Una apuesta al futuro del agro: el trabajo silencioso y crucial de los bancos de germoplasma

La conservación de recursos genéticos es un concepto amplio que incluye semillas, plantas, ganado, microorganismos útiles para la industria alimentaria y bioinsumos, e incluso patógenos de referencia para investigación. Todos ellos tienen un objetivo primordial vinculado a los sistemas productivos y es la preservación de la diversidad biológica para su uso actual, pero fundamentalmente para demandas futuras.

Redacción

Por Miguel Vergara - Juan Thomes (Fotos) - Camila Bravo (Video)

En un mundo donde la producción agropecuaria enfrenta desafíos cada vez más complejos como el cambio climático, la aparición de nuevas plagas o el fortalecimiento de las que ya están presentes, demandas crecientes de consumidores y mercados en constante transformación, existe un trabajo silencioso, paciente y de largo plazo que pocas veces ocupa titulares.

Sin embargo, de ese esfuerzo depende en gran medida la capacidad del agro para adaptarse y seguir produciendo ahora y en las décadas venideras. Se trata de la conservación de los recursos genéticos para la alimentación y la agricultura, una tarea que en la Argentina tiene al INTA como principal protagonista.

“La principal misión es la conservación y el uso sostenible de los recursos genéticos para alimentación y agricultura”, explicó Paula Calvo, técnica de INTA Alto Valle.

Bajo ese paraguas conviven universos muy distintos pero profundamente conectados: cultivos, animales, microorganismos y especies forestales. Todos forman parte de un mismo objetivo: preservar la diversidad biológica que sostiene la producción agropecuaria.

Un patrimonio estratégico



Cuando se habla de recursos genéticos no se trata únicamente de semillas o plantas. El concepto es mucho más amplio: incluye cultivos, ganado, microorganismos útiles para la industria alimentaria y bioinsumos, e incluso patógenos de referencia para investigación. Todo ello vinculado al sistema productivo.

Banco de germoplasma, en INTA Guerrico.


“Tenemos colecciones de microorganismos que se pueden utilizar para bioinsumos, industrias lácteas o vitivinícolas, y también microorganismos patógenos de referencia”, señala la profesional del INTA. A esto se suman los recursos forestales y ganaderos, conformando un entramado clave para la producción presente y futura.

La tarea no es nueva. Comenzó prácticamente junto con la creación del INTA. “Los primeros bancos de germoplasma se crean en 1958; el primero fue el de maíz en Pergamino”, recuerda. Con el paso de los años, la red se expandió hasta conformar cuatro grandes subredes: fitogenéticos, zoogenéticos, microorganismos y forestales.

“Los recursos genéticos se conservan para el uso actual, pero también para un uso futuro que muchas veces es inimaginable”.

Paula Calvo, técnica INTA Alto Valle.

El objetivo central atraviesa todas ellas: conservar diversidad para el uso actual y para el futuro. Y ese futuro, muchas veces, es incierto. “Los recursos genéticos se conservan para el uso actual, pero también para un uso futuro que muchas veces es inimaginable”, aclara Calvo.

Diversidad frente a la incertidumbre



La conservación genética es, en esencia, una estrategia de anticipación. Los bancos resguardan genes que tal vez hoy no tengan utilidad aparente, pero que pueden resultar cruciales mañana.

Banco de germoplasma, INTA Guerrico.


“Los genes de resistencia están ahí, conservados, incluso frente a plagas que hoy no conocemos”, explican. La historia demuestra que esa previsión no es exagerada. Las nuevas enfermedades, los cambios en el clima y las transformaciones del mercado obligan a encontrar respuestas rápidamente.

En ese contexto, la diversidad genética se vuelve una herramienta clave de adaptación. “Ante los cambios ambientales que van a ser más fuertes y acelerados, la diversidad genética es una respuesta”, dice Calvo.

“Ante los cambios ambientales que van a ser más fuertes y acelerados, la diversidad genética es una respuesta”.

Actualmente, solo en recursos fitogenéticos existen 23 bancos activos en el país, con un banco base en Castelar que actúa como respaldo de largo plazo. Allí se conservan duplicados de semillas en condiciones extremas de frío, como una especie de seguro ante cualquier imprevisto.

“El banco base es un backup: permite restituir material si ocurre algún problema en los bancos activos”, explica la profesional.

Cómo se conserva la vida



La conservación adopta múltiples formas según el organismo. Semillas almacenadas en cámaras de frío, plantas mantenidas a campo, microorganismos conservados en nitrógeno líquido, animales preservados mediante rodeos o material reproductivo. Cada especie exige su propia estrategia.

Banco de germoplasma, INTA Guerrico.


