacidad en asuntos del Estado sufrió un golpe del que lecostará recuperarse.


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