«Llegó quien me va a reemplazar»: la historia del productor frutícola de la Patagonia destinado a hacer lo que ama

Su futuro en la fruticultura parecía escrito desde el día en que nació. No solo por la tierra y las plantas heredadas de su familia, sino también por un presagio de su abuelo poco antes de morir. Hoy, Ariel Diomedi no se imagina lejos de las peras y manzanas: junto a su hijo sigue apostando por la actividad, en la que ve el porvenir de todo el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

Por Alan Agustini

Ariel Diomedi tiene 50 años, es de la ciudad de Neuquén y vive la fruticultura como una vocación que no se discute. Produce peras y manzanas en San Patricio del Chañar (Neuquén) y Cipolletti (Río Negro), y además gerencia más de 200 hectáreas para Cedicom S.A., la firma de Martha Rosauer. Su proyecto propio (que lleva su nombre) suma hoy 70 hectáreas distribuidas en varias chacras y emplea a unas 20 personas en temporada. Trabaja 12 horas por día y no se imagina haciendo otra cosa.

Tercera generación de productores, Ariel heredó no solo tierra y plantas, sino una cultura del trabajo que lo marcó desde chico. Hubo hitos que definieron su destino: la frase de su abuelo cuando nació, la reconversión encarada por su padre, la propuesta inesperada de Martha Rosauer cuando ya tenía un pie afuera del sector, el alquiler de su primera chacra y aquel viaje a Italia donde su padre decidió cederle el mando. Todo confluyó para consolidar una pasión que, aun en los años más duros, no se apaga.

Fruticultura en la Patagonia: la herencia que empezó a pico y pala


La historia familiar se remonta a la década de 1920, cuando su abuelo, Luis Diomedi, inmigrante italiano de Civitanova, llegó al Alto Valle. “La tierra era todo monte, había que desmontar, emparejar. Se hacía primero alfalfa, se plantaba lo que podía cosecharse más rápido”, recuerda Ariel. En Colonia Marconetti, en Cipolletti, las chacras tenían de todo: peras, manzanas, viñedos, huerta, animales. Los frutales se plantaban a 7 por 10 metros y se esperaba siete años para cosechar.

Su abuelo murió joven, de leucemia. Ariel nació en septiembre de 1975; su abuelo falleció en noviembre. Antes de irse, dejó una frase que marcaría la historia: “Ya llegó quien me va a reemplazar”, le dijo a su hijo Juan Rafael. Con 27 años, su padre quedó al frente de las chacras familiares.

Juan Rafael y Juan Gonzalo Diomedi, padre e hijo de Ariel Diomedi, y segunda y cuarta generación de una familia que ama la fruticultura. Foto: gentileza.
Juan Rafael y Juan Gonzalo Diomedi, padre e hijo de Ariel Diomedi, y segunda y cuarta generación de una familia que ama la fruticultura. Foto: gentileza.

Juan Rafael Diomedi reconvirtió el monte tradicional a sistemas en espaldera y trajo nuevas variedades con mejor color. Eliminó los viñedos y se concentró en la fruticultura. “Mi papá es mi referente, mi sostén. Está operado de la cadera, tiene 78 años y vive en la chacra, no quiere irse”, cuenta Ariel. La disciplina fue férrea: “Nos comparaba con cualquier obrero. Teníamos que hacer la misma cantidad de bines. Nos inculcó una disciplina impresionante: el trabajo”.

Volver al primer amor: las peras y manzanas en Neuquén y Río Negro


Ariel creció podando en invierno, cosechando en verano, raleando cuando hacía falta. “Éramos obreros los hijos de los productores”, resume. Sin embargo, hubo un tiempo en que se alejó. Trabajaba en la administración de un comercio (Topsy) y estaba por cambiar de empresa cuando recibió un llamado que torció su destino. Allí, entabló una relación casi familiar con Luis María Sahores y Martha Rosauer.

“Luis me dice: ‘Martha te está esperando en casa’. Fui, hablé con ella y me dijo: ‘No te vayas, te propongo esto, fíjate si te gusta’”. Martha Rosauer le ofreció el gerenciamiento de sus chacras frutícolas. Dijo que sí, y fue una vuelta al primer amor.

La cosecha, uno de los momentos que más emociona cada año a Ariel Diomedi, un apasionado por la producción de peras y manzanas en Río Negro y Neuquén.
La cosecha, uno de los momentos que más emociona cada año a Ariel Diomedi, un apasionado por la producción de peras y manzanas en Río Negro y Neuquén. Foto: Juan Thomes.

