Socios estratégicos en dificultades

Redacción

Por Redacción

A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios del gobierno nacional no les gusta para nada el mercado libre. Convencidos como están de que todo debería subordinarse a la política, es decir a ellos mismos, desde hace más de diez años los kirchneristas están procurando disciplinar la variante local con leyes escritas y no escritas, trabas burocráticas de diverso tipo y cepos. Es por lo tanto natural que, cuando del comercio exterior se trata, hayan privilegiado los arreglos con países cuyos dirigentes comparten sus preferencias, como Brasil, China y Rusia. Por un rato, la política así supuesta pareció brindar buenos resultados ya que, merced a los acuerdos intergubernamentales, la Argentina pudo exportar muchos autos al Brasil, beneficiarse de la ayuda financiera china para mantener las reservas a un nivel respetable y conseguir que los rusos hablaran de inversiones importantes en el sector energético. Sin embargo, últimamente nuestros socios estratégicos se han visto en apuros: Brasil está en recesión, Rusia parece destinada a sufrir una crisis económica aun mayor que la brasileña y China está intentando cambiar de rumbo con el propósito de privilegiar el consumo interno. Las probables consecuencias de lo que está sucediendo preocupan a Kicillof. Como dijo hace poco, “si las economías que nos compran no logran revertir su situación, difícilmente nuestros exportadores puedan ser dinámicos”. Tiene razón. Hay buenos motivos para prever que hasta nuevo aviso Estados Unidos y la Unión Europea serán, una vez más, los mercados más promisorios para los exportadores de nuestro país, pero, por desgracia, su eventual éxito dependería más de su competitividad relativa que de los acuerdos bilaterales favorecidos por los intervencionistas. El dirigismo voluntarista que es tan típico de gobiernos como el nuestro suele producir distorsiones tan graves que a la larga resulta insostenible. Mal que les pese a Cristina, Kicillof y sus esforzados colaboradores, no se puede compensar por mucho tiempo la falta de competitividad con pactos comerciales basados en la presunta afinidad ideológica. Al entrar en crisis, los socios no vacilarán en tomar medidas a fin de defender a sus propios productores, como en efecto ha hecho el gobierno de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, con un impacto muy fuerte en las exportaciones procedentes del Alto Valle. También hay problemas con los rusos, mientras que, por su parte, los chinos están importando menos, razón por la que se han desplomado los precios de tantos commodities. Por desgracia, parece escasa la posibilidad de que haya soluciones políticas para los problemas angustiantes así planteados. El panorama sería muy distinto si nuestras industrias y el campo fueran mucho más competitivos pero, por diversas razones –el atraso cambiario, el estado precario de la industria, la presión impositiva y la decrepitud del sistema de transporte en el caso del campo–, no están en condiciones de reaccionar frente al cambio de clima económico en el mundo con una gran ofensiva exportadora en los mercados de mayor poder adquisitivo. Aunque el sucesor de Cristina, que de estar en lo cierto las encuestas será Daniel Scioli o Mauricio Macri, adopte una estrategia económica mucho más realista que la inspirada en el “relato” setentista, no le será dado hacer mucho para mejorar las perspectivas comerciales ante el país en la primera fase de su gestión. Por varios meses, tal vez años, tendrá forzosamente que privilegiar la situación social por encima de la eficiencia económica, lo que le impediría bajar drásticamente el a todas luces excesivo gasto público. Si no fuera por la negativa coyuntura internacional, el gobierno próximo podría contar con recursos suficientes como para permitirle ir eliminando las muchas trabas que tantos perjuicios han causado a los sectores más dinámicos de la economía nacional, pero si bien parecería que el producto bruto de Estados Unidos está creciendo a un ritmo vigoroso, en otras partes del mundo el panorama propende a hacerse más sombrío, razón por la que virtualmente nadie prevé que se inicie pronto un ciclo tan favorable para nosotros como aquel que cobraba fuerza al empezar la “década ganada” kirchnerista pero que, a juicio de la mayoría de los analistas, acaba de agotarse.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 1 de septiembre de 2015


