Los vio llegar con todo el apuro a cuestas. Presos de ése llamado que los convocó ese día de verano al cuartel. Entraron volando y un minuto después salieron, más rápido. Facundo estaba allí, la escena lo enardeció. Siempre había demostrado una simpatía especial con el cuartel -tiene varias fotos de niño arriba de las autobombas y su papá integró el cuerpo en su juventud- pero estar ese día ahí le hizo estallar la adrenalina por dentro. Tuvo la puntería de entrar a averiguar por el curso de aspirante el 23 de diciembre del 2015, unos minutos antes de que un llamado alertara sobre el incendio en un departamento en el primer piso de un edificio en pleno centro. No hubo retorno: quería ser bombero.

Un año después, con 18 años recién cumplidos recibía el aprobado del curso, un handy y el número de voluntario 281 grabado en un casco.

El verano pasado lo encontró en incendios de pastos, rescates de animales en el Canal Principal de Riego y en accidentes en la Ruta 22. Cuenta que hace poco asistió al incendio de una casa en Stefenelli que se consumió por completo y también participó de los rastrillajes que intentaban dar con la pequeña Delfina en el desagüe.

Facundo conjuga su actividad en el cuartel con su asistencia a una escuela técnica. Cursa el sexto año en el CET 3 y en un futuro quiere arrancar la carrera de contador. Además es miembro del Parmanento Juvenil argentino, que lo llevó este año hasta Montevideo a un encuentro latinamericano para debatir sobre cómo mejorar la escuela secundaria.

En su día a día va al gimnasio, practica vóley, sale al centro con su novia y también se junta con sus amigos, pero pone pausa cuando una voz del otro lado pide ayuda por una emergencia.

“Me ha pasado estar en una juntada un sábado y venirme para acá. Otro día llegue de un incendio, me bañé y me fui a la escuela. O el fin de semana pasado, estaba durmiendo y llegó el aviso del accidente, me vestí, mi mamá mientras me abrió el portón y en un minuto estaba en el cuartel”.

“Hay algo que mantiene a uno acá adentro, porque para ser bombero se pasa mucho tiempo acá y es tiempo que uno no está con la familia, con los amigos, con su pareja. Y no es que emocione la desgracia del otro, es que te gusta hacer un trabajo, es el gusto por ayudar al otro”, apuntó el joven que desde que ingresó a la institución aprendió sobre primeros auxilios, técnicas de rescate y procedimientos para apagar las llamas. Y también sobre valores solidarios y la importancia de no ser violento con los demás, andar alcoholizado o consumir drogas.

“No hay un sentimiento que lo describa, les pasa a todos los que estamos acá. Cuando llaman agarro la bici y vengo a 60 kilómetros por hora desde mi casa en San Cayetano o donde esté”.

“Tengo tres amigos que me preguntan porque quieren hacer el curso. Es que cuando llego, mi charla es que fui a un incendio de viviendas o ‘no saben lo que pasó acá, o allá,‘ es una adrenalina que se contagia”, asegura.

Un ruido de sirena irrumpe en la charla, es el ringtone de su celular.