Neurodesarrollo en la infancia: un cambio de paradigma en el Alto Valle
Hace 13 años, un equipo interdisciplinario comenzó a trabajar en Roca con bebés, niños y adolescentes. Advierten sobre el impacto de las pantallas en el lenguaje y la necesidad de un abordaje centrado en la familia. El desafío no parece ser etiquetar más, sino comprender mejor.
Lo que comenzó hace 13 años como un sueño interdisciplinario en Roca, hoy es una referencia en salud integrativa para todo el Alto Valle. En aquel entonces, cuando un equipo de profesionales decidió unirse para trabajar el neurodesarrollo infantil, conceptos como ‘integración sensorial’ o ‘perfiles sensoriales’ eran términos lejanos y la neurociencia aplicada a la infancia recién comenzaba a ganar terreno.
En ese contexto, la idea de que distintas disciplinas compartieran algo más que un espacio físico, unificando objetivos, criterios y decisiones clínicas, no era habitual fuera de Buenos Aires. Hoy, tras más de una década de trayectoria, el Instituto Norpatagónico Siete Sentidos propone consolidar un cambio de paradigma: entender el diagnóstico como una brújula y no como un destino, fusionando la ciencia con la calidez humana para priorizar el bienestar de la familia en el «aquí y ahora».
Neurodesarrollo infantil: no es solo individual; es social
El neurodesarrollo infantil es un proceso por el cual el cerebro de un niño crece y se organiza para permitirle moverse, hablar, aprender y relacionarse. Depende tanto de la genética como de las experiencias que vive: el vínculo con los adultos, el juego, la alimentación y el entorno influyen directamente. No es solo un asunto individual o médico, sino también social: las condiciones en las que crecen los niños influyen en su desarrollo y en sus oportunidades futuras.

Hoy, términos como autismo, TDAH, trastornos del lenguaje o procesamiento sensorial forman parte de conversaciones familiares, reuniones escolares y consultas pediátricas. Y la pregunta aparece con frecuencia: ¿hay más casos o se diagnostica más?
Desde la institución, que actualmente reúne a 17 profesionales en áreas como Fonoaudiología, Psicopedagogía, Psicología, Musicoterapia, Psicomotricidad, kinesiología, Terapia Ocupacional, Nutrición Infato-Juvenil y Pediatría del Desarrollo y la Conducta, la respuesta no es lineal. Por un lado, coinciden en que el acceso a la información es mayor y que las familias consultan antes ante señales de alerta que años atrás podían atribuirse al “ya va a hablar” o “cada chico tiene su tiempo”.

Neurodesarrollo infantil y uso temprano de pantallas
También reconocen que los criterios diagnósticos se ampliaron y que hoy se identifican presentaciones más leves que antes pasaban desapercibidas. Pero además señalan factores ambientales que inciden en el desarrollo, entre ellos el uso temprano y prolongado de pantallas.
“Vemos un aumento claro de desafíos en el lenguaje asociados a la falta de interacción”, explican. Hay niños que saben canciones en inglés o manejan con destreza un celular, pero no sostienen un intercambio comunicativo ni establecen contacto visual sostenido.
Las pantallas, advierten, están diseñadas para la inmediatez: no hay espera, no hay turnos, no hay frustración. Esa lógica luego impacta en la tolerancia a la demora, en la permanencia en el juego y en las habilidades sociales. No promueven la prohibición absoluta, pero sí un uso responsable y acompañado, donde el dispositivo no sustituya el vínculo.
El diagnóstico como una brújula
El abordaje que proponen se apoya en una mirada integral. No se trata de sumar disciplinas que trabajen en paralelo, sino de construir un equipo en función de cada niño, de cada niña. Comparten reuniones periódicas, objetivos comunes y estrategias que se articulan entre sí, confeccionando un «traje a medida».

“Lo que buscamos no es un diagnóstico perfecto. Es autonomía. Que puedan desenvolverse en su vida diaria. Que encuentren su manera.” Foto gentileza.
“No vemos diagnósticos, vemos personas, que puedan desenvolverse en su vida diaria”, sostienen. Un niño puede estar en una sesión de kinesiología trabajando equilibrio mientras se estimulan aspectos del lenguaje, o utilizar apoyos visuales (pictogramas, secuencias) que luego se replican en la casa y en la escuela para favorecer autonomía. El foco no está únicamente en el rendimiento académico, sino en la funcionalidad cotidiana: vestirse solo, comunicarse con claridad, regular emociones, participar en actividades sociales.
El diagnóstico, en ese marco, no es una etiqueta definitiva sino una brújula. Orienta el recorrido, permite acceder a apoyos y organiza intervenciones, pero no define la identidad de la persona. En edades tempranas, incluso, puede modificarse con el acompañamiento adecuado. “Cuanto antes se interviene, más posibilidades hay de potenciar habilidades”, señalan. Muchos niños llegan con derivaciones médicas y certificado de discapacidad; otros consultan por inquietud familiar; también reciben bebés prematuros para seguimiento temprano, en el marco de leyes que promueven la intervención precoz.

La familia como protagonista
En Siete Sentidos, el abordaje es circular y corresponsable: la terapia no termina en la sesión, ya que entienden que el desarrollo ocurre en red. Bajo esta mirada, la familia deja de ser espectadora para convertirse en la protagonista activa y dinámica del proceso. La misión es empoderar a los padres para que el bienestar logrado con los profesionales se traslade a la mesa familiar, a la plaza y a la escuela, entendiendo que, el niño permanece en el consultorio apenas unas horas, y es en su hogar donde la vida sucede todos los días.
Por eso, el trabajo se orienta a «escuchar temores, ajustar expectativas y priorizar lo urgente, bajo la premisa de que ‘el bienestar en el aquí y ahora es la base de cualquier progreso futuro’. En este marco, el diagnóstico funciona como una brújula que orienta el camino, permitiendo que cada niño y cada familia construyan su propio destino, paso a paso, con la mirada puesta en sus capacidades -fortalezas-, y no solo en sus desafíos.»

En estos años cambiaron también los marcos conceptuales. El propio Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), referencia internacional en psiquiatría, atraviesa revisiones hacia modelos más integrales y multifactoriales. Ese movimiento refleja una discusión más amplia: cómo evitar la patologización automática sin desestimar señales que requieren acompañamiento. Detectar a tiempo puede marcar una diferencia, siempre que el diagnóstico no sea un punto de llegada sino el inicio de un proceso.
En un contexto donde la salud mental infantil ocupa cada vez más espacio en la agenda pública y donde las familias buscan respuestas en un escenario complejo, el desafío no parece ser etiquetar más, sino comprender mejor. Entender que el desarrollo no es lineal ni uniforme, que los ritmos son diversos y que el bienestar de un niño depende tanto de intervenciones específicas como de la calidad de los vínculos que lo rodean.

Lo que comenzó hace 13 años como un sueño interdisciplinario en Roca, hoy es una referencia en salud integrativa para todo el Alto Valle. En aquel entonces, cuando un equipo de profesionales decidió unirse para trabajar el neurodesarrollo infantil, conceptos como 'integración sensorial' o 'perfiles sensoriales' eran términos lejanos y la neurociencia aplicada a la infancia recién comenzaba a ganar terreno.
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