Seducir al capital

Redacción

Por Redacción

A pesar de tener la reputación de ser despiadadas máquinas de calcular ajenas a las emociones humanas, los encargados de los grandes fondos de inversión son tan propensos como cualquiera a dejarse guiar por sentimientos irracionales. Por motivos que en retrospectiva parecen arbitrarios, deciden que un país determinado tiene el futuro asegurado para entonces colmarlo de dinero, sólo para descubrir que se trataba de una ilusión más. No se equivocan, pues, el presidente Mauricio Macri, el ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay y otros miembros de sus diversos equipos económicos al intentar convencerlos de que les convendría prestar más atención a las oportunidades brindadas por la Argentina. Si bien la trayectoria de nuestro país en dicho ámbito ha sido extraordinariamente mala y, según los escépticos, tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que “la comunidad internacional” confíe en las promesas de sus gobernantes, no se trata de una misión imposible. Por el contrario, siempre y cuando el macrismo logre consolidarse en el poder, la Argentina podría verse beneficiada por la caída de una de las estrellas más recientes del firmamento económico mundial, Brasil. Parecería que algo así ya está sucediendo: acaba de informarse que el índice riesgo país de la Argentina es menor que el brasileño, de 439 puntos contra 521. Aún es muy alto pero, a menos que la crisis económica se agrave mucho en los meses próximos, podría continuar reduciéndose hasta llegar a un nivel considerado aceptable. Entre los inversores en potencia están diversas empresas brasileñas que, alarmadas por los peligros tanto políticos como económicos enfrentados por su propio país, están pensando en las ventajas de trasladar una parte de sus actividades a la Argentina. Para ellas, la eliminación rápida del cepo cambiario fue una señal casi irresistible de que en un lapso muy breve nuestro país podría hacerse mucho más competitivo. Asimismo, en otras partes del mundo, la apertura todavía limitada de la Argentina está motivando mucho interés. Aunque sólo una proporción pequeña de los inversores se animara a probar suerte aquí, el aporte resultante sería más que suficiente como para poner en marcha un proceso de crecimiento vigoroso, pero también, claro está, entrañaría algunos riesgos, ya que la necesidad de conservar la confianza de los financistas y empresarios obligaría al gobierno a tomar en cuenta sus intereses, lo que podría provocar reacciones políticas muy fuertes. Mientras que en algunas partes del mundo la ciudadanía, y por lo tanto los políticos y sindicalistas, entiende muy bien que sería desastroso para todos procurar ahuyentar a los inversores, amplios sectores en la Argentina están acostumbrados a minimizar las consecuencias concretas que tendría una estrategia orgullosamente nacionalista. Si bien el conflicto con los fondos buitre ha sido terriblemente costoso para el país, en términos políticos la intransigencia agresiva del gobierno kirchnerista no lo perjudicó en absoluto. A través de los años, la Argentina ha oscilado entre “el mundo” por un lado y distintas versiones de vivir con lo suyo por el otro. Si bien a esta altura no cabe duda alguna de que el aislacionismo económico sólo sirve para agravar la inequidad al hacer crecer los bolsones de pobreza extrema y permitir el enriquecimiento de empresarios cortesanos, los defensores del orden corporativista han sabido mantenerlo aprovechando el sentir nacionalista de las víctimas principales del sistema. Puesto que la etapa populista más reciente, como todas las anteriores, ha terminado mal, la mayoría votó nuevamente por un gobierno decidido a reincorporar el país al orden internacional existente, pero de multiplicarse las dificultades no tardaría en producirse una reacción. El presidente Macri y sus colaboradores apuestan a que las inversiones lleguen a tiempo para privar a los aislacionistas de pretextos convincentes para frustrar las reformas que se han propuesto; si los interesados en hacer negocios aquí optan por esperar hasta que se hayan solucionado todos los muchos problemas urgentes que han dejado los kirchneristas, se vería perjudicada no sólo la Argentina sino también los inversores mismos, ya que, bien administrado, el país podría contribuir mucho a la economía mundial.


