Separatistas se anotan un tanto
Podría tomarse la reacción local al fallo “no vinculante”, o sea en buena medida teorético, de la Corte Internacional de Justicia de La Haya según el que fue “legal” la declaración unilateral de independencia de Kosovo a comienzos del 2008 por evidencia de que la Argentina se interesa mucho en lo que está sucediendo en los Balcanes, pero la verdad es que, si bien hay algunos que se preocupan por los conflictos sumamente complejos que desde hace siglos han hecho de la zona así denominada un polvorín, la razón por la que nuestros representantes se han negado a reconocer el derecho de los kosovares a separarse de Serbia consiste en su eventual incidencia en la disputa al parecer eterna con el Reino Unido en torno a las Malvinas, donde la población no quiere ser gobernada desde Buenos Aires. Huelga decir que la Argentina dista de ser el único país que privilegia sus propias prioridades por encima de aquellas de las personas directamente afectadas. España, que teme caer víctima del virus separatista, sigue resistiéndose a la existencia de un Kosovo independiente, mientras que los nacionalistas vascos y catalanes no ocultan la satisfacción que sienten por la opinión de los juristas de La Haya, ya que a su juicio el precedente podría resultarles muy útil. Es paradójico que en un mundo tan “globalizado” como el actual, uno en que la interdependencia está erosionando cada vez más la soberanía tradicional incluso en los países más poderosos, hayan proliferado tanto los movimientos separatistas. Aunque Serbia y Kosovo quieren formar parte de la Unión Europea, una confederación en que las autoridades centrales en Bruselas están adjudicándose una proporción creciente de los poderes que antes eran considerados propios de los gobiernos nacionales, las perspectivas abiertas por dicho objetivo no han impresionado en absoluto a los nacionalistas serbios y kosovares. A pesar de compartir la voluntad de convertirse en provincias del mismo “superestado”, insisten en pensar en términos apropiados para la Europa de hace más de medio siglo. En España, ni siquiera los nacionalistas regionales más fervorosos se han propuesto salir de la Unión Europea, de suerte que, si los vascos y catalanes consiguieran la independencia soñada, podrían tener menos influencia que antes sobre los temas que más les importan, ya que en la actualidad el gobierno de un país relativamente grande está en condiciones de defender sus intereses con mayor fuerza que uno pequeño. Hoy en día las Naciones Unidas cuentan con 192 Estados miembros. ¿Sería catastrófico si hubiera 400 ó 600? No hay demasiados motivos para creerlo. Muchos países actuales, sobre todo en África y partes de Asia, son mosaicos de etnias distintas que nunca han logrado convivir pacíficamente. Por lo demás, hay pueblos que en buena lógica deberían tener su propio Estado pero que, por vivir en territorios dominados por otros, han sido privados del derecho a la autodeterminación que supuestamente conforma la piedra basal del orden internacional. Acaso los más perjudicados hayan sido los 35 millones de kurdos que, a pesar de ocupar territorios contiguos, tienen que resignarse a ser gobernados, a menudo con brutalidad, desde Teherán, Bagdad, Ankara y Damasco, si bien en la actualidad los que viven en Irak disfrutan de alto grado de autonomía. De todos modos, como nos han recordado el fallo “no vinculante” de La Haya y, más aún, la reacción frente a él de los distintos gobiernos, algunos de ellos democráticos y otros dictatoriales, tendrán que transcurrir muchos años antes de que el mapa político del mundo refleje con cierta precisión la realidad étnica, lingüística, religiosa y, claro está, emotiva. Lo ideal sería que todos se sintieran conformes con su estatus nacional, que no hubiera minorías convencidas de ser víctimas de la prepotencia nacionalista ajena, pero la posibilidad de alcanzarlo de acuerdo común es virtualmente nula. Al fin y al cabo, si, como en el caso de los pueblos balcánicos, la convicción de que tarde o temprano todos se verán incorporados en la Unión Europea y por lo tanto sometidos a las mismas leyes no ha servido para que sean más pacientes, sería vano esperar que en otras partes del mundo el proceso de globalización ayudara a apaciguar a los que, alentados por el fallo de La Haya, esperan emular a los kosovares.
