La vida y el legado del doctor Enrique Coronel “la salud se construye en comunidad”

Pionero de la rehabilitación en la Patagonia y referente de la medicina rural neuquina, Enrique Coronel dejó una marca profunda en la salud pública: impulsó el primer servicio público de rehabilitación de la región y defendió una forma de ejercer la profesión, centrado en las personas, sus familias y su comunidad.

Por Lorena Vincenty

El doctor Enrique Coronel falleció el 19 de marzo a los 86 años y dejó una huella profunda en la medicina neuquina y patagónica.

Desde hace unas semanas, instituciones médicas, universidades y vecinos de la Patagonia despiden con cariño al doctor Enrique Coronel, que el 19 de marzo, a los 86 años, pasó al mundo de los inmortales. Referente de la rehabilitación en toda la región, pionero de la medicina rural neuquina, dejó una huella marcada por su manera de ser médico: mirar al paciente más allá del diagnóstico, entender su historia, su familia y su comunidad, convencido de que nadie se recupera solo.

Enrique Coronel fue el impulsor y fundador del primer servicio público de rehabilitación de la Patagonia, y un firme promotor de la Estrategia de Rehabilitación Basada en la Comunidad, que llevó con compromiso a los rincones más apartados del país y de América.

Hijo de una maestra y de un trabajador, creció bajo una idea simple y persistente: el esfuerzo como camino. Pasó por el Liceo Militar San Martín y luego por la Universidad de Buenos Aires, donde se graduó como médico. Pero el título no trajo certezas inmediatas. El trabajo no aparecía con facilidad y, en ese contexto, decidió buscar oportunidades más allá de la capital.

Llegó a Neuquén en 1963 para trabajar como médico rural en Copahue y Loncopué, en una provincia que recién comenzaba a construir su sistema de salud.

Neuquén apareció casi como una intuición. Una posibilidad abierta en un territorio que todavía estaba en construcción. Sin contactos ni padrinos llegó con traje, corbata y un portafolio a golpear puertas. Se contactó con Otto Abel López Osornio, entonces ministro de Economía, y recibió la noticia de que se necesitaban médicos para el interior de la provincia, donde había dos hospitales por inaugurar.

Era noviembre de 1963 cuando se bajó del tren para escribir su historia en el sur. Primero fue en Copahue, el complejo termal, donde la medicina era amplia y el invierno aislaba. De diciembre a abril trabajaba en allí y el resto del año en Loncopué como médico rural. “Su primer trabajo fue en las termas, donde comenzó a trabajar junto a Gregorio Álvarez, uno de los médicos rurales más reconocidos de la época”, recuerda su hijo Pablo Coronel.

En ese pueblo de apenas 800 habitantes, sin televisión y con comunicaciones limitadas, la práctica médica era, una tarea sin descanso y una aventura. La radio llegaba desde Chile, el teléfono más cercano estaba a varios kilómetros y la electricidad dependía de iniciativas privadas. Junto a otros profesionales y con el apoyo de la policía, organizaban recorridas por escuelas y parajes, concentraban pacientes y resolvían lo que se podía, como se podía.

Llegó a Neuquén en 1963 para trabajar como médico rural en Copahue y Loncopué, en una provincia que recién comenzaba a construir su sistema de salud.

En paralelo, la vida personal también crecía. Se casó con Elena Esquirol, arquitecta, y tuvieron tres hijos varones: Pablo (médico), Diego (programador de software) y Nicolás (licenciado en Administración de Empresas). La familia se movía con él, adaptándose a los cambios, a los tiempos de trabajo y a las distancias.

Fue en ese tiempo cuando conoció a la señora Sánchez de Bustamante, integrante de la Comisión Nacional de Rehabilitación, quien lo alentó a formarse en Medicina Física y Rehabilitación. Más adelante obtuvo una beca y volvió a Buenos Aires para especializarse en el Instituto Nacional del Lisiado.

Regresó a la provincia y fundó el primer Servicio de Rehabilitación de la Patagonia, en el viejo Hospital Bouquet Roldán. “En esa época el Bouquet Roldán era prácticamente un hogar de ancianos. Junto al Dr. Enrique Zabert, quien impulsó el primer programa de tuberculosis de la provincia, armó el servicio de rehabilitación del hospital. Fueron dos de los primeros servicios especializados que tuvo el sistema de salud neuquino», dice Pablo.