En ganadería, por ejemplo, la conservación puede realizarse mediante rodeos vivos o mediante semen, ovocitos y embriones congelados. En microorganismos, la ultra baja temperatura es la norma. En forestales y cultivos, se combinan conservación a campo, semillas e incluso cultivo in vitro. Para Calvo “es todo un universo de conocimiento y desarrollo tecnológico; cada especie es un mundo en sí mismo”.

El caso de las manzanas y peras



Uno de los ejemplos más emblemáticos se encuentra en el banco de germoplasma de pomáceas. Allí se conservan alrededor de 800 entradas de manzanos y unas 100 de perales.

Banco de germoplasma, INTA Guerrico.


El banco nació en los años 90 ante una preocupación concreta: la pérdida de variabilidad genética. “Se estaba cultivando muy pocas variedades y eso deja fuera una enorme diversidad que, si no se conserva, se pierde”.

La respuesta fue un enorme operativo de rescate. Se reunieron materiales dispersos en estaciones experimentales, facultades, jardines y campos de productores. Incluso se recuperaron colecciones históricas provenientes de Mendoza y materiales importados desde Inglaterra que datan del siglo XIX.

Banco de germoplasma de pomáceas

800
entradas de manzanos y unas 100 de perales se conservan en el banco de pomáceas.

“Se rescataron viejas colecciones que hoy ya no existen más”, explica Calvo. Así nació una colección única, que sigue creciendo con nuevas incorporaciones y colectas en distintas regiones.

Uno de los ejemplos más claros del valor de estos bancos es el resurgimiento de la sidra artesanal en Argentina. Lo que comenzó como una tendencia incipiente terminó generando una demanda concreta de variedades específicas de manzana.

“Para el banco de pomáceas se rescataron viejas colecciones que hoy ya no existen más”.

“Si en los 90 alguien decía que en 2025 habría un sector buscando variedades específicas para sidra, nadie lo hubiera imaginado”, comenta sobre uno de los valores del banco de germoplasma.

Productores que viajaron a Europa descubrieron que las sidras de alta calidad se elaboran con variedades distintas a las tradicionales. Buscaron esas manzanas… y estaban en el banco.

“Si en los 90 alguien decía que en 2025 habría un sector buscando variedades específicas para sidra, nadie lo hubiera imaginado”.

A partir de allí comenzó un trabajo conjunto con productores, universidades y centros de capacitación. Se realizaron microfermentaciones, degustaciones y caracterizaciones hasta seleccionar las mejores. “Probábamos: esta me gusta, esta no, esta tiene tal característica”.

El resultado fue la inscripción de nuevas variedades aptas para la producción sidrera. Hoy ya existen nueve registradas y seis en proceso, abriendo una nueva oportunidad productiva. “En esas 15 variedades los sidreros pueden elegir distintas fechas de cosecha y perfiles de fermentación”, cuenta la profesional del INTA.

Ciencia paciente



El trabajo detrás de cada variedad es largo y meticuloso. La caracterización completa de una entrada puede llevar al menos seis años de estudios sostenidos. “Necesitamos seis años de caracterización efectiva para completar la ficha de una entrada”, explica Calvo.

Banco de germoplasma, INTA Guerrico.


Se analizan floración, productividad, comportamiento agronómico, calidad de fruta y múltiples variables. Luego, según las demandas productivas, se profundiza en características específicas como resistencia a enfermedades o aptitud industrial. Es un proceso lento, pero imprescindible. Sobre todo cuando se manejan cientos de genotipos.

Un rol clave a nivel nacional



La magnitud del trabajo es enorme. En recursos fitogenéticos, el INTA conserva el 96% de los recursos para alimentación y agricultura del país, siendo “la única institución con una estructura formal y continua de conservación a nivel nacional”.

Este rol responde también a una responsabilidad global. Desde la Revolución Verde de los años 60, el mundo tomó conciencia de la pérdida de diversidad genética causada por la agricultura moderna. Los países comenzaron entonces a desarrollar sistemas de conservación propios. “Las luces rojas se encendieron cuando se vio el fuerte estrechamiento genético”.

Hoy, además, existe un componente legal y estratégico: los países son soberanos sobre sus recursos genéticos y responsables de su uso sustentable.

Semillas del futuro



La conservación genética puede parecer una tarea distante del productor, pero su impacto es directo. Cada nueva variedad resistente, cada cultivo adaptado al clima, cada oportunidad productiva emergente tiene su origen en estos bancos.

Es una inversión a largo plazo, una apuesta al futuro del agro. Porque “los bancos están para cosas que hoy no sabemos para qué van a servir”. Y en esa incertidumbre, precisamente, reside su valor.


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En un mundo donde la producción agropecuaria enfrenta desafíos cada vez más complejos como el cambio climático, la aparición de nuevas plagas o el fortalecimiento de las que ya están presentes, demandas crecientes de consumidores y mercados en constante transformación, existe un trabajo silencioso, paciente y de largo plazo que pocas veces ocupa titulares.

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