Podría tomarse la reacción local al fallo “no vinculante”, o sea en buena medida teorético, de la Corte Internacional de Justicia de La Haya según el que fue “legal” la declaración unilateral de independencia de Kosovo a comienzos del 2008 por evidencia de que la Argentina se interesa mucho en lo que está sucediendo en los Balcanes, pero la verdad es que, si bien hay algunos que se preocupan por los conflictos sumamente complejos que desde hace siglos han hecho de la zona así denominada un polvorín, la razón por la que nuestros representantes se han negado a reconocer el derecho de los kosovares a separarse de Serbia consiste en su eventual incidencia en la disputa al parecer eterna con el Reino Unido en torno a las Malvinas, donde la población no quiere ser gobernada desde Buenos Aires. Huelga decir que la Argentina dista de ser el único país que privilegia sus propias prioridades por encima de aquellas de las personas directamente afectadas. España, que teme caer víctima del virus separatista, sigue resistiéndose a la existencia de un Kosovo independiente, mientras que los nacionalistas vascos y catalanes no ocultan la satisfacción que sienten por la opinión de los juristas de La Haya, ya que a su juicio el precedente podría resultarles muy útil. Es paradójico que en un mundo tan “globalizado” como el actual, uno en que la interdependencia está erosionando cada vez más la soberanía tradicional incluso en los países más poderosos, hayan proliferado tanto los movimientos separatistas. Aunque Serbia y Kosovo quieren formar parte de la Unión Europea, una confederación en que las autoridades centrales en Bruselas están adjudicándose una proporción creciente de los poderes que antes eran considerados propios de los gobiernos nacionales, las perspectivas abiertas por dicho objetivo no han impresionado en absoluto a los nacionalistas serbios y kosovares. A pesar de compartir la voluntad de convertirse en provincias del mismo “superestado”, insisten en pensar en términos apropiados para la Europa de hace más de medio siglo. En España, ni siquiera los nacionalistas regionales más fervorosos se han propuesto salir de la Unión Europea, de suerte que, si los vascos y catalanes consiguieran la independencia soñada, podrían tener menos influencia que antes sobre los temas que más les importan, ya que en la actualidad el gobierno de un país relativamente grande está en condiciones de defender sus intereses con mayor fuerza que uno pequeño. Hoy en día las Naciones Unidas cuentan con 192 Estados miembros. ¿Sería catastrófico si hubiera 400 ó 600? No hay demasiados motivos para creerlo. Muchos países actuales, sobre todo en África y partes de Asia, son mosaicos de etnias distintas que nunca han logrado convivir pacíficamente. Por lo demás, hay pueblos que en buena lógica deberían tener su propio Estado pero que, por vivir en territorios dominados por otros, han sido privados del derecho a la autodeterminación que supuestamente conforma la piedra basal del orden internacional. Acaso los más perjudicados hayan sido los 35 millones de kurdos que, a pesar de ocupar territorios contiguos, tienen que resignarse a ser gobernados, a menudo con brutalidad, desde Teherán, Bagdad, Ankara y Damasco, si bien en la actualidad los que viven en Irak disfrutan de alto grado de autonomía. De todos modos, como nos han recordado el fallo “no vinculante” de La Haya y, más aún, la reacción frente a él de los distintos gobiernos, algunos de ellos democráticos y otros dictatoriales, tendrán que transcurrir muchos años antes de que el mapa político del mundo refleje con cierta precisión la realidad étnica, lingüística, religiosa y, claro está, emotiva. Lo ideal sería que todos se sintieran conformes con su estatus nacional, que no hubiera minorías convencidas de ser víctimas de la prepotencia nacionalista ajena, pero la posibilidad de alcanzarlo de acuerdo común es virtualmente nula. Al fin y al cabo, si, como en el caso de los pueblos balcánicos, la convicción de que tarde o temprano todos se verán incorporados en la Unión Europea y por lo tanto sometidos a las mismas leyes no ha servido para que sean más pacientes, sería vano esperar que en otras partes del mundo el proceso de globalización ayudara a apaciguar a los que, alentados por el fallo de La Haya, esperan emular a los kosovares.
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