Trabajaba en un galpón de empaque en Río Negro, compró 50 pollos y fundó la mayor avícola de la Patagonia
Roberto Maionchi tiene 88 años. A sus 22, decidió renunciar a su trabajo para dar el puntapié inicial de Pollolín, que hoy faena 58 millones de kilos de pollos al año. Quienes hoy dirigen sus destinos, se enorgullecen al contar que poseen las granjas más australes del mundo. Y tienen motivos: el sur es un desafío que afrontan con éxito.
Lo que hoy es una de las diez empresas avícolas más grandes de la Argentina y la principal productora de carne aviar de la Patagonia empezó, hace 65 años, con apenas 50 pollos en una chacra familiar de Cipolletti. Detrás de esa transformación está Roberto Maionchi, hijo de inmigrantes, nacido y criado en el Alto Valle del río Negro, que a sus 88 años conserva una lucidez notable y una memoria precisa para reconstruir el recorrido de Pollolín: desde un pequeño gallinero hasta una compañía de escala nacional, tecnológicamente avanzada, integrada, exportadora y profundamente arraigada al territorio patagónico.
Renunció para criar pollos en Río Negro
Roberto Maionchi no nació empresario ni se pensó como tal. “Yo no soy empresario”, repite todavía hoy, con una mezcla de humildad y convicción. Su historia empieza en una chacra modesta y una vivienda con piso de ladrillo, techo de chapa y sin energía eléctrica, ubicadas en Cipolletti a poco más de un kilómetro de donde hoy se levanta la planta de faena de Pollolín. Hijo de inmigrantes italianos, comenzó a trabajar desde chico ayudando a su padre en la producción agrícola. “Vivíamos de la chacrita. Mi viejo sembraba ajo, arvejas, y las vendía en Bahía Blanca. Se rebuscaba siempre”, recuerda.
A los 22 años, después de trabajar dos temporadas como empleado en el galpón de empaque de Tres Ases, tomó una decisión que cambiaría su vida. “Le dije al dueño que me retiraba porque quería criar pollos. Me dio dos sueldos y con eso empecé”, cuenta. El inicio no fue fácil: “Empecé con 50 pollos, y muchos se murieron. No sabía cómo se criaban”. Lejos de desistir, avanzó a fuerza de prueba y error, atravesando crisis, malos momentos y aprendizajes constantes. Su primera venta fue a una rotisería de Cipolletti.
En ese recorrido fue clave el acompañamiento familiar. Sus padres, sus suegros y, especialmente, su esposa Pascuala Filiaggi, cofundadora de Pollolín, fueron un sostén permanente. “El puntal de la empresa es mi esposa, que empuja silenciosamente de atrás”, dice Roberto. Hoy Pascuala, con 78 años, sigue trabajando activamente en la firma. La historia de Pollolín es también una historia de familia y de perseverancia, profundamente patagónica: Roberto es, como él mismo dice, “NyC: nacido y criado en Cipolletti”.

Avicultura en la Patagonia: el frío, las distancias y decisiones
Producir pollos en la Patagonia nunca fue fácil. El clima, las grandes distancias, la baja densidad poblacional y la lejanía de los centros productores de cereales son desventajas estructurales. “La Patagonia no es el lugar ideal para una empresa avícola”, resume Fabián Maionchi, gerente general e hijo de Roberto. Aun así, Pollolín no solo se mantuvo en pie, sino que creció hasta convertirse, según afirman sus directivos, en la empresa avícola más austral del mundo.
Frente al frío, la compañía apostó por tecnología. En 2017 incorporó el sistema Hatchbrood, una etapa intermedia entre la incubación y el engorde que permite que los pollitos pasen sus primeros tres o cuatro días en un ambiente completamente controlado, con temperatura, alimento y agua. Esta recría mejora la sanidad, la conversión alimenticia y los resultados productivos, especialmente en inviernos rigurosos. Pollolín es la única empresa de Argentina y de Latinoamérica que utiliza este sistema.

