Símbolos y derechos humanos

Por Redacción

Graciela Fernández Meijide sentenció: “Bajar el cuadro de Jorge Rafael Videla no tuvo ningún valor”. ¿Es realmente cierta esta afirmación de la exintegrante de la Conadep? ¿Qué significado tuvo y tiene para el país y el mundo ese acto? A fin de ordenar el estupor que dicha frase produce, es momento de revalorizar el concepto de Estado. Después de las dictaduras que asolaron la región, el surgimiento de las democracias conforma un nuevo escenario latinoamericano y la reformulación del rol del Estado, cuyo contenido se lo dan los gobiernos. Es así que se puede comprender la coexistencia de Estados de derecho con diversas agendas políticas a implementar. El bajar los cuadros tuvo dos valores simbólicos para el país: por un lado, visibilizar el horror, el pedido de perdón del Estado a través del gobierno de Kirchner por las aberraciones cometidas por esos genocidas “en nombre del Estado” y, por otro, hacia el futuro: un nunca más que se plasmará como política de Estado. Esto permite afirmar que a partir de ese acto no sólo hay Estado de derecho sino que hay “Estado de derechos humanos”, sólo posible en un Estado de derecho; aunque parezca redundante, no lo es. El bajar los cuadros significó eso: desde ese momento el Estado argentino se posicionó como Estado democrático de derechos humanos. Desde ese momento los actos que le dieron contenido fueron numerosos y diversos: la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los juicios, los monumentos en los distintos lugares, los documentos escritos y fílmicos, etcétera. En la actualidad ese camino se continúa con el enjuiciamiento a las corporaciones civiles cómplices de aquel proceso dictatorial. En definitiva, fue darle fin a la impunidad, promover la política de búsqueda de la verdad a través de la Justicia y mantener la memoria viva. Como dijo Elie Wiesel, olvidar significa un triunfo del perpetrador. Por ello podemos interpretar los actos que hacen historia pero no banalizarlos, permitirlo significa defender a los genocidas de nuestro pasado reciente. Asimismo, ese acontecimiento tuvo un gran valor simbólico para nuestra sociedad. Fue un gesto que nos permitió darnos cuenta de que los representantes elegidos por el pueblo dirigen a las Fuerzas Armadas. Abrió la puerta en el imaginario colectivo a que podíamos bajar los miedos de la última dictadura cívico-militar. Nos permitió volver a soñar con la idea de un pueblo soberano que puede escribir su historia, su presente y su futuro. Esto se debe a que vivimos atravesados por símbolos que estructuran nuestros imaginarios sociales. Estos imaginarios son lentes con los que vemos la realidad y la interpretamos. Estas imágenes colectivas atraviesan e influyen en nuestros miedos y en nuestras interpretaciones. En ese sentido, cabría preguntarse si nos hubiéramos animado a reabrir las causas de los delitos del último genocidio sin ese gesto de nuestro presidente. Sin esa imagen que nos permitió volver a soñar, ¿nos hubiéramos permitido ampliar derechos y sacar leyes como la de Matrimonio Igualitario y la de Identidad de Género? Es decir, lo maravilloso no sólo fue ordenar bajar un cuadro de un dictador, sino lo que nos animamos a hacer a partir de eso. (*) Docentes de la Universidad Nacional de Río Negro

SILVIA CONTRAFATTO Y ROBERTO SAMAR (*)