A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios del gobierno nacional no les gusta para nada el mercado libre. Convencidos como están de que todo debería subordinarse a la política, es decir a ellos mismos, desde hace más de diez años los kirchneristas están procurando disciplinar la variante local con leyes escritas y no escritas, trabas burocráticas de diverso tipo y cepos. Es por lo tanto natural que, cuando del comercio exterior se trata, hayan privilegiado los arreglos con países cuyos dirigentes comparten sus preferencias, como Brasil, China y Rusia. Por un rato, la política así supuesta pareció brindar buenos resultados ya que, merced a los acuerdos intergubernamentales, la Argentina pudo exportar muchos autos al Brasil, beneficiarse de la ayuda financiera china para mantener las reservas a un nivel respetable y conseguir que los rusos hablaran de inversiones importantes en el sector energético. Sin embargo, últimamente nuestros socios estratégicos se han visto en apuros: Brasil está en recesión, Rusia parece destinada a sufrir una crisis económica aun mayor que la brasileña y China está intentando cambiar de rumbo con el propósito de privilegiar el consumo interno. Las probables consecuencias de lo que está sucediendo preocupan a Kicillof. Como dijo hace poco, “si las economías que nos compran no logran revertir su situación, difícilmente nuestros exportadores puedan ser dinámicos”. Tiene razón. Hay buenos motivos para prever que hasta nuevo aviso Estados Unidos y la Unión Europea serán, una vez más, los mercados más promisorios para los exportadores de nuestro país, pero, por desgracia, su eventual éxito dependería más de su competitividad relativa que de los acuerdos bilaterales favorecidos por los intervencionistas. El dirigismo voluntarista que es tan típico de gobiernos como el nuestro suele producir distorsiones tan graves que a la larga resulta insostenible. Mal que les pese a Cristina, Kicillof y sus esforzados colaboradores, no se puede compensar por mucho tiempo la falta de competitividad con pactos comerciales basados en la presunta afinidad ideológica. Al entrar en crisis, los socios no vacilarán en tomar medidas a fin de defender a sus propios productores, como en efecto ha hecho el gobierno de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, con un impacto muy fuerte en las exportaciones procedentes del Alto Valle. También hay problemas con los rusos, mientras que, por su parte, los chinos están importando menos, razón por la que se han desplomado los precios de tantos commodities. Por desgracia, parece escasa la posibilidad de que haya soluciones políticas para los problemas angustiantes así planteados. El panorama sería muy distinto si nuestras industrias y el campo fueran mucho más competitivos pero, por diversas razones –el atraso cambiario, el estado precario de la industria, la presión impositiva y la decrepitud del sistema de transporte en el caso del campo–, no están en condiciones de reaccionar frente al cambio de clima económico en el mundo con una gran ofensiva exportadora en los mercados de mayor poder adquisitivo. Aunque el sucesor de Cristina, que de estar en lo cierto las encuestas será Daniel Scioli o Mauricio Macri, adopte una estrategia económica mucho más realista que la inspirada en el “relato” setentista, no le será dado hacer mucho para mejorar las perspectivas comerciales ante el país en la primera fase de su gestión. Por varios meses, tal vez años, tendrá forzosamente que privilegiar la situación social por encima de la eficiencia económica, lo que le impediría bajar drásticamente el a todas luces excesivo gasto público. Si no fuera por la negativa coyuntura internacional, el gobierno próximo podría contar con recursos suficientes como para permitirle ir eliminando las muchas trabas que tantos perjuicios han causado a los sectores más dinámicos de la economía nacional, pero si bien parecería que el producto bruto de Estados Unidos está creciendo a un ritmo vigoroso, en otras partes del mundo el panorama propende a hacerse más sombrío, razón por la que virtualmente nadie prevé que se inicie pronto un ciclo tan favorable para nosotros como aquel que cobraba fuerza al empezar la “década ganada” kirchnerista pero que, a juicio de la mayoría de los analistas, acaba de agotarse.

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