Detrás de escena: empatía en acción
Historia de una mujer que eligió la solidaridad y el voluntariado como verdadero compromiso y estilo de vida personal.
El 8 de marzo, cuando el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer, me invade una mezcla de gratitud, reflexión y compromiso. Gratitud por las mujeres que me antecedieron y abrieron caminos; reflexión sobre los desafíos aún pendientes; y compromiso por seguir trabajando para que cada acción solidaria deje una huella profunda y transformadora.
Ser mujer implica, muchas veces, habitar múltiples mundos: el profesional, el familiar, el comunitario y el íntimo. Para mí, el voluntariado fue la puerta que me conectó con lo esencial: el encuentro con el otro y la dignidad de cada persona.
Detrás de escena: Vida ¿Sana?
Empecé mi camino como voluntaria en el secundario, sin saber que ese primer paso me marcaría para siempre. Fue allí, al lado de otros, escuchando, acompañando y aprendiendo, donde comprendí que la solidaridad no es un acto aislado sino una forma de estar en el mundo.
Hoy, al mirar a mi alrededor, veo mujeres que construyen redes de apoyo, lideran proyectos de inclusión, acompañan procesos educativos y sostienen con amor cada iniciativa comunitaria. Veo madres que enseñan, emprendedoras que inspiran y jóvenes que no se rinden ante la adversidad. Veo mujeres que viven el voluntariado como un compromiso ético con la justicia social.
En mi experiencia al frente de la Fundación Nordelta —que este año cumple 25 años desde su creación—, y en otras organizaciones con las que colaboro, aprendí que el voluntariado no se trata de “dar” desde la abundancia, sino de compartir desde la propia vulnerabilidad. Es comprender que en el encuentro con el otro, yo también me transformo. El voluntariado nos devuelve humanidad, nos recuerda que todos tenemos algo para aportar y algo para recibir, y que donde nacemos no debería condicionar nuestro futuro.
En este 8 de marzo pienso especialmente en aquellas mujeres que muchas veces no reciben reconocimiento: las que trabajan en comedores comunitarios, las que acompañan a personas con discapacidad, las que enseñan sin esperar un diploma, las que sostienen vínculos que otros dan por sentados. Son mujeres cuyo voluntariado se vive en silencio, lejos de los reflectores, pero que construyen, día a día, comunidades más fuertes y justas.
Se dice que la historia suele ser escrita por quienes tienen la voz más alta. Pero yo sostengo que la verdadera historia del cambio social —ese cambio real que transforma vidas— está siendo escrita por manos humildes, miradas atentas y corazones dispuestos a servir.
Hoy quiero invitar a cada mujer —y a cada persona— a preguntarse: ¿cómo puedo sembrar más dignidad en mi entorno? ¿Qué acción solidaria puedo sostener con constancia y cariño? No se trata de grandes gestos excepcionales, sino de consistencia y coherencia. Se trata de estar donde se necesita estar, de escuchar más de lo que juzgamos y tender puentes más que explicar caminos.
En un mundo que muchas veces nos empuja a la competitividad y la velocidad, el voluntariado es un acto de desaceleración intencional. Es sentarse con el otro, mirarlo a los ojos y decir: “Estoy contigo”. Esa frase —aunque simple— tiene un poder transformador.
Este 8 de marzo, celebremos a las mujeres que abren puertas, construyen espacios y abrazan causas. Pero también celebremos la decisión de seguir caminando juntas para que ninguna quede atrás. Que el verdadero homenaje a la mujer sea no solo un día de reconocimiento, sino una vida entera de acciones que promuevan justicia, igualdad y solidaridad.
Porque ser mujer y voluntaria es, ante todo, practicar la empatía con valentía. Y esa valentía cambia el mundo.
El 8 de marzo, cuando el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer, me invade una mezcla de gratitud, reflexión y compromiso. Gratitud por las mujeres que me antecedieron y abrieron caminos; reflexión sobre los desafíos aún pendientes; y compromiso por seguir trabajando para que cada acción solidaria deje una huella profunda y transformadora.
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