Secuencia en azul

Por Redacción

A pesar de la bancarización y su arrolladora presencia, para muchos de nosotros -entre los que me cuento- hacer esas interminables colas tiene su encanto. Es como algo masoquista, producto a veces de no estar integrado al cajero automático y a veces, esa suerte de desidia que hace pagar todo junto y el mismo día que vence. ¿Es usted una de estas almas marginales de la era tecnotrónica? ¿Prefiere lidiar con un cajero y con ochenta compañeros de infortunio, adhiriendo a la romántica teoría que elige pelear con un humano a perder con un bicho computado? Usted es de los míos, lo que indica que el comentario que sigue puede serle útil, puesto que es producto directo de la experiencia recorriendo el cordón azul (por alguna razón que excede la mía, siempre me toca el azul, bonito color por cierto).

Pero primero déjeme contarle mis reflexiones sobre los prejuicios. No, no es otro tema. Es que la secuencia en azul, ese ritmo hipnótico que hace balancearse levemente mientras se avanza, debe tener algún efecto estimulante en las neuronas, porque surgen pensamientos y comentarios mentales inducidos por tanto gusano arrastrándose hacia el cajero.

Al grano. Ayer estuve sumida en esta experiencia multitudinaria y anónima, muy lejos aún las cajas y mirando de vez en cuando un enorme reloj que cuyas agujas también se arrastraban desmayadamente. Unas vueltas de cordón azul adelante, pero aún muy atrás de los primeros, empezó un movimiento, diría una danza entre una mujer con un bebé en brazos y un hombre que a su lado le tocaba el hombro, luego al nene y luego señalaba para adelante, y supongo que esta sincronía, contraria al balanceo general, fue lo que sacó a mi neurona de su nirvana. No fui la única, aunque no estaban claras las intenciones del señor, del cual, ya puedo decirlo, lo primero que resaltó fue una gorrita de Boca. Lo segundo, una alcancía colgada del cuello, y lo tercero, que la mujer trataba de ignorarlo, respuesta que parecía acicatear el dedo de mi hermano boquense, que tanto iba al hombro de ella, como al gorrito del bebé como a algún ignoto lugar hacia delante. Hasta que me di cuenta que no podía hablar y que le estaba indicando que por tener un bebé no tenía que hacer la cola, pasaron algunos incómodos segundos. Así que de metida que soy nomás le traduje a la susodicha que el señor tenía razón, que fuera directo a la caja.

Está claro que no sólo lo traduje en palabras, dado que mi hermano boquense no podía emitirlas, sino que lo traduje socialmente, puesto que yo era una igual a ella, alguien «normal». Cuestión en realidad físicamente innecesaria: el hombre era, a su modo, perfectamente claro, pero así funcionan los prejuicios. Ella se sentía incómoda, seguramente rogando que el tipo dejara de pedirle una moneda y se fuera, y resulta que sólo estaba prestándole un servicio, que, dicho sea de paso, aprovechó inmediatamente.

Consejos: si tiene que ir a hacer cola, llévese un bebé. Es muy útil. También ayuda el embarazo, aún el fingido, si bien en este caso trate de ser mujer o de parecerlo y no se apoye con la panza en el mostrador; cualquier embarazada cuida su frente.

Y si no le gustan las trampitas, podría ayudar estar atento a qué cajero se desocupa y no esperar que el de atrás se lo indique. De paso -detalle no menor- hará unos muy sanos ejercicios de cuello. Igualmente, ahorra su tiempo (y el mío) si ya llega a la meta con los papeles, la plata o lo que sea en la mano, en vez de empezar a revolver bolsillos y carteras. Finalmente, si usted es de esos ciudadanos indignados que al llegar su turno aprovecha para quejarse, olvídelo: a nadie le importa. Sólo queremos que usted termine y avance el gusano en el camino azul.

Ah: nunca desconfíe de un hincha de Boca.

 

María Emilia Salto

bebasalto@hotmail.com


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