Es de River, fue campeón con Boca, lo indigna esta final

Carlos Ortiz ganó la Libertadores de 1977. Mendocino, llegó al Valle a los 19 y brilló en Independiente de Neuquén y Cipolletti. Aquí explica por qué la final en Madrid perdió sentido y repasa su historia, que cuenta en un libro.

08 dic 2018 - 23:30

Nunca escuchó a La Bombonera rugir tanto como la noche del 6 de septiembre de 1977 contra el Cruzeiro. “Era un ruido que te taladraba, te mareaba. Yo sentía que me daba vueltas la cancha en la cabeza. Estuve varios minutos así. Abría y cerraba los ojos para tratar de calmarme”, cuenta. Boca ganó 1 a 0 y Carlos Cirujano Ortiz vivió el partido de ida de la primera Libertadores que se llevaría Boca desde el banco. “Fue trabado, duro, peleado”, dice ahora, mientras convida un mate amargo en esta mañana de diciembre soleada y calurosa en Cipolletti. Aquella noche, como siempre, estuvo atento a cada señal que emitía el legendario Toto Lorenzo, un técnico ganador y obsesivo que con sus gestos y muecas parecía sacado de una película italiana.

El Toto no toleraba las distracciones y el Cirujano lo sabía. Por eso estaba tan pendiente de él como de los marcadores de punta brasileños. De un metro setenta, 62 kilos, veloz e intuitivo para sacarle medio metro al rival y quedar de cara al gol, manejaba los dos perfiles y podía jugar como atacante por derecha o izquierda. “Si me tocaba entrar, tenía que saber los puntos débiles del cuatro y el tres de ellos”, explica. Eso es un suplente, un cazador de oportunidades.

No tuvo esa suerte en la Bombonera, pero sí jugó los 28 minutos finales en la revancha en Belo Horizonte, después de una charla técnica que nadie olvidó. Es que tres años antes, Lorenzo había perdido una final de Champions League que su equipo, el Atlético de Madrid, ganaba 1 a 0 cuando tuvo un tiro libre a favor en el minuto 90 cerca del área rival. El disparo del jugador español se estrelló en la barrera y de contra vino el gol del Bayern Munich, que forzó un desempate que los alemanes ganaron 4 a 0. Cuando daba las indicaciones al plantel xeneize, el Toto recordó eso y miró fijo al capitán Suñé.

-Chapa, ¿ve eso que está allá bien lejos y bien arriba? -le dijo.

-¿A dónde maestro? ¿Qué es?

-¡La concha de la lora! Si llegamos a tener un tiro libre a los 90 y vamos ganando o empatando lo patea usted. ¡Y lo tira ahí! ¿Entendió?

-Sí, maestro -dijo el Chapa. Después, Marito Zanabria, un zurdo elegante que jugaba con la 10 y no dejaba pasar una, lo perseguía a Suñé con una pregunta:

-Chapa, si hay tiro libre, ¿dónde lo vas a tirar?

Las carcajadas cerraron la charla para preparar un partido en el que no hubo tiempo para risas. Boca jugó con una camiseta amarilla que raspaba de rozarla y Cruzeiro, que se vino al humo, con una azul mucho más liviana y estrellas blancas arriba del corazón. “Dijeron que había 104.000 personas en el Mineirao, pero no se sentían tanto porque las tribunas estaban lejos”.

A la cancha

Pasados los 15 del segundo tiempo, cuando todavía iban cero a cero, iba a entrar el Cholo Pavón. El Toto le dio las indicaciones, pero a último momento cambió de idea y lo mandó a sentar. ¿Lo habrá notado distraído? En el banco nadie entendía nada. Lorenzo llamó al Cirujano. “Vaya y tápeme las subidas de Nelinho”, le indicó. Reemplazó a Bordolino Felman, con quien había compartido el ataque en Leonardo Murialdo, el equipo de su Guaymallén natal en la liga mendocina. Ahí recibió un gran consejo de Mónico Roldán, un DT que había llegado desde Argentinos Juniors sin que nadie le preguntara qué lo había llevado hasta ahí. “En esa época no hacíamos preguntas”, dice el Cirujano, que heredó el apodo de un boxeador mendocino.

