Rutas que no perdonan
En Río Negro y Neuquén se cobran una vida cada dos días.
Editorial
Las rutas de Río Negro y Neuquén se cobran una vida cada dos días, según los últimos registros disponibles. Y aunque la gran mayoría de los siniestros se producen por errores de los humanos al frente del volante, también es cierto que el calamitoso estado y la falta de planificación en el trazado de las rutas de nuestras provincias agregan una cuota importante de inseguridad.
Un reciente informe de este diario puso en evidencia, una vez más, la verdadera carrera de obstáculos, con riesgos para vehículos y personas, que tienen que enfrentar quienes circulan a diario por la Ruta 22 entre Cipolletti y Allen y la Ruta 7, que une Neuquén, Centenario y la zona petrolera de Añelo.
Hace unos años, el exdirector del Instituto de Seguridad Vial (Isev) Eduardo Bertotti acuñó la frase “camino que perdona” para explicar la necesidad de construir redes viales que ayuden a evitar los errores humanos o al menos brinden un “colchón de seguridad” una vez que se ha producido la mala maniobra, para evitar que ésta termine en un choque o vuelco. Esto implica estudios de siniestralidad vial que identifiquen las “zonas negras”, con los tipos de siniestro más frecuentes en cada lugar y así modificar trazas o agregar elementos para dar una segunda oportunidad incluso a los imprudentes.
Las principales rutas de nuestra región están muy lejos de ese concepto. El tramo de la Ruta 22 que une Neuquén con Chichinales fue asfaltado en la década del 60, cuando en todo el Alto Valle vivían poco más de 130.000 personas, los vehículos rara vez sobrepasaban los 100 kilómetros por hora y la fruticultura con destino de exportación y la petrolera eran actividades incipientes. Hoy, con una población estimada en más de 600.000 habitantes, la red vial sigue siendo básicamente la misma, cuando por ella circulan más de 3.000 vehículos por día y más de 60.000 cruzan a diario el puente entre Neuquén y Cipolletti. Con un agravante: en la década del 60 el tren era todavía el principal vehículo de cargas y un habitual medio de transporte de pasajeros, algo que varió en beneficio del camión y del colectivo, respectivamente.
Conscientes de la enorme saturación que sufrían nuestros caminos, desde los años 90 se han intentado diversas fórmulas para mejorar el sistema vial en el Comahue, con magros resultados.
Durante el gobierno de Carlos Menem fue el sistema de concesiones viales privadas, que permitió construir el actual segundo puente carretero y las multitrochas desde Neuquén hacia Plottier y hacia Centenario por la Ruta 7. Pero a poco de andar, se verificó una fuerte resistencia al pago del peaje, por escasez de vías alternativas y descontento con los incumplimientos y demoras de varias de las concesionarias. Para no hablar de la sospecha de casos de corrupción.
Tras la debacle del 2001, el eje estuvo puesto en la inversión estatal directa. Ya en mayo del 2004, el entonces presidente Néstor Kirchner anunciaba junto al gobernador Miguel Saiz y el entonces intendente cipoleño Alberto Weretilneck la construcción de la multitrocha en la 22 hasta Chichinales con una inversión de más de 100 millones de pesos y fondos para repavimentar las rutas 23, 237, 258, 3 y 151, entre otras. Doce años después, el proyecto de la 22 sigue en veremos, con menos de la mitad terminado y años de inconvenientes: cortes y desvíos de caminos, eternos movimientos de suelo y tachos fluorescentes que cambian de lugar, pero siempre para incomodidad de los automovilistas. Y dejó un tercer puente entre Río Negro y Neuquén, pero sin accesos ni conexión con el principal corredor vial.
La administración de Mauricio Macri ha prometido que terminará y mejorará las obras. La interminable pavimentación de la Ruta 23 concluiría en el 2017 y la ampliación de la 22 en tres o cuatro años, señaló el nuevo titular de Vialidad. También habría una “ruta del petróleo”, con doble carril hacia y desde Añelo, ésta sin fecha. Aunque se prometió escuchar la opinión de intendentes y gobernadores, nada se dijo de tener una base datos centralizada e información científica que ayude a planificar mejor los nuevos caminos.
Es de esperar que se aprenda de los errores cometidos. Porque, en tanto la educación vial no cambie la cultura de manejo de los argentinos, la existencia de rutas que no perdonan seguirá facilitando la muerte de 98 rionegrinos y 127 neuquinos, como ocurrió en el 2015.
Editorial
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