Impulsó el primer programa de rehabilitación basada en la comunidad de la Argentina, un modelo que luego se expandió a otros países de América Latina.

A partir de allí comenzó un proceso que cambiaría la manera de entender la rehabilitación. Hasta entonces, muchos pacientes quedaban institucionalizados de por vida. El nuevo enfoque proponía equipos interdisciplinarios y un trabajo orientado a la recuperación real de las personas. “Antes era más bien aceptar que una persona quedaba guardada en un lugar y algún día se resolverían las cosas. Mi viejo ayudó a cambiar esa mirada”, explica.

Ese servicio se transformó en un modelo para toda la Patagonia. De Bahía Blanca hacia el sur no existía otra internación de rehabilitación como la que había en Neuquén.

Con el tiempo entendió que hacía falta ir más allá del hospital. Así nació su apuesta por la rehabilitación basada en la comunidad, una modalidad que proponía sacar el hospital afuera y pensar la recuperación dentro de la vida cotidiana de las personas. “Fue el primer programa de rehabilitación con base en la comunidad que se hizo en la Argentina. El modelo fue Neuquén”, resume su hijo.

“Mi viejo siempre insistía con esto de la rehabilitación en el contexto social”, cuenta Pablo. “Para él, rehabilitarse no era solamente hacer ejercicios en un gimnasio tres veces por semana. Rehabilitarse era conseguir trabajo, volver a la escuela, integrarse a la comunidad”.


Cruzar fronteras y siempre volver


En la década del ’70 la Organización Mundial de la Salud comenzó a desarrollar nuevas estrategias para difundir las medidas de Rehabilitación que se llamaron RBC, rehabilitación basada en la comunidad. Este proyecto lo trabajó en las localidades de San Martín de los Andes y Junín de los Andes, y fue contratado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) para organizar y coordinar en Nicaragua un programa.

Su legado trascendió la medicina: promovió una mirada integral sobre las personas, entendiendo que la recuperación también depende del trabajo, la familia y la comunidad.

Se fue cuatro años a trabajar en la rehabilitación de quienes habían estado en la lucha. Cuando terminó ese trabajo, el representante lo llamó para que se quedara y le dieron diez días para pensarlo. Volvió a Buenos Aires para la graduación de su hijo mayor y allí Elena le sugirió ir a ver «Un lugar en el mundo», que acababa de estrenar. “Fui solo. Cuando salí caminaba por Corrientes y empecé a pensar cuál era mi lugar en el mundo. Y entendí que era Neuquén”, decía en una entrevista realizada hace diez años.

Hoy, Pablo agrega: “Se escapó de Buenos Aires, como hacían muchos médicos en esa época, pensando: ‘Me voy a ver cómo hago para trabajar mejor en algún lugar del interior’. Nunca imaginó que iba a terminar atendiendo personas con discapacidad, recorriendo el campo, visitando pacientes en medio de la nada y hablando de cuestiones más sociales que médicas. No es que él haya traído el cambio: Neuquén le cambió la cabeza y también le dio un lugar para desarrollar esa manera distinta de entender la medicina”, dice.

De 1978 a 1982 fue presidente del Colegio Médico. En 1995, junto a la Fundación de Estudios Patagónicos, trabajó en la creación de la carrera de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue, junto a César Rodríguez Ferrari, Hernán Calvo y Pablo Mingote. El 13 de junio de 2019, su nombre fue impuesto al Servicio de Rehabilitación del Hospital Bouquet Roldán.

Pero más allá de los cargos y los reconocimientos, lo que definió su trayectoria fue otra cosa: una manera de ejercer la medicina. “Si tuviera que resumir cuál fue el legado de mi viejo, diría que fue ese: enseñarnos a mirar a las personas y a los pacientes en su contexto, entendiendo que la salud no pasa solo por lo médico, sino también por la vida que cada uno puede construir alrededor”, concluye su hijo.


El doctor Enrique Coronel falleció el 19 de marzo a los 86 años y dejó una huella profunda en la medicina neuquina y patagónica.

Desde hace unas semanas, instituciones médicas, universidades y vecinos de la Patagonia despiden con cariño al doctor Enrique Coronel, que el 19 de marzo, a los 86 años, pasó al mundo de los inmortales. Referente de la rehabilitación en toda la región, pionero de la medicina rural neuquina, dejó una huella marcada por su manera de ser médico: mirar al paciente más allá del diagnóstico, entender su historia, su familia y su comunidad, convencido de que nadie se recupera solo.

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