Ricos pesimistas
Como virtualmente todos los demás mandatarios del mundo, el presidente norteamericano Barack Obama sabe que el grueso de sus compatriotas lo cree el máximo responsable del desempeño de la economía local. Si todo va viento en popa y se difunde una sensación de bienestar generalizado, aumentará su popularidad; en caso contrario se encontrará en apuros. Que éste sea el caso puede considerarse irracional, ya que tanto los períodos de expansión como los de crisis suelen depender de factores que ningún presidente está en condiciones de manejar y que, a menudo, tienen su origen en decisiones tomadas muchos años antes, pero mal que bien en todas partes es habitual atribuir los problemas al gobierno de turno. Por lo demás, ni Obama ni sus antecesores, George W. Bush y Bill Clinton, se han destacado por su interés en temas económicos. Lo mismo que casi todos los dirigentes políticos, tienen que confiar en asesores seleccionados porque en términos generales sus teorías les parecen compatibles con sus propias preferencias ideológicas y, desde luego, con sus aspiraciones electorales. Desgraciadamente para Obama, últimamente se han multiplicado las señales de que la recuperación económica a la que ha apostado está resultando ser mucho más débil de lo previsto y que existe peligro de una recaída en recesión. Aunque, “paquetes de estímulo” mediante, el gobierno estadounidense ha inundado los mercados de dólares frescos y mantenido bajísimo el tipo de interés, la economía se niega a crecer al ritmo esperado. Asimismo, parecería que el desempleo masivo está perpetuándose. El mes pasado, la tasa de desocupación en Estados Unidos subió al 9,1%; según los analistas, a menos que se reduzca mucho y muy pronto, Obama correrá el riesgo de ser derrotado en las elecciones presidenciales del año venidero por el eventual candidato republicano, que acusará al gobierno demócrata de arruinar la economía intentando llevar a cabo un programa “socialista”. Dicha tesis cuenta con la adhesión de muchos norteamericanos de instintos conservadores que parecen temer que Estados Unidos esté por seguir el camino de Grecia y Portugal acumulando deudas colosales que tarde o temprano adquirirán dimensiones tan grandes que asfixiarán al sector privado. Los problemas que enfrentan Estados Unidos y otros países ricos son “estructurales”. Son consecuencia de cambios demográficos, tecnológicos y geopolíticos que fueron previsibles pero que ningún gobierno democrático pudo anticipar porque hacerlo lo hubiera obligado a privar a la mayoría de derechos legalmente confirmados. Como nuestra propia experiencia nos ha enseñado, es irresistiblemente tentador negarse a prestar atención a las advertencias de quienes señalan que “un modelo” determinado no podrá sostenerse indefinidamente de suerte que convendría tomar medidas duras, y por lo tanto políticamente costosas, a fin de impedir que estalle una crisis que aún parece poco probable. En la actualidad los norteamericanos, europeos y japoneses están procurando defender un nivel de bienestar altísimo que se ve amenazado. Aunque conforme a las pautas habituales la situación en que se encuentran es envidiable desde el punto de vista de todos los demás, ya que el poder de compra incluso de los calificados de pobres es muy superior a aquel de la mayor parte de la “clase media” argentina, chilena o brasileña, para no hablar de sus equivalentes de África, China, la India y Oriente Medio, la sensación de que no mejorará en los años próximos ha provocado una gran crisis de confianza que está haciendo todavía más difícil la recuperación. En cambio, los líderes de otros países en que la mayoría abrumadora está acostumbrada a un estándar de vida muy inferior suponen que les corresponderá tomar el relevo de los actualmente más avanzados. Puede que se trate de una ilusión y que la mayoría de los chinos, indios y otros no tenga ninguna posibilidad de disfrutar de los bienes materiales y los servicios que son “normales” en el mundo desarrollado, pero no cabe duda de que hoy en día las elites políticas y culturales de los países ricos se han entregado al pesimismo mientras que las de algunos que aún son muy pobres están haciendo gala de un grado de confianza en el futuro que apenas diez años atrás pareció típicamente norteamericano.