Amancay Zapatos: el arte de re(escribir) una tradición
En el marco del Día Internacional de la Mujer, la historia de una diseñadora que desafió un legado masculino y transformó el taller en red, refugio y revolución silenciosa.
Entre máquinas industriales, moldes de madera y olor a pegamento, durante décadas la zapatería tuvo nombre de varón. Pero toda tradición está destinada a ser cuestionada. Y en Neuquén, Amancay Martín decidió hacerlo con paciencia, perseverancia y una convicción clara: había otra forma de habitar ese mundo.
Técnica en Diseño de Indumentaria, egresada en 2006 de la primera promoción de la Escuela de Diseño en el Hábitat de Neuquén, supo pronto que la indumentaria no era exactamente su lugar. Buscaba algo más tangible, más rústico, más cercano al hacer con las manos. El calzado apareció como territorio propio.

No fue sencillo. Golpeó puertas de zapaterías una y otra vez hasta que, después de cuatro intentos fallidos, alguien aceptó enseñarle. Su maestro había aprendido de su padre, y este del suyo: una cadena de transmisión masculina que llevaba generaciones intacta. Amancay entró allí como excepción.

Desarmó sus propias sandalias para entender los moldes. Copió, cortó, cosió. Entre solventes y máquinas industriales descubrió que ese era su lenguaje. “Fue un proceso increíble”, recuerda. No solo estaba aprendiendo a hacer zapatos: estaba encontrando su lugar.

La formación fue intensa y, sobre todo, masculina. En Neuquén, en Bolívar —donde se perfeccionó en aparado y costura industrial— y más tarde en Buenos Aires, los referentes y maestros eran varones. Aunque cada vez más mujeres ocupaban las aulas, el reconocimiento seguía teniendo género.

En 2010 volvió a su ciudad con una línea propia de zapatillas urbanas de cuero y debutó en la primera Expo Mujer Comahue. Vendió, generó contactos y confirmó que existía un público buscando algo distinto. En vez de producir en serie, eligió otro camino: modelos base personalizables. Cada clienta podía decidir colores, texturas y detalles. El zapato dejaba de ser objeto para convertirse en expresión.
Un espacio que se volvió refugio
El verdadero punto de inflexión no fue una colección. Fue el momento en que empezó a enseñar.
Primero en su casa, con una sola alumna. Después en pequeños grupos. Hoy su taller es un espacio donde se aprende moldería y armado, sí, pero también se construye algo más profundo. “No es solo un trabajo, es mi lugar en el mundo”, dice.

Porque en esas mesas largas no solo se cosen capelladas: se comparten historias, silencios, maternidades, dudas y proyectos. El aprendizaje se vuelve excusa para el encuentro.
Desde el inicio enfrentó críticas y cuestionamientos de colegas convencidos de que existía una única forma “correcta” de hacer un zapato. “Mucho mansplaining”, resume. Explicaciones condescendientes, sugerencias no solicitadas y la presunción de que ella sabía menos incluso con años de experiencia. Con el tiempo, esas voces cambiaron de escenario y migraron a las redes sociales. Pero lejos de desanimarse, reforzaron su convicción.

Durante la pandemia nació una red que amplificó esa transformación: Zapateras Argentinas, un colectivo que hoy reúne a más de 80 mujeres de todo el país. Comparten datos de proveedores, estrategias comerciales y experiencias. Lo que antes era un camino solitario empezó a ser una comunidad.
Un taller con vida propia
Además de zapatera, Amancay es madre de dos hijos que crecieron entre moldes y máquinas. El taller fue también sala de juegos, espacio de crianza y escenario de celebraciones como el Día del Zapatero. Organizar horarios entre producción y maternidad no fue un detalle menor: fue parte de su manera de ejercer su profesión, integrando todos sus mundos.

Hoy se dedica exclusivamente a dar clases. “Empecé porque me insistían mucho”, cuenta. La enseñanza, en cierto modo, también estaba en su historia: sus padres eran docentes. Si antes el saber zapatero circulaba entre padres e hijos varones, hoy pasa de mujer a mujer.

Sin proponérselo como bandera, rompió una cadena histórica. La transmisión del conocimiento dejó de ser exclusivamente masculina. En su taller, decenas de mujeres aprenden a cortar, coser y armar zapatos desde cero. Pero también aprenden que compartir saberes es una forma de independencia.

En un rubro donde ella fue minoría, hoy es referente. Y en cada par que sale de su espacio no solo hay cuero y costuras: hay historia, determinación y una certeza nueva.
Este 8 de marzo, recuerda que las profesiones también se transforman cuando las mujeres las hacen propias. Porque cada espacio conquistado y compartido abre camino para que otras puedan crear, enseñar y crecer en red.
Entre máquinas industriales, moldes de madera y olor a pegamento, durante décadas la zapatería tuvo nombre de varón. Pero toda tradición está destinada a ser cuestionada. Y en Neuquén, Amancay Martín decidió hacerlo con paciencia, perseverancia y una convicción clara: había otra forma de habitar ese mundo.
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