Cerraron un camping en Los Alerces para dar alojamiento a los brigadistas voluntarios
La lluvia de las últimas horas dio un respiro en Cholila y Los Alerces. Pero advierten que "las raíces siguen prendidas aunque no se puedan ver".
Cuando el incendio que inició en el Lago Menéndez, en la zona norte del parque nacional Los Alerces, comenzó a propagarse, cruzando lagos y ríos, los responsables del camping Abuelo Daniel en Lago Rivadavia decidieron cerrar las puertas al turismo y brindar alojamiento a las brigadas voluntarias que desembarcaban en el lugar para ayudar en el combate del fuego.
Desde entonces, las jornadas arrancaron a las 5 o 6 de la mañana para preparar los desayunos, evaluar las condiciones del terreno y salir al campo en busca de puntos calientes, apagar nuevos focos o bien la defensa de viviendas. Por la tarde noche, se ofrecen cenas, y más allá de las guardias nocturnas cuando baja la temperatura, se trata de descansar, al menos tres o cuatro horas, para repetir la tarea al día siguiente. Una y otra vez.
Este camping lleva el nombre en honor al bisabuelo de Daniel Nataine que llegó a esa zona a principios del siglo pasado, desde Loncopué, en Neuquén. Está ubicado en el inicio de Villa Lago Rivadavia, a 8 kilómetros de la portada norte del parque Los Alerces y a 14 kilómetros de Cholila. Es administrado por Daniel Nataine y dos de sus hijos, Leila y Nicolás.

«Este fuego que se inició en el Lago Menéndez, a unos cuantos kilómetros, se propagó por lagos y ríos enteros hasta llegar a Villa Lago Rivadavia, se extendió por la ladera norte del cerro La Momia y quemó la casa de los vecinos Rosales. Pasó muy cerca de otras viviendas que fueron defendidas por las brigadas autoconvocadas y las pertenecientes a instituciones», relató Leila.
En una ocasión, el fuego rodeó el camping por varios frentes. «Tuvimos lenguas de fuego enfrente. Una brigada se contactó con mi papá y se tomó la decisión de abrir el camping para esos brigadistas organizados. Se montó una base operativo comunitaria y se habilitaron los dormis. Recibimos donaciones para sostener a los brigadistas en cuanto a insumos de comida, herramientas y traslados. Hemos puesto herramientas y vehículos para combatir el fuego», dijo.
El grupo fue variando, con un promedio de 30 brigadistas (aunque llegaron a tener un máximo de 40 personas) de diversos puntos de la Comarca Andina. «Han venido de otras zonas afectadas por los incendios. Se han acercado con el conocimiento de haber vivido la experiencia en carne propia para ayudar. Algunos, incluso, han perdido sus casas y hoy se dedican a la reconstrucción. Desarrollan un conocimiento autogestivo», recalcó Leila al tiempo que agradeció la ayuda y la solidaridad.
Los brigadistas «formales», cuestionó, están «en condiciones precarizadas, con contratos de tres meses. No tienen equipamiento. He visto a combatientes coser su ropa, sus borcegos, atando todo con alambre. La situación es tan extrema que la gente se organiza en brigadas. Si esperamos a que vengan los brigadistas (formales) que van a priorizar la vida, las viviendas y después el bosque, se hubieran quemado más casas».

En el contexto de los incendios, la jornada en el camping Abuelo Daniel arranca antes del amanecer con la preparación de los desayunos. La comunicación por handy con otras brigadas es esencial para conocer la situación antes de cada salida. «Sabiendo qué pasa, se define la logística: a dónde conviene poner la energía. Esto habla de la prudencia y la capacidad de pensar, sin salir a los tumbos a apagar un incendio«, advirtió Leila. Las cuadrillas recién regresan para la hora de la cena cuando baja el sol. «Llegan cansados con hambre, y al día siguiente, vuelven a arrancar. Han sido días de dormir tres horas, con suerte. Y ponen el cuerpo pero también lo hacen con buena energía«, dijo.
El objetivo central de la brigada voluntaria es defender la casa de algún poblador del fuego. O apagar los focos que se vayan detectando. Cada día, la atención está en cómo sopla el viento.
Mientras tanto, Leila, su pareja, su padre y su hermano -que dejó todo en El Bolsón para prestar ayuda- cocinan para sostener el trabajo solidario de la brigada que alternan con recorridas por el lugar que habitan desde hace años. Este conocimiento ayuda a los combatientes a saber por dónde pueden acceder a ciertos sectores.
«Vimos lenguas de fuego arrasando el bosque muy cerca de las casas. Veíamos el fuego rodeándonos por todos lados. Montañas enteras prendidas fuego. Vamos a exigir justicia porque esto se pudo haber evitado«, lamentó Leila y enfatizó que el impacto a nivel emocional es enorme aunque «la emergencia te hace tener los pies sobre la tierra. Hay que mantener la cabeza lo más fría posible para evaluar situaciones y actuar acorde a lo que se necesita«.
La lluvia, solo un respiro
Las precipitaciones de las últimas horas, las bajas temperaturas y el alto contenido de humedad sirvieron para aplacar las llamas. Pero los pobladores sabe que la situación volverá a tornarse compleja.
«Esto nos da un respiro a todos porque enfría las zonas calientes. Pero el fuego camina por debajo. Ayer fuimos a apagar un foco veías salir humo por debajo del suelo: las raíces siguen prendidas aunque no se ven», destacó la mujer que alterna su vida entre Bariloche, donde estudia Antropología en la Universidad Nacional de Río Negro, y la administración del camping en Villa Lago Rivadavia.

La familia Nataine vive del turismo así como muchos de sus vecinos, de la producción ganadera, también golpeada por el fuego. Pero advierte que la actividad económica es el impacto menor. Sabe que ese lugar ya no volverá a ser el mismo y no volverán a ver los bosques que conocieron.
Cuando el incendio que inició en el Lago Menéndez, en la zona norte del parque nacional Los Alerces, comenzó a propagarse, cruzando lagos y ríos, los responsables del camping Abuelo Daniel en Lago Rivadavia decidieron cerrar las puertas al turismo y brindar alojamiento a las brigadas voluntarias que desembarcaban en el lugar para ayudar en el combate del fuego.
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