A pesar de tener la reputación de ser despiadadas máquinas de calcular ajenas a las emociones humanas, los encargados de los grandes fondos de inversión son tan propensos como cualquiera a dejarse guiar por sentimientos irracionales. Por motivos que en retrospectiva parecen arbitrarios, deciden que un país determinado tiene el futuro asegurado para entonces colmarlo de dinero, sólo para descubrir que se trataba de una ilusión más. No se equivocan, pues, el presidente Mauricio Macri, el ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay y otros miembros de sus diversos equipos económicos al intentar convencerlos de que les convendría prestar más atención a las oportunidades brindadas por la Argentina. Si bien la trayectoria de nuestro país en dicho ámbito ha sido extraordinariamente mala y, según los escépticos, tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que “la comunidad internacional” confíe en las promesas de sus gobernantes, no se trata de una misión imposible. Por el contrario, siempre y cuando el macrismo logre consolidarse en el poder, la Argentina podría verse beneficiada por la caída de una de las estrellas más recientes del firmamento económico mundial, Brasil. Parecería que algo así ya está sucediendo: acaba de informarse que el índice riesgo país de la Argentina es menor que el brasileño, de 439 puntos contra 521. Aún es muy alto pero, a menos que la crisis económica se agrave mucho en los meses próximos, podría continuar reduciéndose hasta llegar a un nivel considerado aceptable. Entre los inversores en potencia están diversas empresas brasileñas que, alarmadas por los peligros tanto políticos como económicos enfrentados por su propio país, están pensando en las ventajas de trasladar una parte de sus actividades a la Argentina. Para ellas, la eliminación rápida del cepo cambiario fue una señal casi irresistible de que en un lapso muy breve nuestro país podría hacerse mucho más competitivo. Asimismo, en otras partes del mundo, la apertura todavía limitada de la Argentina está motivando mucho interés. Aunque sólo una proporción pequeña de los inversores se animara a probar suerte aquí, el aporte resultante sería más que suficiente como para poner en marcha un proceso de crecimiento vigoroso, pero también, claro está, entrañaría algunos riesgos, ya que la necesidad de conservar la confianza de los financistas y empresarios obligaría al gobierno a tomar en cuenta sus intereses, lo que podría provocar reacciones políticas muy fuertes. Mientras que en algunas partes del mundo la ciudadanía, y por lo tanto los políticos y sindicalistas, entiende muy bien que sería desastroso para todos procurar ahuyentar a los inversores, amplios sectores en la Argentina están acostumbrados a minimizar las consecuencias concretas que tendría una estrategia orgullosamente nacionalista. Si bien el conflicto con los fondos buitre ha sido terriblemente costoso para el país, en términos políticos la intransigencia agresiva del gobierno kirchnerista no lo perjudicó en absoluto. A través de los años, la Argentina ha oscilado entre “el mundo” por un lado y distintas versiones de vivir con lo suyo por el otro. Si bien a esta altura no cabe duda alguna de que el aislacionismo económico sólo sirve para agravar la inequidad al hacer crecer los bolsones de pobreza extrema y permitir el enriquecimiento de empresarios cortesanos, los defensores del orden corporativista han sabido mantenerlo aprovechando el sentir nacionalista de las víctimas principales del sistema. Puesto que la etapa populista más reciente, como todas las anteriores, ha terminado mal, la mayoría votó nuevamente por un gobierno decidido a reincorporar el país al orden internacional existente, pero de multiplicarse las dificultades no tardaría en producirse una reacción. El presidente Macri y sus colaboradores apuestan a que las inversiones lleguen a tiempo para privar a los aislacionistas de pretextos convincentes para frustrar las reformas que se han propuesto; si los interesados en hacer negocios aquí optan por esperar hasta que se hayan solucionado todos los muchos problemas urgentes que han dejado los kirchneristas, se vería perjudicada no sólo la Argentina sino también los inversores mismos, ya que, bien administrado, el país podría contribuir mucho a la economía mundial.

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