-¿Usted de qué juega? -quiso saber don Mónico una tarde.

-De wing derecho -respondió el Cirujano.

-Pero veo que también le da con la zurda -dijo el DT.

-Sí, trato...

-Escúcheme, entonces usted no es wing derecho. Si le pega con las dos usted puede jugar en los tres puestos de punta. ¿Sabe lo que es usted? De-lan-te-ro.

Aquella frase de ese trotamundos del fútbol lo llevó lejos. Como paso inicial, a la primera de Murialdo, donde jugó mientras cursaba el sexto año para recibirse de técnico agrario y enólogo. Al mismo tiempo, su padre se llevaba al resto de la familia (su madre Adela y sus tres hermanos menores) a Cipolletti. Don Enrique Ortiz era embalador en Mendoza, pero no había empleo y el Alto Valle lo tentó a probar suerte. Se afincó con los suyos en una casita en el barrio El Trabajo. Piso de tierra, techo de cañas atados con alambre a una estructura palos e hierros, paredes de chapas de zinc que volaban cuando el viento soplaba con furia, el baño lejos y al fondo con una cortina de bolsas de harina como puerta. “Un ranchito”, dice Carlos. Se vino al terminar la secundaria.

Como no le daban el pase, dejó de jugar y se lo disputaban para los picados. Hasta que lo vio Juan Perilli y firmó para Independiente de Neuquén, que lo compró a Murialdo. La escala siguiente fue Boca, justo para el torneo de verano en Mar del Plata. El primer premio que cobró por jugar un partido equivalía a seis meses de su sueldo en Neuquén. Nunca ocultó que era hincha de River, pero nadie le dijo nada por eso. Otros tiempos.

En nada de eso pensaba el Cirujano en el Mineirao, cuando abrazó a Felman y corrió a tomar posición en la punta izquierda. Minutos más tarde, hubo un tiro libre a uno 30 metros del arco del Loco Gatti. Y fue Nelinho, famoso por su formidable pegada, quien se hizo cargo. Ortiz fue a ocupar su lugar en la barrera, pero el Chapa Suñé, el líder, le dijo que iba él, que se ocupara de marcar a uno que estaba libre. Desde ahí vio el misil. “Parecía de dibujos animados, cuando la pelota pasó por arriba hasta parecía que se estiraba. Le entró tres dedos y la clavó en un ángulo...” Después le cambió la camiseta. Todavía la tiene, pero sin el 9 en la espalda, porque a su hijo le gustó para ir a bailar y se lo sacó. Un coleccionista le dijo que le pusiera un número, que se lo pagaba. Pero no quiso saber nada: ese tesoro tiene dueño.

El desempate se jugó en Montevideo. Tres días después de la revancha en Belo Horizonte, el Cirujano estaba parado en la puerta del hotel cuando pasó el Toto, que caminó tres metros y volvió sobre sus pasos.

-Digame, ¿a usted no le dije que estuviera en la barrera? -le preguntó.

-Sí, maestro. Pero el Chapa me dijo que iba él y que tomara su marca -respondió. El Toto meneó la cabeza y siguió la marcha.

“Fue una noche fría, con mucha niebla. Y la cancha barrosa por las lluvias. Boca se adaptó mejor. Se dio en los penales, pero mereció ganar antes”.