La distancia, en tanto, se compensa con logística. La familia Maionchi tomó una decisión estratégica: integrar verticalmente el alimento balanceado. En 1985 compraron una planta en Bahía Blanca (hoy Aliba S.A.) que produce tanto el alimento para sus pollos como alimentos para mascotas. Consume entre 5.000 y 6.000 toneladas mensuales de maíz. El vínculo entre ambas unidades se refuerza con una particularidad única en el sector: el tren ingresa directamente al predio de Pollolín en Cipolletti. “Nunca evaluamos mudarnos”, afirma Fabián Maionchi. “Al contrario, invertimos para ser competitivos desde acá”.
Pollolín, un gigante avícola: escala y eficiencia en números
Hoy Pollolín es una empresa de gran escala. Cada semana ingresan a su planta de incubación, ubicada en Fernández Oro, 450.000 huevos fértiles desde San Luis, de los cuales nacen unos 390.000 pollitos. En la planta de faena se procesan entre 1,5 y 1,7 millones de pollos por mes, lo que equivale a más de 18 millones anuales.
En su pico histórico, en 2017, la compañía llegó a faenar 23 millones de aves. Sin embargo, producen pollos cada vez más grandes: hoy el peso objetivo de faena es de 3,1 kilogramos. “Vendemos kilos, no pollos”, sintetiza Juan Montero, gerente de Administración y Finanzas y nieto de Roberto. La firma se posiciona dentro del Top 10 nacional por volumen de producción.

Actualmente produce 58 millones de kilos vivos por año y obtiene 46 millones de kilos de producto terminado. La estrategia reciente estuvo enfocada en eficiencia: menos cabezas, mayor peso promedio y más kilos por metro cuadrado. La tasa de conversión ronda entre 1,78 y 1,8, con el objetivo de seguir bajándola.
Además de las plantas de incubación y faena, Pollolín se provee de pollos producidos en 11 granjas de crecimiento y engorde, repartidas entre las localidades rionegrinas de Mainqué, Fernández Oro y Cipolletti, y las neuquinas de Plottier, Centenario y Vista Alegre.

Pollolín integra gran parte del proceso: incubación, recría, engorde, faena, trozado, envasado y exportación. Más del 50% de la producción se comercializa trozada y cuenta con más de 100 presentaciones. En el mercado interno, pisa con fuerza en la Patagonia y Buenos Aires. Paralelamente, exporta al menos el 10% de su producción, principalmente a Asia y África. Así lo explicó Francisco Montero, responsable de ventas de Pollolín y nieto de Roberto.
Hoy faenan 9.500 pollos por hora, marcando un notable incremento en los años recientes. La tecnología, como por ejemplo el moderno sistema de congelado IQF, cumplió y cumple un rol central en la consolidación de Pollolín.
Economía circular, legado y futuro
Uno de los rasgos más distintivos de Pollolín es su economía circular. La empresa cuenta con 350 hectáreas forestadas (posee la mayor forestación de álamos de la Patagonia) que proveen la viruta utilizada como cama para los pollos. El guano fertiliza esas mismas forestaciones y también se vende a productores. Los efluentes se tratan y se reutilizan para riego, mientras que los subproductos de la faena se transforman en harinas proteicas, algunas destinadas a la industria del salmón fronteras afuera.

Hay, en ese ciclo cerrado, un paralelismo evidente con la historia familiar. Todo lo que Roberto y Pascuala construyeron vuelve hoy en forma de trabajo, gestión y proyectos encarados por la segunda y la tercera generación, integradas respectivamente por Fabián, Estela y Silvana Maionchi, y por Giuliana Minenna, Juan y Francisco Montero. Pollolín atraviesa una etapa de reordenamiento, con foco en eficiencia, automatización, mayor valor agregado y sustentabilidad. Desde la Patagonia, sin mudarse, la empresa sigue escribiendo una historia que empezó con 50 pollos y que hoy se cuentan de a millones.
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Lo que hoy es una de las diez empresas avícolas más grandes de la Argentina y la principal productora de carne aviar de la Patagonia empezó, hace 65 años, con apenas 50 pollos en una chacra familiar de Cipolletti. Detrás de esa transformación está Roberto Maionchi, hijo de inmigrantes, nacido y criado en el Alto Valle del río Negro, que a sus 88 años conserva una lucidez notable y una memoria precisa para reconstruir el recorrido de Pollolín: desde un pequeño gallinero hasta una compañía de escala nacional, tecnológicamente avanzada, integrada, exportadora y profundamente arraigada al territorio patagónico.
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