En 2014 alquiló sus primeras 10 hectáreas en San Patricio del Chañar. La muerte de un amigo precipitó esa incursión: “La señora me dijo que a él le hubiera gustado que la alquilara yo porque soy un apasionado”. En 2017, durante un viaje a Italia en el que encontraron la casa familiar frente al Adriático, su padre le anunció: “No sigo más, quiero disfrutar”. Ariel tomó el mando definitivo de las hectáreas familiares.

Hoy comparte la actividad con su hijo Juan Gonzalo, de 28 años, cuarta generación. “Siempre me dijo: ‘Lo que encares, voy con vos’. Yo le digo que es mi locura, que tiene vía libre. Pero algo le quedó”.

70 hectáreas en la Patagonia y 12 horas por día


Actualmente, Ariel tiene producción propia en 70 hectáreas (50 en El Chañar y 20 en Cipolletti) y gerencia más de 200 adicionales. En temporada trabajan unas 20 personas, en su mayoría trabajadores golondrina oriundos del norte argentino. “Estamos involucrados a full con la fruticultura. Trabajo de 7 a 15 con la empresa y de 15 a 19 en mis chacras. Son 12 horas por día”.

En las chacras propias y alquiladas, solo produce peras y manzanas. Promedia 50.000 kilos por hectárea en manzana y 40.000 en pera. En peras cultiva Williams, D’Anjou, Red Bartlett, Packhams, Abate Fetel y Golden Russet Bosc. Recientemente reconvirtió una hectárea en Cipolletti: arrancó peras y plantó Jeromine, una manzana roja precoz que permite salir con primicia en febrero.

«Estamos involucrados a full con la fruticultura. Trabajo de 7 a 15 con la empresa y de 15 a 19 en mis chacras. Son 12 horas por día.»

Ariel Diomedi, productor frutícola de la Patagonia.

Reconvertir le cuesta entre 45.000 y 50.000 dólares por hectárea. “Una planta vale unos 13 dólares y entran más de 2.500 por hectárea. Solo en plantas son 32.000 dólares”.

Fe inagotable en la fruticultura del Alto Valle


La temporada 2025/26 es dura. Problemas de polinización le redujeron a Ariel entre 30% y 40% el volumen respecto del año pasado. El granizo hizo lo suyo. “En Cipolletti no fue granizo, fue piedra. Y acá en el Chañar, muchos golpecitos que no sirven para exportar”. Por ello, mucha fruta irá a industria.

Sin embargo, mantiene expectativas. “Este año tiene que terminar mejor acomodado en precios. Hay menos fruta”. La experiencia le enseñó que la fruticultura es un péndulo. “Siempre creemos que el año que viene va a ser mejor”.

Ariel Diomedi habla con esperanzas de la actividad frutícola: pese a atravesar un año complicado, asegura que el futuro del Alto Valle seguirá ligado a las peras y las manzanas.
Ariel Diomedi habla con esperanzas de la actividad frutícola: pese a atravesar un año complicado, asegura que el futuro del Alto Valle seguirá ligado a las peras y las manzanas. Foto: Juan Thomes.

Para Ariel, la fruticultura es más que números. “Es la única actividad que va a quedar cuando se termine el petróleo. Nosotros somos renovables. Cambiamos la planta, cambiamos la variedad, nos reinventamos”. Defiende el rol ambiental y social del sector: “Generamos oxígeno, generamos trabajo genuino. No somos vistos como debiéramos”.

En los años difíciles puso ahorros personales para sostener la actividad. “Primero renovás los fierros de la chacra, después pensás en otra cosa”. Aun así, no duda: “Es una actividad súper linda. Ver la planta verdear, la floración, el fruto… Eso no te lo da nada”.

El futuro tiene nombre y apellido: Juan Gonzalo Diomedi. Con vía libre para elegir otro camino, decidió quedarse. Tal vez porque aquella frase de 1975 sigue resonando en la familia. Tal vez porque, en esta historia, la pasión también se hereda.


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Ariel Diomedi tiene 50 años, es de la ciudad de Neuquén y vive la fruticultura como una vocación que no se discute. Produce peras y manzanas en San Patricio del Chañar (Neuquén) y Cipolletti (Río Negro), y además gerencia más de 200 hectáreas para Cedicom S.A., la firma de Martha Rosauer. Su proyecto propio (que lleva su nombre) suma hoy 70 hectáreas distribuidas en varias chacras y emplea a unas 20 personas en temporada. Trabaja 12 horas por día y no se imagina haciendo otra cosa.

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