La pelota se mancha

Luego de 1977 su carrera continuó en Estudiantes de La Plata, Los Andes, el regreso a Independiente de Neuquén, Cipolletti. Si ve las cosas en perspectiva, siente que el fútbol le robó la adolescencia y la juventud. Le permitió un buen pasar, pero también lo decepcionó, supo que la pelota se mancha, de acomodos, agachadas, barras, complicidades, pequeños grandes hechos que no olvidó como aquel codazo que sufrió en una práctica en Boca cuando llegó a préstamo desde Independiente: gajes del oficio para un chico del interior que buscaba hacerse un lugar en ese equipo repleto de estrellas. Cada tanto organiza un asado con los viejos amigos del Valle, pero ya le cerró la puerta a lo que rodea a la pelota. Con los años, se dedicó a traer fruta y verdura de Mendoza, a invertir en propiedades. Y ahora a escribir. Acaba de lanzar su primer libro, contando parte de su historia. Y ya piensa en nuevos proyectos. Ese es el partido que quiere jugar ahora.

Cuando jugaba en Los Andes, en una pelea vio caer a un hincha y dar la cabeza contra el piso. Lo atendieron en la camilla del vestuario. Murió. “El problema de los barras es antiguo”, dice.
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El Cosmos en Cipo. Amistoso con Calderón y Bekembauer, leyenda alemana.
“Este partido ya no me interesa”

Cada vez que visita a su hija en Nápoles y puede recorrer ciudades europeas sufre por el contraste que nota con la Argentina. “En todos lados veo que se manejan con códigos y convicciones que teníamos y perdimos. Y si pregunto, por ejemplo, por qué no hay inspectores en los trenes, me responden que nadie piensa en subirse si no ha pagado su ticket. Creo que nosotros estamos perdiendo ética, dignidad. Lo único importante es ganar, el éxito, la plata. Así estamos, vamos para atrás. Y mucho de esto vemos en lo que pasó ahora. Vi muy miserables a los dirigentes de Boca y River. Esto de sacar ventaja, de ‘no sabíamos lo de las entradas y los barras’. Todos, desde hace mucho, mucho, saben lo de los barras, empezando por la AFA. Es nefasto lo que pasa. Si ganaba Boca, ¿como salía del Monumental? ¿Alguien puede decir dónde y cómo se jugará el próximo superclásico?”

Aquella vez que fue tapa de “El Gráfico”

“Lorenzo nos dijo que Banfield se nos iba a venir, que si aguantábamos nos podíamos llevar un empate y si se equivocaban, en una de esas el triunfo. Tal cual: un pelotazo se le escapó a los centrales, aguanté los trancazos y pude definir. Un periodista le preguntó si había planificado así. Me guiñó un ojo y contestó: ‘No, a veces hay que tener suerte’. Esa noche lo llamaron los líderes del plantel a su mesa. ‘Aprovechá pibe, es tu momento’, le dijeron”.

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Boca 1 - Banfield 0. Carlos Ortiz grita su gol.
Reivindica el pasado y cuenta su historia en un libro

Para Carlos Ortiz, el presente es efímero y el futuro es algo que aún no ocurrió. Lo único tangible, entonces, es el pasado. Ese es el punto de vista filosófico donde se paró para escribir el libro que tituló “Relatos y otras historias que cuentan... A vuelo de pájaro”, una sucesión de narraciones con fragmentos de su vida. “Aquellos fueron los días” es la única que tiene que ver con el fútbol. Relata lo que sintió la primera vez que convirtió en el arco que da a la 12. Boca empataba 1 a 1 con Chacarita, entró en el segundo tiempo y metió dos goles. Deseó que esos festejos fueran interminables y se imaginó a su gente en Cipolletti y Mendoza diciendo “el gol lo hizo el Carlitos”. Pero si tiene que elegir entre días felices, se queda con los de Guaymallén en la casa de los Silva, que vivían en el mismo terreno que su abuela pero al fondo: juegos, radioteatro, mitos y leyendas. ¿Que lo motivó a escribir? El disparador fue un pájaro que se estrelló contra un ventanal en su chacra de Fernández Oro. “Cuando da el sol se genera una transparencia engañosa. Eso me hizo pensar en mis hijos, en los chicos, en los falsos paraísos. Y quise contar parte de mi historia”.

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Lo editó él mismo. Cuesta $ 400. Se piden al 2995800729.

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